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2 Timoteo 2018 (4)
Palabra/ 2 Timoteo 4: 1-22
Versículo clave/ 2 Timoteo 4: 1,2

Predica la palabra

“Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino, que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina.”

En el primer estudio de esta epístola aprendimos que ésta fue la última que Pablo escribió antes de su muerte en la prisión. Y ¿qué fue su última palabra legado? ¿Qué fue su testimonio al final de su vida? Oro que a través de esta palabra aprendamos ‘la importancia de predicar la palabra de Dios’. Y oro que hagamos la lucha espiritual como Pablo, y al final de nuestra vida podamos dar nuestro testimonio lleno de convicción y esperanza del reino celestial como él. Amén.

I. Predica la palabra (1-5)

Vamos a ver los versículos 1 y 2a. “Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino, que prediques la palabra.” La palabra ‘encarecer’ significa ‘acentuar la importancia de una cosa’. Y ¿qué le encarece Pablo a Timoteo? Como sus últimas palabras legado, Pablo le enfatiza en ‘la importancia de predicar la palabra’.
Y para darle a entender a Timoteo esta importancia, le habla Pablo ‘delante de Dios y del Señor Jesucristo’. Primero, ¿qué hizo Dios? Todos los hombres pecaron, y estaban destituidos de la gloria de Dios (Romanos 3:23). Todos estábamos destinados a vivir una vida miserable bajo el poder del pecado, y morir, y ser echados en el infierno para sufrir sin fin (Hebreos 9:27). Pero Isaías 53:6 dice: “Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros.” Dios envió a su Hijo Jesucristo al mundo en forma de hombre como nosotros, y en su carne cargó todos nuestros pecados. Y en lugar de nosotros lo castigó y sacrificó en la cruz. De esta manera Dios nos dio la salvación y la vida eterna.
Y ¿qué hizo Jesucristo? Jesús consumó nuestra salvación a través de su muerte en la cruz y la resurrección. Y nos dio la gran comisión de predicar el evangelio por todo el mundo a toda criatura (Marcos 16:15). Porque, cuando haya sido predicado el evangelio por todo el mundo, nuestro Señor Jesús regresará a juzgar a los vivos y a los muertos (1). Entonces, ¿quién será salvo en aquel día? En Marcos 16:16 dice: “El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado.” En el juicio final de aquel día la salvación del hombre dependerá de ‘creer en Jesucristo o no’, y nada más. Hoy en día el mayor interés de la gente es ganar mucho dinero, y disfrutarlo. Pero, aunque el hombre tuviera muchas riquezas, si no cree en Jesús, ese día será condenado y echado en el infierno. Y en redes sociales de internet abundan las mujeres y los hombres que presumen su cuerpo. La gente puede tener un cuerpo hermoso por medio de cirugía plástica o ejercicios. Pero, si no creen en Jesucristo, todos ellos serán condenados y lanzados en el fuego del infierno. También los hombres poderosos levantan sus voces, como si fueran dueños y soberanos del mundo. Pero, si no creen en Jesucristo, en aquel día serán condenados a sufrir eternamente en el infierno. Cuando regrese nuestro Señor Jesucristo a juzgar a los vivos y a los muertos, nada de este mundo nos podrá dar la salvación, sino sólo la fe en el evangelio de Jesucristo.
Por esta razón le encarece Pablo a Timoteo que predique la palabra. En Romanos 10:13-15 dice: “porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo. ¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no fueren enviados? Como está escrito: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas!” Para invocar el nombre del Señor Jesús y ser salvo la gente necesita creer en él. Y para creer en Jesucristo necesita oír la palabra del evangelio. Y para oírla es indispensable e imperativo que prediquemos la palabra. Y para predicar es necesario que seamos enviados. Nuestro Señor Jesucristo ya nos ha enviado a predicar el evangelio por todo el mundo a toda criatura. Ahora a nosotros nos toca predicar la palabra. Si no predicamos la palabra, la gente no puede oírla, ni creer en Jesucristo, y será condenada y echada en el fuego del infierno en aquel día, cuando regrese el Señor Jesús. Por eso en los últimos días de su vida Pablo le encarece a Timoteo que predique la palabra.

