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Juan 2018 (2)
Palabra/ Juan 1: 19-34
Versiculo clave/ Juan 1: 29

El Cordero de Dios

“El siguiente día vio Juan a Jesús que venía a él, y dijo: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.”

La palabra que vamos a escuchar hoy se trata del testimonio que dio Juan el Bautista de Cristo. En esta palabra podemos aprender la actitud que debemos tener como siervos del Señor. Sobre todo, vamos a aprender ‘quién es Jesús’, y ‘qué es lo que hizo él’. También aprendemos ‘qué es lo que tenemos que hacer’, y ‘qué gracia recibimos a través de Cristo Jesús’. Oro que por medio de esta palabra renovemos la gracia de Dios que hemos recibido en Jesucristo, y demos este mismo testimonio a muchos universitarios para que crean en Jesucristo, y reciban la gracia de Dios en su nombre. Amén.

I. Yo no soy digno (19-28)

Si vemos el versículo 19, los judíos enviaron de Jerusalén sacerdotes y levitas para que le preguntaran a Juan: “¿Tú, quién eres?” ¿Por qué les interesaría tanto saber quién era Juan el Bautista? Juan estaba predicando el bautismo en el desierto. Y salían a él toda la provincia de Judea, y todos los de Jerusalén, y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados (Marcos 1:5). Juan tenía tal poder espiritual, y surgía un gran movimiento de arrepentimiento en el pueblo. Y, si vemos Lucas 3:15, el pueblo estaba en expectativa, preguntándose todos en sus corazones si acaso Juan sería el Cristo. Entonces los líderes religiosos querían aclarar el asunto, y enviaron a los hombres a preguntarle: “¿Tú, quién eres?”
Y ¿qué fue el testimonio de Juan? Miren los versículos 20 y 21. “Confesó, y no negó, sino confesó: Yo no soy el Cristo.” Juan pudo negar responderles, para que la gente siguiera en especulación acerca de él. Pero él confesó, diciendo que él no era el Cristo. Entonces le preguntaron: “¿Qué pues? ¿Eres tú Elías?” Dijo Juan: “No soy.” Y le volvieron a preguntar: “Eres tú el profeta?” Y respondió Juan: “No.” Sus respuestas eran cada vez más simples y tajantes: “Yo no soy el Cristo. No soy. No.”

Entonces, los que vinieron de Jerusalén le preguntaron intrigados: “¿Pues quién eres? Para que demos respuesta a los que nos enviaron. ¿Qué dices de ti mismo?” (22) Y miren el versículo 23. Dijo Juan: “Yo soy la voz de uno que clama en el desierto: Enderezad el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías.” ¿Cómo se caracteriza ‘la voz de uno’? La voz se oye, transmite el mensaje y desaparece. La voz no tiene cara, ni nombre. Juan dijo que él era la voz que clama y endereza el camino para el Señor. Él se humilló a sí mismo.

Y los hombres le reclamaron, diciendo: “¿Por qué, pues, bautizas, si tú no eres el Cristo, ni Elías, ni el profeta?” Y ¿qué hizo Juan? ¿Trató de justificarse y defenderse? Miren los versículos 26 y 27. Ahora Juan ni siquiera habló de sí mismo, sino testificó de Cristo, diciendo: “Éste es el que viene después de mí, el que es antes de mí, del cual yo no soy digno de desatar la correa del calzado.” Juan dijo que el Cristo era Dios eterno que existía antes de él por la eternidad, y era tan grande que él no era digno ni siquiera de desatar la correa del calzado del Cristo.

Dios envió a Juan a preparar el camino del Señor, y le dio poder para cumplir su misión. Y al ver la obra que surgía por medio de él, la gente estaba maravillada por él. En ese momento Juan el Bautista se encontraba ante ‘la tentación de reconocimiento, alabanza y fama de los hombres’. ¡El pueblo pensaba que quizá él era el Cristo! Si la gente nos reconoce como alguien importante, nos sentimos padre. Y en el mundo la fama puede traer beneficios económicos. Por eso en YouTube muchos suben videos de sus tonterías para ganar la fama. Y mucha gente, que quiere ser famosa como actriz o cantante, aguanta el maltrato de los hombres que tienen poder e influencia en ese mundo. Así de fuerte es la tentación de la fama de los hombres.
Y ante esa tentación Juan el Bautista simplemente podía estar callado, disfrutando la especulación de los hombres. O podía decir: “Yo soy el enviado de Dios, el mensajero del Señor, el precursor del Mesías y el profeta Elías (Lucas 1:17).” Pero no hizo así. Juan se negó a sí mismo, se humilló y testificó del Cristo. Juan el Bautista conocía quién era el Cristo, y quién era él mismo, y testificó del Cristo para que la gente creyera en Cristo, y tuviera la vida y la luz en él.

