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Juan 2018 (6)
Palabra/ Juan 4:31-54
V.C./ Juan 4:34

Mi comida es

“Jesús les dijo: Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra.”

En la primera parte de esta palabra vamos a aprender tres cosas: 1) ‘qué era la comida de Jesús’, 2) ‘cómo pudo ver Jesús que los samaritanos se encontraban ya listos para creer en Cristo y ser salvos’ y 3) ‘con qué actitud de corazón tenemos que trabajar en la obra de salvación’. Y en la segunda parte podemos aprender ‘qué tipo de fe quiere Jesús que tengamos’. Oro que a través de esta palabra aprendamos el interior y la fe que quiere Jesús de nosotros. Amén.

I. Mi comida es (31-42)

Este capítulo 4 es la famosa historia que Jesús le ayudó a la mujer samaritana a ser salva. Antes de conocer a Jesús ella había buscado satisfacción y felicidad en el amor de los hombres. Pero, cuando Jesús la encontró junto al pozo de Jacob, ella seguía teniendo sed, y estaba cansada y llena de pecados y heridas en su corazón. Jesús le habló, aguantando su ignorancia espiritual. Y le ayudó a entender que ella necesitaba arrepentirse de su pecado de haber buscado felicidad en el amor de los hombres, y adorar a Dios. Entonces ella se acordó del Mesías, y anhelaba que el Cristo viniera a declararle ‘cómo volver a Dios, y adorarle’. Y si vemos el versículo 26, en ese momento Jesús le dijo: “Yo soy el que habla contigo.” Jesús, sabiendo el pasado de la mujer lleno de pecados, no la condenó. Y le enseñó que adorara a Dios en espíritu y en verdad. Él era el Cristo a quien ella esperaba con anhelo. En ese momento el corazón de la mujer se llenó de gozo por el amor y perdón de Cristo Jesús, y la esperanza de adorar a Dios y vivir una nueva vida en Dios. Y dejó su cántaro, y fue a la ciudad a invitar a los hombres a conocer al Cristo.

Y vamos a ver los versículos 31-33. Entre tanto, los discípulos le rogaban, diciendo que comiera lo que habían traído. Pero Jesús les dijo: “Yo tengo una comida que comer, que vosotros no sabéis.” Entonces los discípulos decían unos a otros: “¿Le habrá traído alguien de comer?” Y miren el versículo 34. A ellos les dijo Jesús: “Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra.” ¿Qué es la voluntad de Dios y su obra? Dios desea salvar a los pecadores, para que no se pierdan, sino tengan vida eterna (Juan 3:16,17). Y ¿qué significaría que la comida de Jesús es salvar a los pecadores?
La comida tiene gran importancia para nosotros. Si no comemos comida, sentimos hambre, y nos volvemos irritables o tristes. Sin comida no tenemos fuerza para trabajar. Y si no comemos comida durante un tiempo prolongado, nuestro cuerpo llega a ser desnutrido, y nos mareamos. Si la mala alimentación es de años, el cuerpo no crece, y hasta uno puede morir.
En cambio, si comemos bien, nos sentimos satisfechos, contentos y alegres. Por eso dicen: “Estómago lleno, y corazón contento”. También dice otro dicho: “Come, y las cosas se ven diferentes.” Y, al comer comida, obtenemos energía y fuerza para trabajar. Y con buena alimentación el cuerpo crece, y se hace fuerte. Y podemos mantenernos vivos. Así es comida para nosotros.
Entonces, dice Jesús que su comida es ‘hacer la voluntad de Dios y acabar su obra, es decir, salvar a las almas’. Si vemos el versículo 6 de este mismo capítulo, cuando Jesús y sus discípulos llegaron al pozo de Jacob, Jesús se encontraba cansado de haber caminado desde Judea hasta Samaria, y tenía hambre y sed. Pero, al ver a la mujer samaritana salva y llena de gozo, yendo a la ciudad para invitar a otros a conocer al Mesías, Jesús se sentía tan satisfecho y contento que ya no tenía hambre. Se le quitó todo el cansancio del camino. Y se fortaleció, y se llenó de vitalidad.

