Juan 2018 (18)
Palabra/ Juan 12:20-50
V.C./ Juan 12:24,25
Si muere, lleva mucho fruto
“De cierto, de cierto os digo, que, si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto. El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará.”
La vida del ser humano en esta tierra es limitada, y corta. El vigor del hombre se acaba en setenta u ochenta años (Salmos 90:10), y todos los hombres tienen que morir. Entonces, ¿cómo podríamos vivir una vida fructífera y agradable delante de Dios? Y ¿cómo podríamos tener la vida eterna en el reino de Dios?
Precisamente esto era lo que querían saber unos griegos que buscaban a Jesús. Y les enseñó Jesús dos cosas: uno, el hombre tiene que aborrecer su vida, y dos, tiene que seguirle a Jesús. Oro que aceptemos y guardemos la palabra de Jesús que vamos a escuchar ahora, y podamos vivir una vida fructífera y agradable a los ojos de Dios, y tengamos la vida eterna en el reino de Dios junto a nuestro Señor Jesús y nuestro Padre Dios. Amén.
I. El que aborrece su vida (20-36)
Vamos a ver el versículo 20. Había ‘ciertos griegos’ entre los que habían subido a adorar en la fiesta. Los griegos eran famosos por su filosofía y mitología. Tales de Mileto, Sócrates, Platón y Aristóteles eran grandes pensadores y filósofos griegos. Y en la mitología griega salen los dioses, de los cuales hemos oído: Caos, Gea (la tierra), Urano (el cielo), Titanes, Zeus, Hades, Poseidón, Apolo, Artemisa (Diana), Atenea, etc.
Pero, en el versículo 20 dice que esos griegos habían subido ‘a adorar’ en la fiesta. Ellos adoraban a Jehová Dios. Ellos habrían aprendido acerca de Dios por medio de los judíos esparcidos por su región. La filosofía humana no les podía enseñar qué era ‘el origen’ de todas las cosas. Y sin saber esta verdad, ellos no podían encontrar el propósito y el significado de su vida. Pero en las Escrituras ellos aprendieron que Dios era el Creador, y en él había la verdad. Y los dioses de su mitología eran peores que el ser humano en su naturaleza. Esos dioses eran ambiciosos por el poder, traicionaban unos a otros, se tomaban la venganza, eran dominados por el deseo carnal, engañaban a sus esposas, etc. Esos dioses no eran dignos de adoración. Pero Jehová Dios era santo, justo y misericordioso. Él era digno de adoración del ser humano. Por eso estos griegos dejarían a sus dioses y su filosofía humana, y adorarían a Dios.
Y si vemos los versículos 21 y 22, ellos querían ver a Jesús. ¿Por qué desearían verlo? La semana pasada aprendimos que grandes multitudes salieron a recibirle a Jesús, porque la gente daba testimonio de cómo Jesús había resucitado a Lázaro. Seguramente estos griegos también oirían ese testimonio. Ellos habían venido a Jerusalén a adorar a Dios. ¡Y ahí se encontraba Dios todopoderoso en forma de hombre! ¿Cómo no querrían verlo? Y ellos anhelarían aprender cómo podrían vivir una vida agradable delante de Dios, y entrar en el reino de Dios para gozar la vida eterna. Por eso, Jesús les habló esta palabra.
Primero, miren el versículo 24, la parábola del grano de trigo. “De cierto, de cierto os digo, que, si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto.” Esta parábola es sencilla, y es verdad. En noviembre del año 1922 descubrieron la tumba del faraón Tutankamón, en la cual encontraron granos de trigo, que resultaron ser de más de 3,200 años. Esos granos nunca cayeron en la tierra y murieron. Y después de más de 3,200 años, quedaron solos. Pero si un grano de trigo muere, lleva mucho fruto. Dicen que un grano de trigo sembrado puede dar entre 80 a 120 granos. Tomando el promedio, 100 granos, en la siguiente siembra esos granos darían 10,000 granos. Y de manera sucesiva en cinco años un grano de trigo daría diez mil millones de granos. ¿Qué tanto sería esta cantidad de granos? Dicen que con esta cantidad pueden comer doscientas personas durante veinte años. Así, si el grano de trigo cae y muere, lleva muchísimo fruto.
Y ¿qué significa esta parábola? Vamos a ver el versículo 25. “El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará.” ‘El grano de trigo’ es ‘el hombre’. Y el grano de trigo que no cae en la tierra y muere es el hombre que ama su vida. ¿Cómo es la gente que ama su vida? El que ama su vida no quiere sacrificarla para Dios, ni para otros. Quiere su vida sólo para sí mismo. Y ¿qué hace con su vida? Busca las cosas del mundo. Ellos estudian y trabajan para conseguir las cosas que desean en el mundo, y disfrutarlas. Por eso también tratan de conservar buena salud, comiendo buenos alimentos, y haciendo ejercicios. Ellos buscan una vida abundante en material, cómoda, divertida y vanagloriosa. Ellos detestan las palabras: sacrificio, sufrimiento, dificultad, humildad, inestabilidad, etc.