Y ¿con qué actitud tenemos que predicar la palabra? Miren el versículo 2b. “que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina.” La palabra instar significa ‘pedir con insistencia que se haga algo’, ‘urgir la pronta ejecución de una cosa’ y ‘obligar mediante la fuerza o la autoridad a que se haga algo con rapidez’. Predicando el evangelio a los universitarios, tenemos que pedirles con insistencia que estudien la Biblia, se arrepientan y crean en Jesucristo. Debemos urgirles que lo haga pronto. Incluso les tenemos que obligar a fuerza que se arrepientan y acepten a Jesús como su Señor y Salvador.
Así tenemos que instar no sólo a tiempo, es decir, cuando los universitarios tengan deseo espiritual, o cuando no anden tan ocupados, o cuando nosotros tengamos ánimo y tiempo. Debemos instar aun fuera de tiempo, aunque los estudiantes digan que no les interesa la Biblia, o no tienen tiempo para estudiarla, y nosotros andemos cargados de trabajos y problemas. Y a las ovejas que están estudiando la Biblia y aún no han confesado su fe en el Señor Jesucristo debemos urgirles y obligarles que lo hagan pronto.
Si predicamos la palabra con esta actitud, la gente puede enojarse, y nos puede demandar por violar el derecho humano. Pero, a pesar de todo debemos instar a tiempo y fuera de tiempo. Porque creer en Jesucristo y ser salvo es incomparablemente más importante que obtener buena calificación, o trabajar, o andar con su novio o novia, o llevarse bien con su familia. Además, porque el hombre no sabe cuándo es el último momento de su vida. Si el hombre busca primero las cosas del mundo, dejando el estudio bíblico para después, y muere sin creer en Jesucristo, ya lo que le queda es ser condenado y echado en el infierno. Por eso tenemos que instar a tiempo y fuera de tiempo.

También, predicando la palabra, necesitamos redargüir, reprender y exhortar con toda paciencia y doctrina. Primero a través de la palabra de Dios tenemos que argumentar y ayudarles a las ovejas a ver sus pecados. Y si no se arrepienten, debemos reprenderles. También necesitamos exhortarles, enseñándoles que, si se arrepienten, recibirán el perdón de sus pecados, y el don del Espíritu Santo (Hechos 2:38). Y lo tenemos que hacer con toda paciencia y doctrina. Porque cada día la gente se va a alejar más de Dios.
Miren los versículos 3 y 4. “Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que, teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas.” En los postreros días la gente no aguanta ni siquiera oír la sana doctrina. Cuando nos acercamos a los estudiantes a predicar la palabra de Dios, al darse cuenta de que se trata de la Biblia, se levantan y se van. Ellos no aguantan oír la sana doctrina. Y muchos tienen comezón de oír. Ellos tienen deseo de oír las palabras que les gustan, y al oírlas, sienten alivio. La gente no desea oír el evangelio de Jesucristo de arrepentimiento y salvación, sino el evangelio de prosperidad, que dice: “Entreguen una ofrenda de quinientos dólares. Y recibirán cinco mil dólares.” Muchos tienen comezón de oír estas palabras. Y tampoco desean los hombres oír las palabras de negarse a sí mismos, sacrificio, obedecer, recibir disciplinas y lucha espiritual. Más bien tienen comezón de oír las palabras que dicen: “Dios ya te perdonó. Ahora puedes hacer lo que quieras.” Por eso se amontonan falsos profetas conforme a sus propias concupiscencias, y apartan de la verdad de Dios el oído y se vuelven a las mentiras. A este tipo de gente le tenemos que predicar la palabra. Por eso necesitamos redargüir, reprender y exhortar con toda paciencia y doctrina.

Pero, aunque la gente se aleja de la verdad, y se vuelve a las mentiras, ¿qué es lo que debemos hacer? Miren el versículo 5. “Pero tú sé sobrio en todo, soporta las aflicciones, haz obra de evangelista, cumple tu ministerio.” Nosotros tenemos que seguir la verdad en todo, y soportar las aflicciones de vivir en medio de esa gente del mundo, y predicarle la palabra de Dios. Debemos hacer obra de evangelista, predicando el evangelio en los campos, y cumplir nuestro ministerio, apacentando a las ovejas y haciendo de ellas discípulos de Jesucristo.