Aquí surge una pregunta: “Entonces, ¿qué es nuestra comida?” ¿Qué nos da satisfacción, gozo, energía, fuerza y vitalidad? Si dinero es nuestra comida, cuando se nos va acabando dinero, sentimos angustia, y andamos sin ánimo y fuerza. Pero al ganar dinero, ya nos sentimos tranquilos, y hasta nuestro cuerpo se pone erguido. Y los que se alimentan del amor de su novio o novia se ríen o lloran por lo que dice y hace él o ella. Y para muchos su trabajo es su comida. Un hombre levantó una empresa de seguros grande a nivel nacional. Pero a sus cincuenta y cinco años se jubiló, dejando la empresa a sus hijos. Y dice su esposa que en tan sólo un año él se envejeció. También muchos se deprimen, al jubilarse, porque su trabajo era su comida. Y algunos se alimentan de fama y poder. Por eso muchos artistas no aguantan perder la popularidad de la multitud, y caen en drogas. Y para muchos padres sus hijos son su comida. Aunque tienen que aguantar trabajos pesados y groserías y maltratos de la gente, al regresar a su casa y ver a sus pequeñitos, se les quita todo mal humor y cansancio, y se llenan de ánimo y fuerza para seguir trabajando.
Pero, todas estas cosas del mundo, aunque pudieran parecer ser decentes, no son verdadera comida para nuestra alma. Son ‘comida chatarra’, que nos da satisfacción falsa, y no nutre nuestra alma. Más bien, si el hombre vive, alimentándose de esta comida, por fin su alma se enferma. La verdadera comida para nuestra alma son la palabra de Dios, y el gozo celestial que comparte Jesús con nosotros en su obra de salvación.

Le agradezco a Jesús por llamarnos a ayudar a los universitarios con la palabra de Dios, y a participar en su gozo celestial. La verdad aún no podemos decir que nuestra comida es sólo salvar a las almas. Pero, oro que Jesús siga transformándonos a nosotros conforme a su imagen, y hacer la voluntad de Dios y cumplir su obra sea nuestra comida como Jesús. Amén.

Ahora, vamos a ver el versículo 35. “¿No decís vosotros: Aún faltan cuatro meses para que llegue la siega? He aquí os digo: Alzad vuestros ojos y mirad los campos, porque ya están blancos para la siega.” En esta palabra podemos aprender la importancia de quitarnos ‘prejuicios’ hacia las ovejas. Los discípulos pensaban que aquel entonces no era el tiempo para predicarles el evangelio a los samaritanos. Porque ellos consideraban a los samaritanos como gentiles, y ni siquiera esperaban que tuvieran deseo espiritual. Por eso, cuando habían ido a la ciudad a comprar comida, ni intentarían predicarles la palabra.
Pero nuestro Señor Jesús no tenía esos prejuicios. Él le habló a la mujer samaritana, y, aguantando su ignorancia espiritual y sus palabras cínicas, le ayudó a mirar a Dios. Por fin ella abrió su corazón y creyó en Cristo Jesús. Y él pudo ver que ciertamente el corazón de ella ya estaba blanco para la siega. Y si vemos los versículos 39-42, no sólo ella, sino muchos samaritanos ya estaban listos para arrepentirse de sus pecados y creer en Cristo Jesús.

Como los discípulos nosotros también tenemos prejuicios que nos impiden para predicar la palabra a las ovejas. Cuando voy a pescar a las ovejas, trato de no ir a la facultad de las ciencias humanas y sociales, porque pienso que son ateos y humanistas. También, a los que se ven avanzados de la carrera, o a los que se ven no tan pensadores, o a los vanidosos, o a los fumadores, o a los que tienen tatuajes, la verdad no me dan ganas de predicarles. Porque pienso que, aunque les hablara, de todos modos, no aceptarían la palabra de Dios.
Pero, nosotros no sabemos quién es el que tiene el corazón ya listo para arrepentirse y creer en el evangelio de Jesucristo. Por lo tanto, lo que debemos hacer es quitarnos todo prejuicio, y predicar la palabra de Dios a todos. De esta manera podemos encontrar a aquellos que están blancos para la siega, sin importar su apariencia. Oro que como nuestro Señor Jesús quitemos todo prejuicio, y prediquemos a todo tipo de ovejas, y seamos utilizados para salvar a los que ya están listos para creer en Jesús. Amén.

Y en los versículos 36-38 podemos aprender ‘con qué actitud de corazón debemos trabajar en la obra de salvación de Dios’. Miren los versículos 36 y 37. “Y el que siega recibe salario, y recoge fruto para vida eterna, para que el que siembra goce juntamente con el que siega. Porque en esto es verdadero el dicho: Uno es el que siembra, y otro es el que siega.” Primero, ¿qué será ‘el salario’ que recibe el que siega y recoge fruto que permanece para vida eterna? Es el gozo celestial de Jesús y de Dios, lo cual experimentamos al salvar a las almas. También es el privilegio y honor de trabajar en la obra de Dios el Señor. Pero, en este gozo de segar también participa el que siembra. Porque uno siembra, y otro luego siega.

