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Juan 2018 (19)
Palabra/ Juan 13:1-35
V.C./ Juan 13: 14,15

Como yo os he hecho

“Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros. Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis.”

Los capítulos del evangelio según Juan son 21 en total. Entre ellos los doce que hemos estudiado hablan de ‘las señales’ que hizo Jesús (Juan 12:37), enseñándonos que Jesús es el Hijo de Dios, igual a Dios. Y a partir del capítulo 13 hasta el 17 son las palabras que dijo Jesús a sus discípulos en la última cena. Y la palabra que vamos a escuchar hoy es lo primero que enseñó Jesús en aquella noche antes de su crucifixión.
En esta palabra Jesús nos enseña dos cosas: ‘qué relación quiere Jesús entre él y nosotros’, y ‘qué quiere Jesús que hagamos entre nosotros’. Oro que en este tiempo entendamos la importancia de esta palabra, y la guardemos con todo nuestro corazón y con toda nuestra fuerza. Oro que, obedeciendo esta palabra, todo lo que hagamos sea agradable ante los ojos de Dios, y estemos unidos en Jesús, guardemos nuestra fe en este mundo y sirvamos la obra de salvación como el cuerpo de Cristo. Amén.

I. Jesús lavó los pies de sus discípulos (1-11)

Vamos a ver el versículo 1a. “Antes de la fiesta de la pascua, sabiendo Jesús que su hora había llegado para que pasase de este mundo al Padre.” Era la noche anterior de su crucifixión. ‘Pasarse de este mundo al Padre’ se refiere a su ascensión al trono celestial. Pero, antes de ese triunfo glorioso, Jesús tendría que sufrir la muerte en la cruz. Y supo que su hora había llegado.
Y ¿cómo sería entregado Jesús? El versículo 2 dice: “como el diablo ya había puesto en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, que le entregase.” Si vemos esta palabra, parece ser que la muerte de Jesús fuera por la obra del diablo, y por causa de la traición de Judas Iscariote. Pero, en el versículo 3 dice que supo Jesús que Dios le había encargado de la salvación de todos los hombres, y que Dios le había enviado al mundo, y volvería a Dios. La muerte de Jesús en la cruz no era derrota ante el diablo, ni fracaso por la traición de Judas Iscariote. Era conforme a la voluntad del Dios Soberano para la salvación de toda la humanidad, y después Jesús volvería a tomar su poder y gloria en el reino celestial.
Y ¿qué hizo Jesús en ese momento? Miren el versículo 1b. “como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin.” ‘Los amó hasta el fin’ – en otras palabras, podríamos decir: ‘los amó hasta el momento de morir’, ‘los amó, aunque estaba turbado y angustiado (Juan 12:27)’, ‘los amó, aunque tenía su propio problema tan difícil’, ‘los amó aun en esa situación en la que no podría amar a otros’. Así es el amor de Jesús para con nosotros, incambiable y absoluto. Aun la muerte en la cruz no lo pudo cambiar. Jesús nunca dejará de amarnos a nosotros, hasta que entremos en el reino de Dios, y para siempre.

Ahora, ¿qué hizo Jesús en la última cena? Vamos a ver los versículos 4 y 5. “se levantó de la cena, y se quitó su manto, y tomando una toalla, se la ciñó. Luego puso agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos, y a enjugarlos con la toalla con que estaba ceñido.” Aquí nos llama la atención una cosa, que el apóstol Juan menciona lo que hizo Jesús muy detalladamente, uno por uno: ‘se levantó, se quitó su mando, tomó una toalla, se la ciñó, puso agua en un lebrillo, comenzó a lavar los pies de los discípulos, y enjugarlos’. ¿Por qué de esta manera describiría Juan lo que hizo Jesús? Así de impactante e impresionante fue para él, y para otros discípulos, lo que hizo Jesús en esa noche. Ellos se quedarían perplejos, sin poder entender lo que hacía Jesús, y sin saber qué hacer.
Entonces, vamos a ver los versículos 6-11. Cuando vino Jesús a lavar los pies de Simón Pedro, éste le dijo: “Señor, ¿tú me lavas los pies?” Y aunque Jesús le dijo que lo entendería después, Pedo siguió insistiendo con terquedad: “No me lavarás los pies jamás.” Entonces en el versículo 8b Jesús le dijo: “Si no te lavare, no tendrás parte conmigo.” Y ahora Pedro quería que Jesús le lavara no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza. Y miren el versículo 10. A él le dijo Jesús: “El que está lavado, no necesita sino lavarse los pies, pues está todo limpio; y vosotros limpios estáis, aunque no todos.” ¿Qué significaría en esta palabra ‘lavarse todo’ y ‘lavarse los pies’? Esta palabra tiene un significado espiritual. En Apocalipsis 1:5 dice: “y de Jesucristo el testigo fiel, el primogénito de los muertos, y el soberano de los reyes de la tierra. Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre.” Jesús fue castigado y crucificado por nuestros pecados, y derramó su sangre. ‘Lavarse todo’ es ‘lavarnos de todos nuestros pecados con la sangre de Jesucristo en el momento que creemos en Jesús por primera vez’. Y ‘lavarse los pies’ es ‘lavarnos de los pecados mal olientes y sucios que cometemos cada momento y cada día, mientras vivamos en este mundo’. Si ya hemos creído que Jesús derramó su sangre en la cruz por todos nuestros pecados, estamos lavados todo y limpios. Y no necesitamos volver a hacerlo otra vez. Pero, aunque creemos en Jesús, aún no estamos transformados completamente, y seguimos en este mundo lleno de pecados y tentaciones. Por eso es inevitable que cometamos pecados sucios y mal olientes. Por lo tanto, necesitamos llevar nuestros pies sucios, nuestros pecados ante Jesús para ser lavados con su sangre.