Nosotros también podemos ser tentados por el reconocimiento, alabanza y fama de los hombres. Si en nuestra iglesia realiza alguien una obra de fe o crece el ministerio en número, lo reconocen otros, y lo quieren dar a conocer a todos. Y ¿qué es lo que debemos hacer en ese momento? Como Juan el Bautista, debemos negarnos a nosotros mismos, diciendo: “Yo no soy”, y humillarnos, diciendo: “Soy un siervo inútil” (Lucas 17:10), y testificar de Cristo Jesús, diciendo: “El Señor Jesús lo hizo todo.” Nosotros no debemos robar la gloria del Señor, ni estorbarla. Más bien debemos testificar de su gloria. Oro que guardemos en nuestro corazón esta imagen de humildad de Juan el Bautista, y a través de nosotros sólo la gloria de Jesucristo sea manifestada, y todos los universitarios que vienen a nuestra iglesia conozcan a Jesús, crean en él y tengan la vida y la luz en él. Amén.

II. El Cordero de Dios (29-34)

Y ¿qué fue otro testimonio de Juan el Bautista acerca de Cristo? Vamos a ver el versículo 29. “El siguiente día vio Juan a Jesús que venía a él, y dijo: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.” Otros siervos de Dios testificaron de Jesús de diferentes maneras. En la Navidad del año pasado estudiamos la palabra del evangelio según Mateo. Él testificó que Jesús era ‘el rey de los judíos’. Y el profeta Isaías testificó que el Cristo era ‘Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno y Príncipe de Paz’ (Isaías 9:6). Pero Juan el Bautista dice que Jesús es ‘el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’.
¿Qué nos trae a la mente esta palabra? En el Antiguo Testamento el cordero era ‘el sacrificio por el pecado del pueblo’. Pero, ¿por qué tenía que ser sacrificado el cordero por el pecado? Si vemos Génesis 2:17, dijo Dios: “mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás.” La mujer desobedeció la palabra de Dios, pensando que quizá no moriría (Génesis 3:3). Y muchos desechan la palabra de Dios y cometen pecados, pensando: “No pasa nada.” Pero, esto es la mentira del diablo. En Romanos 6:23 dice que la paga del pecado es muerte. El que comete pecado, sea grande o sea pequeño, tiene que morir, derramando su sangre (Levíticos 17:11). Por esta razón el hombre pecador tiene miedo de Dios, y no puede ir ante la presencia de Dios.
Además, mientras viva en este mundo, el ser humano tiene que sufrir bajo la maldición de Dios por su pecado (Génesis 3:16-19). La mujer sufre tremendamente por el machismo del hombre, y a pesar de todo su maltrato sigue deseando el amor del hombre. Y el hombre sufre, trabajando para comer y sobrevivir, sin misión, ni propósito de vida, ni significado de su existencia en este mundo.
Y no es todo el sufrimiento en la vida de este mundo. Después viene lo peor. Muchos se suicidan, porque están cansados de sufrir, y piensan que con la muerte se terminaría ese sufrimiento. Pero después de la muerte, viene el juicio de Dios (Hebreos 9:27). El hombre pecador será condenado a sufrir eternamente en el lago del infierno que arde con fuego y azufre (Apocalipsis 21:8).