Aquí podemos aprender que el que siembra no recoge fruto de inmediato. Hay que esperar. Y luego viene otro a segar y recoger fruto. Así fue en Samaria. El profeta Elías sirvió la obra de Dios en el tiempo del rey Acab, quien reinó en Samaria entre 874 a.C. y 853 a.C. Elías luchó contra el pecado y la idolatría de Acab y su mujer Jezabel y el pueblo. Pero en aquel tiempo él no recogía fruto. Lejos de recoger fruto, todo parecía ser en vano. Si vemos 1 Reyes 19:4 y 14, él estaba tan desesperado que deseaba morir, y le pedía a Dios que le quitara la vida. Pero, más de 850 años después, los samaritanos espiritualmente estaban blancos para la siega. Jesús fue a Samaria a recoger fruto, y envió a sus discípulos a segar.

Entonces, ¿con qué actitud de corazón debemos trabajar en la obra de salvación de Dios? Primero, si estamos recogiendo fruto, debemos ser humildes y agradecidos, porque alguien ya ha sembrado. En Puebla estamos recogiendo fruto de salvación. Pero, varios años atrás la familia del misionero Isaías Kang sembró la palabra de Dios en los campos de la BUAP. También en la escuela podemos ver que hay muchos cristianos que han predicado la palabra de Dios. Por eso ahora nosotros podemos segar y recoger fruto. Entonces, debemos ser humildes y agradecidos, reconociendo la labor de los que han sembrado la palabra de Dios, y la gracia de Dios quien nos envió a recoger fruto.

Segundo, debemos sembrar la palabra de Dios con la fe y esperanza que algún día otros recogerán fruto. Cuando predicamos la palabra en los campos de la BUAP, muchos dicen: “No me interesa.” Entonces podemos desanimarnos y desesperarnos. Pero, si les predicamos una palabra, esa palabra crece y da fruto, y algún día otros recogerán fruto de salvación. Por lo tanto, aparte de buscar y encontrar a los que ya están listos para creer en Jesucristo, tenemos que hacer la labor de sembrar la palabra de Dios. Aunque dicen que no les interesa estudiar la Biblia, debemos aguantarlos y predicarles la palabra de Dios con fe y esperanza. Entonces en un futuro vamos a participar en el gozo de aquellos que recogerán fruto de lo que sembramos ahora.

La característica de la obra de Dios es que ‘uno es el que siembra, y otro es el que siega’. Si recogemos fruto, es porque otros ya han sembrado. Y si sembramos ahora, otros recogerán fruto. Necesitamos tener este punto de vista y sentido histórico de la obra de Dios. Oro que trabajemos en la obra de Dios con un corazón humilde y agradecido y lleno de fe y esperanza. Amén.

II. Creyó la palabra de Jesús (43-54)

Miren el versículo 46. Vino Jesús otra vez a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Y había en Capernaum un oficial del rey, cuyo hijo estaba enfermo. Capernaum se encontraba en la ribera del noroeste del mar de Galilea. Y de esa ciudad estaba Caná como a 40 km del suroeste. Y, si vemos el versículo 47, el oficial del rey, cuando oyó que Jesús había llegado de Judea a Galilea, vino a él y le rogó que descendiera y sanara a su hijo, que estaba a punto de morir.
Aquí podemos ver que el hombre tenía fe que Jesús podría sanar a su hijo, aunque estaba gravemente enfermo y a punto de morir. Probablemente él oyó que Jesús había convertido el agua en vino. Él pensaría que, si Jesús tenía tal poder, también podría sanar a su hijo enfermo. Por eso iría apresurado desde Capernaum hasta Caná para regresar con Jesús para que sanara a su hijo.