Dios sacrificó a su Hijo Jesucristo en la cruz, y a la humanidad le dio la salvación y la vida eterna. Y Jesucristo nos dio la gran comisión de predicar el evangelio por todo el mundo. Y él regresará a juzgar a los vivos y a los muertos. En aquel día del juicio final el que cree en Jesús será salvo, y el que no cree será condenado y echado en el infierno. Por esta razón debemos predicar la palabra, e instar que se arrepientan, y crean en Jesús a tiempo y fuera de tiempo, y con toda paciencia y doctrina. Oro que cada momento nos acordemos de esta palabra, y prediquemos el evangelio de Jesucristo, y ayudemos a las ovejas a que se arrepientan y crean en Jesús. Oro que en este año la palabra sea predicada a muchos universitarios de la BUAP, y encontremos a doce nuevas ovejas fieles. Amén.

II. La lucha, fe y esperanza de Pablo (6-22)

Ahora, miren el versículo 6. “Porque yo ya estoy para ser sacrificado, y el tiempo de mi partida está cercano.” Pablo sabía que pronto sería martirizado en la prisión. Y ¿qué fue su testimonio de vida en ese momento? Vamos a ver el versículo 7. “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe.”

Pablo dice que ha peleado él la buena batalla. ¿Qué es pelear la buena batalla? En 1 Timoteo 6:12 dice: “Pelea la buena batalla de la fe, echa mano de la vida eterna.” Pelear la buena batalla es luchar por guardar la fe y alcanzar la vida eterna. Pablo dice que durante toda su vida ha peleado esta buena batalla. En el mundo la gente también pelea la batalla. Pero ellos pelean la batalla para ganar dinero, amor humano, fama y poder. Para ganar estas cosas del mundo la gente trabaja como esclavos, engaña, roba, acude a la brujería, y hasta vende su alma al diablo. Pero todas estas cosas del mundo son vanas. Ellas no pueden darle al ser humano la verdadera satisfacción y felicidad. Y tampoco son eternas. Así que la gente del mundo pelea la batalla miserable, sucia, vil y vana. Pero, Pablo da su testimonio, diciendo que ha peleado la buena batalla de la fe para alcanzar la vida eterna.

También dice que ha acabado la carrera, y ha guardado la fe. Una carrera tiene el punto de partida y el final, que es la meta. Acabar la carrera es llegar hasta el final y alcanzar la meta. Pero el que abandona la carrera en el camino no puede acabarla. Y ¿por qué abandona uno la carrera? Porque es difícil correr la carrera. Una vez tuve la oportunidad de ver a los maratonistas de cerca. Algunos corrían con los ojos sueltos y con espumarajo en su boca. Así de difícil es correr la carrera de maratón. Y también lo es la carrera de la fe. Cuando a Pablo le había aparecido Jesús en un resplandor de luz del cielo en el camino a Damasco, él había iniciado la carrera de la fe (Hechos 9:1-20). Y, si vemos 2 Corintios 11:23-28, durante la carrera Pablo había sufrido muchas tribulaciones: azotes sin número, naufragios, viajes, todo tipo de peligros, trabajo y fatiga, desvelos, hambre y sed, etc. Por eso probablemente habría sufrido tentaciones de tirar la toalla. Pero Pablo no abandonó la carrera de la fe. Él acabó la carrera, y guardó la fe.