Pero, si vemos Génesis 3:15, Dios le dio al hombre pecador el camino de la salvación por medio de Cristo. Y ¿cómo sería esa salvación? Para enseñar esto a Israel le dio Dios ‘el sacrificio del cordero’ en el Antiguo Testamento.
Primero, nosotros sabemos bien la historia del Éxodo. En aquel tiempo Israel se encontraba esclavizado bajo el poder de faraón en Egipto. Dios envió a Moisés a faraón, y le ordenó que librara a Israel. Pero a pesar de las nueve plagas con las que Dios había herido a Egipto, el faraón no quiso obedecerle a Dios. Entonces Dios decidió golpearlo con la última plaga, que era la muerte de todos los primogénitos en Egipto. Y porque se encontraba Israel en medio de los egipcios, también le tocaría la mortandad. Pero, si vemos Éxodo 12:5-13, Dios dijo a Moisés que cada familia de Israel inmolara un cordero, y pusiera su sangre en los dos postes y en el dintel de las casas en que se encontraban. El cordero fue inmolado en lugar de Israel, y por su sangre fueron librados de la muerte.
También en Levíticos 23:19 dice: “Ofreceréis además un macho cabrío por expiación, y dos corderos de un año en sacrificio de ofrenda de paz.” Mientras haya el pecado entre Dios y el hombre, no puede haber paz. Pero Dios dijo que sacrificaran el cordero como ofrenda de paz. Es decir, el cordero era sacrificado por el pecado de Israel en lugar de él. Y Dios tomaba la sangre del cordero como la vida del pueblo, y le perdonaba sus pecados, y le daba paz para con Dios.

Cuando Juan el Bautista testificó de Jesucristo, diciendo: “He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, él pensaba en el cordero de sacrificio del Antiguo Testamento. Pero, Jesucristo es el Cordero ‘de Dios’, es decir, que Dios lo preparó y envió al mundo. Y Dios cargó en él el pecado de todos nosotros (Isaías 53:6). Y Jesús, igual que el cordero de la pascua y el cordero de sacrificio de ofrenda de paz, fue inmolado y sacrificado en la cruz, y su sangre fue derramada por nuestros pecados. Y por su muerte, por su sangre derramada en la cruz el pecado de todos nosotros fue quitado de entre Dios y nosotros. Por eso, si vemos Mateo 27:51, cuando Jesús murió en la cruz, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. En el templo de Jerusalén había dos lugares: el Lugar Santo donde los sacerdotes hacían sus oficios, y el Lugar Santísimo en la que se encontraba el arca del pacto que simbolizaba la presencia de Dios (Hebreos 9:6-8). Y entre los dos lugares había el velo. El velo era la separación entre Dios y el hombre pecador. El velo simbolizaba el pecado que separaba entre Dios y el hombre. Pero, Jesucristo el Cordero de Dios fue inmolado por el pecado del ser humano, y el velo del templo fue rasgado. ¡Por el sacrificio de Jesucristo fue quitado el pecado de entre Dios y nosotros!

Ahora, ¿qué es lo que tenemos que hacer, y qué recibimos por medio de Jesucristo? Vamos a ver los versículos 30 y 31. Juan el Bautista nuevamente testificó de Jesús, diciendo que Jesús era antes de él, es decir, que era Dios eterno que existe por la eternidad. Y dijo que él bautizaba con agua para que Jesús fuera manifestado a Israel. Y ¿qué significa el bautismo con agua? En Marcos 1:4 dice: “Bautizaba Juan en el desierto, y predicaba el bautismo de arrepentimiento para perdón de pecados.” El bautismo con agua significa el arrepentimiento. Jesucristo el Cordero de Dios ya fue sacrificado en la cruz por todos nuestros pecados. Lo único que necesitamos hacer es creer en él, y arrepentirnos de nuestros pecados. Entonces Dios ve nuestra fe, y nos da perdón de todos nuestros pecados. Dios quita el velo de nuestros pecados de entre él y nosotros. Nos justifica, nos da paz para con él, nos reconcilia con él y nos recibe como sus hijos, dando nos la vida y la luz. En nuestro Señor Jesucristo ya no tenemos miedo de Dios, sino le llamamos ‘Abba, Padre’. Tampoco sufrimos bajo la maldición de Dios, ni tememos el juicio final y la condenación al infierno.