Especialmente en el versículo 8b dice Jesús: “Si no te lavare, no tendrás parte conmigo.” Si no llevamos nuestros pecados sucios ante Jesús para ser lavados con su sangre, dice Jesús que no tendremos nada que ver con él. Aquí podemos entender ‘qué relación quiere Jesús entre él y nosotros’. Nosotros tenemos varios tipos de relación con Jesús. Jesús es nuestro Señor, y él nos llamó como sus siervos para servir la obra de Dios. Por eso podemos pensar que, si trabajamos mucho en la obra de Dios, y establecemos a muchos discípulos, tendremos mucha parte con Jesús. También Jesús es nuestro Maestro, y somos sus discípulos. Y podemos pensar cuánto más lucha hagamos por imitarlo y seguir su ejemplo, tanto más parte tendremos con él. Pero, en esta palabra dice Jesús que, si no somos lavados los pies con su sangre, no tendremos nada que ver con él. Es cierto que, aunque uno trabaje mucho en la obra de Dios, y levante a muchos discípulos, si no confiesa sus pecados ante Jesús cada momento, y es lavado con su sangre, se vuelve orgulloso y soberbio. Y pensando que él mismo ha trabajado, y él mismo ha levantado la iglesia, roba la gloria de Dios. También, aunque uno hace la lucha por obedecer la palabra de Dios, e imitar a Jesús, si no lleva sus pecados sucios y viles ante Jesús, esa persona se hace hipócrita. Aparentemente será un santo, pero por dentro estará lleno de inmundicia y soberbia, que nunca ha lavado. Por lo tanto, podemos decir que en nuestra relación con Jesús lo más fundamental e importante es llevar nuestros pecados ante Jesús cada momento y cada día, y ser lavados con su sangre. Entonces, podemos ser utilizados en la obra de Dios preciosamente, y glorificar el nombre de Dios (2 Timoteo 2:21). También podemos ser transformados conforme a la imagen de Jesús desde lo profundo de nuestro interior.

Pero, si no llevamos nuestros pies sucios a Jesús para ser lavados con su sangre, Jesús no nos puede lavar. En los versículos 21-30 podemos ver cómo trataba Jesús de lavar los pies de Judas Iscariote. Si vemos el versículo 21, Jesús estaba muy triste, al pensar en Judas quien le entregaría a Jesús a la muerte, y sufriría la perdición eterna. Por eso, cuando otros discípulos le preguntaron quién era aquel que le había de entregar, Jesús señaló a Judas Iscariote (26). Lo hizo Jesús para que él se arrepintiera de su pecado, y fuera lavado con la sangre de Jesucristo. Pero Judas no se arrepintió. Y si vemos el versículo 27, fue apoderado por Satanás. Y por fin salió a las tinieblas, a la perdición eterna (30). Jesús derramó su sangre en la cruz para lavarnos de todos nuestros pecados. No hay ningún pecado que no pueda ser lavado con la sangre de Jesús. Pero, Judas Iscariote no quiso llevar sus pies sucios y mal olientes ante Jesús. Y Jesús no pudo lavarle los pies. Y Judas Iscariote no tuvo ninguna parte con Jesús.
Pero, oro que el Espíritu Santo nos ayude a tener un corazón humilde y sincero, para que le llevemos a Jesús nuestros pies sucios cada momento y cada día. Oro que sobre esta relación con Jesús podamos agradar a Dios con todo lo que hagamos en la obra de salvación y en nuestra vida personal. Amén.