Y ¿qué convicción y esperanza tenía Pablo? Miren el versículo 8. “Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida.” Después de haber acabado la carrera de maratón de la fe Pablo tenía la convicción y esperanza que, en aquel día, cuando regrese Jesús a juzgar a los vivos y a los muertos, le daría la corona de justicia. Es decir, el Señor juez justo lo reconocería como justo por la fe en Cristo Jesús, y le daría la vida eterna en el reino de Dios.
Y Pablo nos anima a nosotros, diciendo que esa corona de justicia no es sólo a él, sino también a todos nosotros que amamos y esperamos la venida de nuestro Señor Jesús. Esta semana recibí la noticia de un misionero quien ha predicado la palabra en un país comunista. Él era mi compañero de la convivencia en Corea, y es unos años más joven que yo. Pero, predicando el evangelio en ese país comunista, él ha sufrido muchas tribulaciones. Una vez escuché que él fue encarcelado y luego expulsado del país por predicar el evangelio. Pero él no abandonó la carrera. Se cambió de nombre, y entró otra vez en ese país a predicar el evangelio. Y la noticia que recibí esta semana es que él tiene cáncer y metástasis en varios órganos. Cuando lo vi en la foto, no pude reconocerlo, porque ha perdido mucho peso. Pero, le agradezco a Dios y le alabo, porque en su rostro no se ve ninguna oscuridad, sino luz y gozo. Él ha peleado la buena batalla. Ha acabado la carrera, y ha guardado la fe. Estoy seguro de que su corazón está lleno de convicción y esperanza de recibir la corona de justicia, cuando venga nuestro Señor Jesucristo en aquel día.

Y vamos a ver los versículos 14 y 15. Cuando Pablo escribió esta epístola, él se encontraba en la prisión por segunda vez. Y había un hombre llamado Alejandro el calderero, que le causaba muchos males, oponiéndose a las palabras de Pablo en gran manera. Pero, en esa situación Pablo no buscaba ayuda de los hombres, sino confiaba en el Señor de manera absoluta. Si vemos los versículos 16 y 17, dice Pablo que en su primera prisión ninguno estuvo a su lado, sino que todos lo desampararon. Pero el Señor estuvo a su lado, y le dio fuerzas. Y lo libró de la prisión para que por medio de él fuera cumplida la predicación del evangelio, y que todos los gentiles lo oyeran. Y en su segunda prisión también Pablo confiaba sólo en el Señor. Miren el versículo 18. Dice Pablo: “Y el Señor me librará de toda obra mala, y me preservará para su reino celestial. A él sea gloria por los siglos de los siglos. Amén.” Él tenía plena confianza que el Señor Jesús lo librara de todo ataque del enemigo, y lo guardara para alcanzar la vida eterna en su reino celestial.

Antes nosotros peleábamos la batalla miserable, sucia y vana en el mundo. Y corríamos la carrera sin saber a dónde íbamos. Pero Dios nos salvó por medio de su Hijo Jesucristo, y nos llamó a pelear la buena batalla para alcanzar la vida eterna, y a correr la carrera de la fe para obtener la corona de justicia.
Es verdad que no es fácil pelear la buena batalla, y correr la carrera de maratón de la fe en este mundo. Pero el apóstol Pablo nos dio el ejemplo de pelear la buena batalla y acabar la carrera de la fe. Y en el capítulo 11 de Hebreos podemos ver numerosos testigos que vivieron en este mundo, peleando la buena batalla de la fe, y acabaron la carrera. También en la historia de nuestra iglesia tenemos muchos padres y compañeros de la fe que han hecho esta misma lucha espiritual. Sobre todo, nuestro Señor Jesucristo mismo aguantó la cruz, consumó nuestra salvación y entró en su gloria. Por eso en Hebreos 12:1 y 2 dice: “Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios.” Oro que hagamos la misma lucha espiritual de Pablo, de muchos siervos de la fe y de nuestro Señor Jesucristo. Oro que al final de nuestra vida podamos dar nuestro testimonio, diciendo: “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Y me está guardada la corona de justicia que me dará Jesucristo en aquel día.” Amén.

Conclusión: Hoy a través de esta palabra aprendimos la importancia de predicar la palabra. Jesucristo regresará a juzgar a los vivos y a los muertos. En aquel día sólo el que cree en Jesús será salvo, y el que no cree será echado en el infierno. Y para que la gente oiga el evangelio y crea en Jesús, debemos predicar la palabra.
También aprendimos la lucha espiritual que hizo Pablo durante toda su vida. Él peleó la buena batalla, acabó la carrera y guardó la fe. Y tenía la convicción y esperanza de recibir la corona de justicia en aquel día del juicio final.
Oro que esta palabra sea la guía y el fundamento de toda nuestra vida. Oro que en este año obedezcamos a esta palabra, y sea predicado el evangelio a muchos universitarios, y sigamos corriendo la carrera de la fe. Amén.