Pero, ¿cómo termina su vida? Dice Jesús: “Queda solo. La perderá.” Si el hombre no quiere sacrificar su vida para Dios, ni para otros, y vive sólo para sí mismo, buscando las cosas mundanales, podría ganarlas, y disfrutarlas. Pero a través de su vida ninguno será salvo. Así queda sólo, e inútil para Dios. Y aunque el hombre consigue las cosas que desea en el mundo, y las disfruta, sabemos que en esas cosas no hay verdadera satisfacción y felicidad. Entonces, como dijo Salomón en Eclesiastés 1:2 y 3, todo su esfuerzo y trabajo es en vano. De esta manera pierde su vida en las cosas vanas del mundo. Y tampoco puede dar ningún fruto interior que pide Dios al hombre (Gálatas 5:22,23). Sobre todo, el que ama su vida, no a Dios, al terminar esta vida limitada y corta, no puede entrar en el reino de Dios para gozar de la vida eterna. ¿Acaso le diría Dios: “Te conozco, bienvenido a mi reino”? Más bien será echado en el infierno. El que ama su vida así la perderá eternamente.
Pero, ‘el grano de trigo que muere’ es ‘el que aborrece su vida’. La palabra ‘aborrecer’ es ‘detestar enormemente algo o alguien’. Y ¿qué haría el que aborrece su vida con ella? La sacrificaría para Dios y para las ovejas sin titubear, ni escatimarla. Él entregaría su juventud y su vida completamente a Dios y a la obra de salvación de las ovejas. No guardaría escondido ningún plan para sí mismo. Y sacrificaría su tiempo para apacentar a las ovejas, aunque tiene que estudiar o trabajar. Sacrificaría su dinero para la obra de Dios y para las ovejas, aunque no gane mucho dinero. También sacrificaría su comodidad para ir a donde Dios lo envíe a predicar la palabra. Sacrificaría su orgullo, y aguantaría a las ovejas egoístas, soberbias e ingratas. Sacrificaría su familia: su esposo, su esposa, sus hijos y sus padres, para servir a las ovejas. Y el que aborrece su vida no temería pasar por sufrimientos, dificultades y problemas por causa de Dios y las ovejas. Esto es aborrecer nuestra vida y morir para Dios y para las ovejas.
Y dice Jesús: “Si muere, lleva mucho fruto. El que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará.” Nuestra vida puede parecer ser tan pequeña e insignificante como un grano de trigo. Pero si la entregamos para la obra de Dios, el Señor la acepta y la utiliza preciosamente en su obra. El hombre es creado conforme a la imagen de Dios. Por eso Dios lo ama y lo aprecia. ¿Qué tanto lo ama Dios? Dios ama al ser humano hasta sacrificar a su Hijo en la cruz. Y si aborrecemos nuestra vida y la entregamos en la obra de Dios, a través de nosotros Dios salva a los hombres. Aunque fuera salvo un solo hombre por medio de nosotros, ese fruto es grande y precioso delante de Dios. También, como el misionero José Song, si amamos a Dios y sacrificamos nuestra vida para Dios, a través de nuestra vida muchos pueden ser conmovidos y entregados a Dios. Y amando a Dios, y sirviendo su obra, nuestro interior se transforma conforme a la imagen de su Hijo Jesús en humildad, sacrificio, amor, obediencia y mansedumbre. Sobre todo, si aborrecemos nuestra vida en este mundo por causa de Dios y las ovejas, Él nos aceptará en su reino para que estemos con Él para vida eterna.
En lo anterior nos enseñó Jesús la parábola del grano de trigo y su significado. Y en el versículo 26a dice Jesús: “Si alguno me sirve, sígame.” Jesús dice esto, porque él mismo aborreció su vida, y nos dio el ejemplo. Si Jesús hubiera amado su vida, él no habría abandonado su trono, gloria y poder del reino celestial. Tampoco habría venido al mundo humilde en forma de hombre. Tampoco habría cargado nuestros pecados en su cuerpo. Tampoco habría sufrido la muerte en la cruz. Entonces, no habría sido cumplida la voluntad de Dios. Tampoco estaríamos salvos.
Pero, nuestro Señor Jesús aborreció su vida. Como si fuera algo que él detestara, así se despojó de su gloria y poder del reino celestial, y vino al mundo en forma de hombre, igual que nosotros. Y entregó su vida en la cruz por nuestros pecados. De esta manera él aborreció su vida. Y por su sacrificio la voluntad de Dios fue cumplida, y nosotros fuimos salvos.