Pero, miren el versículo 48. “Entonces Jesús le dijo: Si no viereis señales y prodigios, no creeréis.” Jesús entendió que el hombre creía en Jesús por la señal que Jesús había hecho en las bodas de Caná de Galilea. A nosotros nos parece bien la fe del hombre. Pero, Jesús no se levantó de inmediato para acompañarle al hombre, sino le dijo esta palabra que sonaba como reprochar la fe del hombre. ¿En qué estaba mal la fe del hombre? No es que estaba mal la fe del hombre, sino Jesús le quería dar ‘una fe mayor’.
Vamos a ver los versículos 49 y 50. El oficial del rey le volvió a rogar, diciendo: “Señor, desciende antes que mi hijo muera.” Y ¿qué le dijo Jesús? Jesús le dijo: “Ve, tu hijo vive.” Al oír esta palabra de Jesús, el hombre quedaría perplejo. Cuando él vino a Jesús, ¿qué esperaría? Esperaría que Jesús fuera con él hasta Capernaum, y le hiciera algo a su hijo para sanarlo. Pero, Jesús ni siquiera se levantó, sino sólo le dijo: “Ve, tu hijo vive.”
Ahora, ¿qué haría el hombre? Él podía pensar: “Jesús no puede sanar a mi hijo. Por eso no viene conmigo. Entonces, ¿qué es lo que dice la gente que según Jesús convirtió el agua en vino? Pues, un simple rumor.” Y podía regresar decepcionado, enojado, desesperado y triste. Entonces, su hijo habría muerto.
Pero, ¿qué hizo el hombre? Miren el versículo 50b. “Y el hombre creyó la palabra que Jesús le dijo, y se fue.” Aunque él no vio ninguna señal o prodigio para la sanación de su hijo, creyó la palabra de Jesús. Y ¿qué aconteció? Si vemos los versículos 51-53, cuando ya él descendía, sus siervos salieron a recibirle, y le dieron buenas nuevas, diciendo: “Tu hijo vive.” Entonces él les preguntó a qué hora había comenzado a estar mejor. Y entendió que era la hora en que Jesús le había dicho: “Tu hijo vive.” Y creyó él con toda su casa.
A él le importaba la palabra de Jesús más que la vida de su hijo. Por eso, cuando le dijeron que su hijo vivía, no les mandó a sus siervos armar una fiesta. Más que eso, les preguntó la hora de su recuperación, y confirmó que la sanación de su hijo no era de casualidad, ni de medicamentos, sino por la palabra de Jesús. Y creyó él con toda su casa. Antes él creía en Jesús por las señales y los prodigios. Pero ahora él creyó que la palabra de Jesús era verdadera y tenía poder para salvar. Esta es la fe mayor que Jesús le quería enseñar. Y esta es la fe que quiere Jesús de nosotros.

¿Cuál fe tenemos nosotros? La verdad, cuando nos va bien en la escuela, en el trabajo y en la obra de Dios, creemos que Jesús está con nosotros. Pero si sacamos malas calificaciones, o reprobamos alguna materia, o tenemos dificultad en el trabajo y en la cuestión material, o no vemos fruto inmediato en la obra de Dios, dudamos, pensando: “¿Me habrá llamado Jesús? ¿Estará Dios conmigo?”
Pero, ¿qué es lo que dice la palabra de Dios? La semana pasada en Juan 3:16 estudiamos que de tal manera amó Dios a nosotros, que ha dado a su Hijo unigénito. Y en Romanos 8:32 dice: “El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?” Y en Mateo 28:20 Jesús nos prometió, diciendo: “He aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.” La palabra de Dios no dice que Jesús está con nosotros algunos días sí y otros días no. Tampoco dice que Jesús está con nosotros hasta cierto momento. Dice la palabra de Dios que Jesús está con nosotros ‘todos los días, y hasta el fin del mundo’. También en Romanos 8:28 y 29 dice: “Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados…para que fuesen hechos conforme a la imagen de su Hijo.” La palabra de Dios dice que no sólo las cosas buenas nos ayudan a bien, sino ‘todas las cosas’, aun las cosas malas. Y el propósito de Dios es transformarnos conforme a la imagen de su Hijo por medio de todas las cosas.
Entonces, debemos creer la palabra de Dios. Aunque no viéramos señales y prodigios, debemos creer la palabra de Dios. Más bien, aunque las cosas y situaciones fueran contra la palabra de Dios, no debemos creer esas cosas que se ven, sino creer la palabra de Dios. Esta es la fe que quiere Jesús de nosotros. Por eso en Juan 20:29 dijo Jesús: “Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron.”
Y ¿por qué debe de estar nuestra fe fundada no en las cosas que se ven, sino en la palabra de Dios? En 1 Pedro 1:23 dice: “siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre.” Todas las cosas que se ven cambian. Algunos quieren ver el milagro de sanación, o hablar lenguas espirituales, o ver la imagen de Jesús, u oír su voz para creer. Pero el corazón del ser humano es engañoso y cambiante (Jeremías 17:9). Cuando el hombre tiene alguna necesidad y experimenta señales, dice que cree en Jesús. Pero después puede decir: “Quizá no fue Jesús, sino buena suerte.” Así es el corazón del ser humano. Pero, la palabra de Dios vive y permanece para siempre. Y la fe fundada en la palabra de Dios no cambia. Por eso quiere Jesús que tengamos la fe de creer la palabra de Dios. Oro que Jesús nos haga crecer en la fe hasta que creamos la palabra de Dios, aunque no viéramos ninguna señal o prodigio, y aunque las cosas fueran contra la palabra de Dios. Amén.

Conclusión: La comida de Jesús era hacer la voluntad de Dios, es decir, salvar a las almas. Jesús no tenía prejuicios hacia la gente, y pudo recoger fruto en Samaria. Jesús tenía el sentido histórico en la obra de salvación de Dios. Y Jesús le enseñó al oficial del rey la fe de creer la palabra de Dios, aunque no viera señales y prodigios. Oro para que Jesús nos transforme y nos haga crecer hasta que tengamos el interior y la fe que él quiere de nosotros. Amén.