II. Vosotros también hagáis (12-35)

Vamos a ver los versículos 12-14a. Después que les hubo lavado los pies Jesús, tomó su manto, volvió a la mesa, y les dijo: “¿Sabéis lo que os he hecho?” Y les explica ‘qué fue lo que hizo’, y ‘por qué lo hizo’.
Primero, en los versículos 13 y 14a dice Jesús: “Vosotros me llamáis Maestro, y Señor; y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies…” ¿Quién es Jesús? Él es el Señor y el Maestro. Y ¿qué hizo? Lavó los pies de sus discípulos. Aquí podemos ver ‘la humildad, la paciencia, el trabajo y el amor de Jesús’. ¿Qué tan asombrosa es la humildad de Jesús? En el mundo los políticos y los ricos se enaltecen sobre sus subordinados y sus empleados. Y los menosprecian, los ponen a trabajar como esclavos, les insultan, les golpean y no les pagan de manera justa. Los grandes y poderosos del mundo maltratan a los pequeños y débiles, como si fueran menos que aun la mugre de sus pies. Pero, Jesús es el Señor de señores y el Maestro de todo el universo, no el presidente de un país, ni el dueño de una empresa. Y siendo tan grande y poderoso, se humilló, y lavó los pies de sus discípulos. ¿Quién se habría imaginado esto, y quién podría entender lo que hizo Jesús del todo? Y Jesús aguantó el mal olor y la suciedad de los pies de sus discípulos. En aquel tiempo en Israel la gente andaba con sandalias, caminando en tierra. Por eso se ensuciaban los pies, y olían mal. Y Jesús aguantó ese mal olor y suciedad de los pies de sus discípulos, y los lavó con sus manos. Y trabajó Jesús para lavar los pies de sus discípulos. ¿A quién le gusta levantarse para servir a otros, mientras esté sentado a la mesa, comiendo? A nadie le gusta esto. Por eso, si alguien nos pide que le traigamos agua o sal, le respondemos, diciendo: “Tú también tienes pies y manos.” Pero Jesús se levantó de la cena. Se quitó su manto, y tomando una toalla, se la ciñó. Luego puso agua en un lebrillo, y lavó los pies de los discípulos y los enjugó con la toalla. A cada uno de los doce lo hizo Jesús, uno por uno. De esta manera Jesús se humilló, aguantó el mal olor y la suciedad de los pies de sus discípulos, trabajó y les sirvió, porque los amaba.

Y miren los versículos 14b y 15. Siguió Jesús, diciendo. “vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros. Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis.” ¿Qué significaría en esta palabra ‘lavarnos los pies los unos a los otros’? ‘Los pies mal olientes y sucios’ se refieren a ‘los pecados y los problemas de otros que nos molestan y afectan’. En la iglesia de Dios puede haber todo tipo de personas. Algunos son enojones. Hay la gente que no tiene consideración de otros. También algunos no saben agradecer, y siempre se quejan. Otros son flojos e irresponsables. Por otro lado, hay la gente que es legalista y criticona, que sin conocer la gracia de Jesús quiere enseñar y corregir a otros. Hay la gente autoritaria. Y también hay los que compiten, y envidian a otros. Algunos pueden ser débiles ante la tentación de las pasiones juveniles. Otros pueden ser soberbios y desobedientes, etc. Todos estos problemas nos afectan y nos molestan. Y ¿qué dice Jesús que debemos hacer? Dice Jesús: “vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros.” Como Jesús nos ha hecho, debemos humillarnos, y aguantar los pecados y los problemas de otros, y servirles. ¿Cuántas veces debemos lavarnos los pies los unos a los otros? Debemos hacerlo setenta veces siete (Mateo 18:22). Como Jesús nos ha lavado los pies con su sangre, así debemos lavarnos los pies los unos a los otros.

Y ¿por qué es importante esta palabra? Porque la iglesia de Dios no es de ‘los santos’, sino de ‘los pecadores perdonados’. En el momento que creemos en Jesús somos lavados de todo con la sangre de Jesucristo. Pero, esto no significa que ya estamos completamente transformados, y somos santos. Nuestra transformación completa sucederá, cuando venga el Señor Jesús de nuevo, y entremos en el reino de Dios (1 Corintios 15:52). Pero, mientras vivamos en este mundo, tenemos que seguir creciendo espiritualmente conforme a la imagen de nuestro Señor Jesús. Sobre todo, estamos en este mundo lleno de pecados y tentaciones. Por lo tanto, es inevitable que cometamos pecados, errores y faltas, y afectemos a otros.
Y si no nos laváramos los pies los unos a los otros, ¿qué pasaría? Nos quejaríamos unos de otros, nos criticaríamos unos a otros y nos condenaríamos unos a otros. Entonces, nos quedaríamos dispersos, y la iglesia de Dios no podría estar de pie. Y estando separados, seríamos presa fácil para el diablo. Más que nada, no podríamos servir la gran comisión que nos dio el Señor Jesús, que es predicar el evangelio por todo el mundo, y hacer discípulos a todas las naciones.
Por lo tanto, es imperativo lavarnos los pies los unos a los otros. Por eso en la última cena lo primero que les dijo a sus discípulos fue esto, que se lavaran los pies los unos a los otros. Como Jesús nos ha hecho, así debemos humillarnos los unos con los otros, aguantarnos los unos a los otros y servirnos los unos a los otros. Entonces, podemos estar unidos en el amor, y ser guardados en medio de este mundo, y servir la obra de salvación de Dios, como el cuerpo de Cristo.