Y dice Jesús: “Si alguno me sirve, sígame.” Nosotros creemos y confesamos que Jesús es nuestro Señor y Rey. Entonces debemos seguirle, su ejemplo. Como nuestro Señor Jesús aborreció y entregó su vida para Dios y para nosotros, así debemos sacrificar nuestra vida. Y miren el versículo 26b. “y donde yo estuviere, allí también estará mi servidor. Si alguno me sirviere, mi Padre le honrará.” Si nosotros le seguimos a Jesús, y sacrificamos nuestra vida para Dios y para las ovejas como Jesús, él nos llevará al reino de Dios para que estemos con él. Y Dios nos apreciará y nos honrará en su reino.
Pero, miren el versículo 27a. “Ahora está turbada mi alma.” Aun para Jesús el Hijo de Dios era difícil aborrecer su vida y entregarla en sacrificio en la cruz. Y ¿qué hizo Jesús? ¿Se retractó de su sacrificio? Vamos a ver los versículos 27b y 28. “¿y qué diré? ¿Padre, sálvame de esta hora? Mas para esto he llegado a esta hora. Padre, glorifica tu nombre.” Jesús no buscaba salvarse a sí mismo del sacrificio. Más bien con resolución dijo Jesús: “Mas para esto he llegado a esta hora.” Y oró a Dios que glorificara su nombre. Entonces, Dios le respondió, diciendo: “Lo he glorificado, y lo glorificaré otra vez.” Aun en ese momento ante la muerte en la cruz su deseo anheloso de Jesús era glorificar el nombre de Dios a través de su obediencia hasta la muerte.
En el mundo la gente vive conforme a su naturaleza pecaminosa egoísta, y sigue el ejemplo de otros. Ellos aman su vida, no la quieren sacrificar para Dios, ni para otros, y buscan las cosas mundanales para disfrutarlas. Y esperan encontrar verdadera satisfacción y felicidad. Pero, esto nunca jamás sucede. Porque, como en el mar hay caminos, también en la vida hay caminos. Y dice Jesús que el que ama su vida queda solo, y pierde su vida. El que ama su vida y las cosas mundanales no puede obtener verdadera satisfacción y felicidad, ni frutos interiores que espera Dios del ser humano, ni la vida eterna en el reino de Dios.
En cambio, la otra manera de vivir es aborrecer su vida en este mundo. Es sacrificar su vida para Dios y para las ovejas. Y esto es el camino para vivir una vida fructífera y agradable a los ojos de Dios, y entrar en el reino de Dios para gozarnos de la vida eterna. Jesús mismo aborreció su vida hasta sacrificarla en la cruz, y ahora está sentado a la diestra del trono de Dios.
El ex secretario general de la ONU era un coreano, que se apellida Ban. Él y el misionero José Ahn de nuestra iglesia habían sido compañeros de trabajo en el gobierno de Corea del Sur. Ese señor Ban siguió con su carrera profesional, y llegó a la cima de entre todos los diplomáticos del mundo. Pero, el misionero José Ahn, cuando tenía éxito asegurado en su carrera, fue llamado a servir la obra de Dios en E.U. Y ¿qué hizo él? Él dejó todo, y se fue a su tierra de misión. Así él aborreció su vida, y la sacrificó para servir la obra de la Misión Mundial. Y el misionero José Ahn lleva mucho fruto. Él fue el primero de nuestra iglesia que predicó la palabra de Dios en México y en América Latina. Y después de él la obra de Dios ha crecido tanto en este continente que ya casi en todos los países hay misioneros y pastores predicando la palabra de Dios. Y el misionero José Ahn, como el padrino de la obra de América Latina, sigue orando y apoyando esta obra. Y aun en su edad avanzada sigue entregando su vida para la obra de la Misión Mundial con la esperanza de la vida eterna en el reino de Dios.
Antes de conocer a Jesús, nosotros también amábamos nuestra vida en el mundo. Pensábamos sólo en nosotros mismos, y buscábamos las cosas de este mundo. Y nuestra vida estaba llena de pecados, sufrimientos, cansancio y oscuridad. Pero, por su misericordia Dios nos llamó, y nos ayudó a seguirle a Jesús, aborreciendo nuestra vida en este mundo. Nosotros hemos entregado nuestra vida a Dios y para su obra de la Misión Mundial. Y ciertamente podemos ver frutos en nosotros. Dios nos ha entrenado, y nos ha dados frutos de humildad, fe, obediencia, paciencia, mansedumbre y amor. También por medio de nuestra vida Dios ha hecho su obra de salvación, y nos ha dado este fruto precioso de almas salvas en Cristo Jesús. Y tenemos paz para con Dios, y la convicción de que Dios nos dará la vida eterna, la honra y la gloria en su reino celestial.