Y vamos a ver los versículos 32 y 33. También dio Juan testimonio, diciendo: “Vi al Espíritu que descendía del cielo como paloma, y permaneció sobre él. Y yo no le conocía; pero el que me envió a bautizar con agua, aquél me dijo: Sobre quien veas descender el Espíritu y que permanece sobre él, ése es el que bautiza con el Espíritu Santo.” Aquí podemos aprender que Jesucristo nos da el don del Espíritu Santo. Cuando nos reconciliamos con Dios por la sangre de Jesucristo, no necesitamos ir a buscar a Dios, porque Jesús nos da el Espíritu Santo, quien es el Espíritu de Dios.
Y ¿qué es lo que hace el Espíritu Santo? En Juan 3:5 dijo Jesús a Nicodemo: “De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios.” El Espíritu Santo hace al hombre nacer de nuevo, y entrar en el reino de Dios. El Espíritu Santo da al hombre un nuevo corazón, una nueva mente y un nuevo cuerpo, y lo hace vivir como el pueblo de Dios. Y en Romanos 8:16 dice: “El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios.” El Espíritu Santo nos da la convicción que somos perdonados, justificados y reconciliados con Dios, y Dios nos ama a nosotros como sus hijos. También en Juan 16:13 dijo Jesús: “Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad.” El Espíritu Santo es nuestro maestro de la Biblia personal. Él nos enseña y nos ayuda a conocer la palabra de Dios. Y Juan 7:37-39 dice: “En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él.” ¿Cómo nos sentimos, cuando tenemos sed? Nos angustiamos y sufrimos. Y con anhelo deseamos beber agua. Así es cuando tenemos sed espiritual. Como aprendimos en la palabra de la semana pasada, el hombre desechó el Verbo de Dios, y nunca se sacia en este mundo, aunque ganara dinero, amor humano, conocimientos, poder y fama. El hombre pecador sufre sed espiritual. Pero, cuando creemos en Jesucristo, él nos bautiza con el Espíritu Santo, quien es en nuestro interior como ríos de agua viva que corren, y nos da verdadera satisfacción, gozo y felicidad. El que tiene el Espíritu Santo no necesita beber el agua de este mundo. Y en Gálatas 5:22 y 23 dice: “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley.” El Espíritu Santo es quien nos hace llevar los frutos que le agradan a Dios. También en Hechos 1:8 dijo Jesús: “pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra.” El Espíritu Santo es el que nos viste de su poder, nos guía y nos utiliza para realizar la obra del evangelio por todas las naciones. Y en Efesios 1:13 y 14 dice acerca del Espíritu Santo: “En él (Cristo Jesús) también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria.” El Espíritu Santo es el sello de Dios de la promesa del reino celestial. El Espíritu Santo es las arras, es decir, el anticipo de garantía de nuestra herencia, la vida eterna en el reino de Dios. Cuando creemos en Jesucristo, él nos bautiza con el Espíritu Santo, sellándonos y dándonos la garantía de que vamos a recibir nuestra herencia celestial cuando regrese Jesús al mundo.
¡Qué maravilloso es el don del Espíritu Santo! Cuando creemos en Jesucristo y nos arrepentimos de nuestros pecados, recibimos perdón de pecados, y el don del Espíritu Santo. En Hechos 2:38 acerca de esto dijo el apóstol Pedro: “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo.” Pero, para quitar nuestros pecados de entre Dios y nosotros y para darnos el don del Espíritu Santo, Jesucristo el Cordero de Dios fue sacrificado y muerto en la cruz, derramando su sangre. Le damos gracias a Jesús nuestro Señor y le alabamos de todo nuestro corazón por su amor y sacrificio y gracia que nos ha dado.

Y miren el versículo 34. “Y yo le vi, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.” ¿Quién podría bautizar al hombre con el Espíritu Santo? Un ángel, por más resplandeciente que sea, no lo puede hacer, porque es siervo de Dios. Un profeta, por más grande que sea, no lo puede hacer, porque es criatura de Dios. Sólo Dios mismo puede dar al hombre su Espíritu. Y Jesús bautiza al hombre con el Espíritu Santo. Jesús es el Hijo de Dios. Esto significa que Jesús es igual a Dios.

Conclusión: Dios es santo. La paga del pecado es muerte. El hombre pecador tiene que vivir con miedo de Dios, sufriendo bajo la maldición y después de la muerte ser condenado al infierno eternamente. Pero, Dios envió a su Hijo Jesucristo como el Cordero de la pascua y como el Cordero de sacrificio de ofrenda de paz. Nuestro Señor Jesús cargó el pecado de todos nosotros, y fue sacrificado en la cruz, derramando su sangre, y quitó el pecado de entre Dios y nosotros. Ahora sólo por creer en él recibimos perdón de pecados y el maravilloso don del Espíritu Santo.
Oro que cada momento y hasta el último momento de nuestra vida le agradecemos y alabamos a Jesús por lo que hizo por nosotros, y por la gracia que nos ha dado en su evangelio. Y oro que testifiquemos de Jesús con toda nuestra vida y con toda nuestra fuerza para que los universitarios conozcan a Jesús el Cordero de Dios, y creyendo en él, reciban perdón de sus pecados y el don del Espíritu Santo. Amén.