Y si vemos los versículos 33-35, otra vez dice Jesús. “Hijitos, aún estaré con vosotros un poco. Me buscaréis; pero como dije a los judíos, así os digo ahora a vosotros: A donde yo voy, vosotros no podéis ir.” El día siguiente sería Jesús crucificado. Pero al tercer día resucitaría, y cuarenta días después ascendería a su trono del cielo (Hechos 1:3). Pero los discípulos todavía no podrían ir con él. Entonces ellos se quedarían solos en el mundo. A ellos les dijo Jesús en el versículo 34: “Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros.” ¿Cómo amó Jesús a sus discípulos? Jesús se humilló, y aguantó el mal olor y la suciedad de los pies de sus discípulos, y trabajó y sirvió para lavarles los pies. Así los amó Jesús. Y les ordena a sus discípulos, diciendo: “como yo os he amado, que también os améis unos a otros.” A sus discípulos quienes tendrían que seguir en el mundo les dio este mandamiento nuevo. Porque sólo de esta manera, amándonos unos a otros, como Jesús nos ha amado, podemos estar unidos en amor, guardados en medio de este mundo y servir la obra de salvación. También así podemos glorificar el nombre de Jesucristo. En el versículo 35 dice Jesús: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros.” Si nos humillamos unos con otros, nos aguantamos unos a otros y nos servimos unos a otros, la gente del mundo va a reconocer que somos discípulos de Jesús. Porque en el mundo no hay este amor. En el mundo hay el amor egoísta, y el amor carnal. Pero no hay el salvante amor, con que nos ha amado Jesús. Porque este verdadero amor es de Dios (1 Juan 4:7-11). Así que por la importancia de esta palabra para sus discípulos que tendrían que seguir en el mundo les decía Jesús una y otra vez: “Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros. Como yo os he amado, que también os améis unos a otros.”

Y en los versículos 16-20 Jesús nos enseña cómo podríamos lavarnos los pies los unos a los otros, como Jesús nos ha hecho. Primero, tenemos que ser humildes ante nuestro Señor Jesús. En el versículo 16 dice Jesús: “De cierto, de cierto os digo: El siervo no es mayor que su señor, ni el enviado es mayor que el que le envió.” Si nuestro Señor Jesús nos ha lavado los pies, nosotros que somos sus siervos naturalmente debemos hacerlo. Segundo, sólo los verdaderos discípulos de Jesús que están lavados con su sangre pueden hacer como Jesús. En el versículo 18 dice Jesús: “No hablo de todos vosotros.” El que no cree en Jesús, y nunca ha sido lavado de sus pecados con la sangre de Jesús, ¿cómo podría lavar los pies de otros? Pero, si tenemos el amor de Jesús derramado en nuestro corazón, podemos hacer lo que ha hecho Jesús con nosotros. Tercero, necesitamos saber que, sirviendo a nuestros hermanos, servimos a Jesús y a Dios. En el versículo 20 dice Jesús: “De cierto, de cierto os digo: El que recibe al que yo enviare, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió.” Cuando lavamos los pies de nuestros hermanos, lavamos los pies de Jesús y de Dios. Y cuando aceptamos a nuestros hermanos, les servimos y los amamos, amamos a Jesús y a Dios.

Conclusión: Hoy aprendimos lo primero que dijo Jesús a sus discípulos en la última cena. Jesús derramó su sangre en la cruz para lavarnos de todos nuestros pecados. El que cree en Jesús ya está lavado todo, y limpio. Y espera Jesús que cada momento y cada día le llevemos nuestros pies sucios y mal olientes para ser lavados con su sangre. Oro que con un corazón humilde y sincero le llevemos a Jesús nuestros pecados sucios, y seamos lavados con su sangre, y podamos agradar a Dios con todo lo que hagamos en la obra de Dios y en nuestra vida personal.
Y Jesús nos ordena que, como él nos ha lavado los pies, nosotros también nos lavemos los pies los unos a los otros. Jesús nos dio un mandamiento nuevo que como él nos ha amado, nosotros también nos amemos unos a otros. Oro que obedezcamos este mandamiento de Jesús, y estemos unidos en su amor, y podamos guardar nuestra fe en medio de este mundo, y sirvamos la obra de la Misión Mundial como el cuerpo de Cristo. Amén.