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Juan David Betancur Fernandez
elnarradororal@gmail.com

Había una vez un hombre llamado Juan que llevaba un buen tiempo rondando los muros desconchados del viejo cementerio de Santa Cruz de Mompox. Debería haber sentido el calor sofocante y húmedo que subía del río Magdalena en esas noches de tormenta, o el sudor empapando su camisa de lino, pero solo experimentaba un letargo extraño, una ligereza que atribuía a la fiebre de su propia obsesión. Su mente estaba anclada a una única estructura: un mausoleo colonial de piedra caliza, devorado por el musgo y oculto tras un sauce llorón cuyas ramas barrían el suelo de tierra.

Nadie en el pueblo se acercaba a ese rincón del camposanto. Las leyendas locales hablaban de sombras que vagaban entre las tumbas más antiguas, pero a Juan eso no le importaba. Sentía un tirón magnético en el pecho, una voz silenciosa que lo llamaba desde las profundidades de esa cripta sin nombre.

Aquella noche, sin luna y con el canto ensordecedor de las cigarras como única compañía, llegó frente a las altas rejas de hierro forjado. Para su sorpresa la reja no tenía ningun candado y estaba semi abierta Así que para el fue realmente fácil cruzarla y verse rápidamente en el vestíbulo de aquella gran cripta.

Allí adentro la realidad parecía parpadear., el aire a su alrededor cambió. El canto de las cigarras desapareció, reemplazado por un silencio tan denso que casi zumbaba en sus oídos. Parpadeó, desorientado. Ya no estaba fuera de  las rejas; estaba en el interior de la cripta y nunca había estado allí. Al menos así lo recordaba

Miró hacia lo que tenía delante de el 

El interior estaba sumido en una penumbra sepulcral, apenas iluminado por un tenue rayo de luz estelar que se colaba por una grieta en la bóveda de crucería. Olía  a cera derretida y a siglos de abandono; un olor que le resultaba dolorosamente familiar, reconfortante, como el recuerdo de la casa de la infancia.

En el centro exacto de la cámara circular, sobre un zócalo de piedra labrada, descansaba el sarcófago. Estaba cubierto por una losa de mármol gris, adornada con el relieve desgastado de un escudo de armas que Juan sintió que conocía de memoria, aunque no podía nombrar sus blasones.

Con curiosidad se acercó a aquella tumba y  apoyó ambas palmas sobre la fría piedra de la losa. Realmente no entendía que lo llevaba o impulsaba a estar allí y menos que atractivo podría tener estar en una cripta que no conocía. Se preparó mentalmente para un esfuerzo titánico, flexionando las piernas para empujar con todo el peso de su cuerpo. Empujó.

La piedra inmensa se deslizó a un lado con la suavidad de una hoja cayendo sobre un estanque. No raspó, no pesó, no emitió el menor sonido. Juan cayó de rodillas por la falta de resistencia, aferrándose al borde del ataúd. Su respiración era errática, rápida, pero extrañamente... silenciosa.

Temblando, se asomó al interior de la tumba que había sido abierta por su esfuerzo.

Esperaba encontrar huesos desordenados, polvo gris o las joyas oxidadas de algún noble olvidado. En su lugar, sobre un lecho de seda granate que el tiempo había convertido en telarañas polvorientas, yacía un hombre.

Estaba impecablemente conservado, casi momificado por las condiciones de la cripta. Vestía un vestido de terciopelo oscuro de corte colonial, con mangas acuchilladas y un cuello de encaje amarillento, consumido por la polilla. Las manos del cadáver estaban cruzadas sobre el pecho, sujetando un crucifijo de plata ennegrecida.

Juan acercó el rostro, intentando ver mejor en la penumbra. Entonces, el rayo de luz de la bóveda iluminó el rostro del difunto.

El terror puro intentó asaltar a Juan , pero se dio cuenta con una confusión abismal de que s