Esta palabra es la guía para toda nuestra vida. Cada momento debemos preguntarnos a nosotros mismos: “¿Amo mi vida, o la aborrezco para Dios y para las ovejas?” Oro para que sigamos el ejemplo de nuestro Señor Jesús, aborrezcamos nuestra vida en este mundo y la sacrifiquemos para Dios y para la salvación de los universitarios. Oro que, siguiéndole a Jesús, llevemos mucho fruto agradable ante Dios, y tengamos la vida eterna en el reino de Dios. Amén.
II. La autoridad de la palabra de Jesús (37-50)
Ahora vamos a ver el versículo 37. “Pero a pesar de que había hecho tantas señales delante de ellos, no creían en él.” Y ¿por qué no creían en Jesús? Si vemos el versículo 38, dice: “para que se cumpliese la palabra del profeta Isaías.” También en los versículos 39 y 40 dice: “Por eso no podían creer, porque también dijo Isaías: Cegó los ojos de ellos, y endureció su corazón.” Al ver estas palabras, parece ser que a propósito Dios hizo que los judíos no pudieran creer en Jesús. Pero, en 1 Timoteo 2:4 dice: “(Dios nuestro Salvador) el cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad.” Esto es el corazón de Dios, que ama a todos los hombres pecadores. Entonces, ¿qué significaría que Dios cegó los ojos de ellos, y endureció su corazón? En Romanos 1:24, 26 y 28 podemos entender lo que significa esta palabra. Dice: “Dios los entregó a la inmundicia. Dios los entregó a pasiones vergonzosas. Y como ellos no aprobaron tener en cuenta a Dios, Dios los entregó a una mente reprobada.” Aquí podemos entender cómo era el corazón de los judíos. Ellos amaban su vida. Ellos amaban las cosas del mundo. Y no quisieron tener en cuenta a Dios. Ellos no pensaban en Dios, ni lo buscaban. Entonces, Dios los dejó en su inmundicia, en sus pasiones vergonzosas y en su mente reprobada. Y sin que Dios les enseñara, y les trajera a Jesús, ellos no podían creer en Jesús por su propia cuenta (Juan 6:44,45). Al fin, no era que Dios hiciera a propósito que no pudieran creer en Jesús, sino ellos mismos no quisieron creer en Jesús, y Dios los dejó así. También en los versículos 42 y 43 dice que, aunque muchos de los gobernantes creyeron en Jesús, no lo confesaban a causa del miedo de los fariseos, porque amaban más la gloria de los hombres que la gloria de Dios.
Pero, ¿quién era Jesús, en quien ellos no creyeron? Y ¿qué autoridad tenían las palabras de Jesús, las cuales ellos no quisieron aceptar? Miren los versículos 44 y 45. “El que cree en mí, no cree en mí, sino en el que me envió; y el que me ve, ve al que me envió.” Esta palabra quiere decir que Jesús es el Hijo de Dios, igual a Dios. Y en los versículos 47-50 dice Jesús: “Al que oye mis palabras, y no las guarda, yo no le juzgo… La palabra que he hablado, ella le juzgará en el día postrero…Porque yo no he hablado por mi propia cuenta; el Padre que me envió, él me dio mandamiento de lo que he de decir.” Las palabras de Jesús son las palabras de Dios.
Para salvar a los hombres pecadores Jesús aborreció su vida, y vino al mundo humilde en forma de hombre. Pero, viendo sólo su apariencia, los judíos no creyeron en él, ni recibieron sus palabras. Pero, Jesús es el Hijo de Dios. Jesús es igual al Dios Todopoderoso. Y sus palabras son las palabras de Dios. Por lo tanto, vendrá Jesús otra vez al mundo con gran poder y gloria, y las palabras de Jesús juzgarán a todos los hombres.
Entonces, ¿qué es lo que debemos hacer? Tenemos que creer en Jesús, y guardar sus palabras. Sobre todo, tenemos que guardar la palabra de Jesús que aprendimos hoy: “El que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará.” Oro que nosotros creamos en Jesús, y obedezcamos su palabra para que tengamos vida eterna en él. Amén.
Conclusión: El hombre nace, y vive en este mundo. Y cada uno puede tomar la decisión de cómo vivir su vida. Pero no todas las maneras de vivir van a resultar en lo mismo. Hay la manera de vivir que deja al hombre solo, y en perdición. Y hay la manera de vivir que hace al hombre llevar mucho fruto agradable ante Dios, y lo guía al reino de Dios para tener la vida eterna. Jesús el Hijo de Dios vivió de esta manera, y nos dio el ejemplo.
Oro que creamos en Jesús, y guardemos esta palabra de él. Oro que, como nuestro Señor Jesús, aborrezcamos nuestra vida, y la sacrifiquemos para Dios y para la salvación de los universitarios. Oro que, siguiéndole a Jesús, llevemos mucho fruto para Dios, y tengamos la vida eterna en el reino de Dios. Amén.