Juan 2018 (7)
Palabra/ Juan 5:1-18
V.C./ Juan 5:8,9a
Levántate, y anda
“Jesús le dijo: Levántate, toma tu lecho, y anda. Y al instante aquel hombre fue sanado, y tomó su lecho, y anduvo.”
Una empresa de electrodomésticos dice en sus anuncios comerciales: “Life is good. La vida es buena.” Pero, la palabra que vamos a escuchar hoy nos hace pensar: ‘¿Qué tal es el mundo para vivir? Y ¿cómo es la gente que vive en este mundo? Más bien, ¿cómo éramos, viviendo en medio de este mundo?’
Pero, hoy vamos a aprender que Jesús vino al estanque Betesda, y salvó a un hombre que había estado enfermo durante treinta y ocho años. Jesús lo sanó, e hizo que él se levantara, y anduviera. ¿Quién es este Jesús? Y ¿qué necesitamos tener para que Jesús nos sane, y nos haga vivir una vida nueva llena de libertad, poder y triunfo para la gloria de Dios? Oro que el Señor nos ayude a tener el deseo espiritual y la fe en Jesús, y nos haga vivir una vida nueva para su gloria. Amén.
I. ¿Quieres ser sano? (1-7)
Vamos a ver el versículo 1. Después de haber sanado al hijo de un oficial del rey, había una fiesta de los judíos, y subió Jesús a Jerusalén. ¿Cómo se encontraría la ciudad? El ambiente sería alegre por la gente que trataba de disfrutar la fiesta.
Pero, si vemos el versículo 2, en medio de ese ambiente alegre había un lugar totalmente diferente, como si fuera de otro mundo. En la muralla norte de la ciudad había una puerta que se llamaba ‘la puerta de las ovejas’, porque introducían a las ovejas para sacrificios por ella. Y cerca de esa puerta había un estanque, llamado Betesda, que significa ‘Casa de misericordia’, el cual tenía cinco pórticos. Y en el versículo 3a dice que en esos pórticos yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos.
¿Por qué estaban allí ellos? Vamos a ver los versículos 3b y 4. “que esperaban el movimiento del agua. Porque un ángel descendía de tiempo en tiempo al estanque, y agitaba el agua; y el que primero descendía al estanque después del movimiento del agua, quedaba sano de cualquier enfermedad que tuviese.” ¿Realmente habría descendido un ángel para hacer eso? Esto era lo que creía la gente. Si de verdad hubiera sido por un ángel, sería que Dios estuviera jugando con los enfermos. Pero, dicen que en realidad el estanque Betesda era un ojo de agua donde saltaba agua cargada de minerales, que tenía cierto efecto curativo. Quizá un hombre que padecía de dermatitis se cayó en el estanque, y fue sanado. Entonces divulgaría el poder sanador del agua del estanque de manera exagerada. Y ciegos, cojos y paralíticos, quienes ya no tenían ninguna esperanza de ser sanados de manera humana estaban allí, esperando el milagro.
Pero, si vemos el versículo 4 de nuevo, en esa esperanza había graves problemas. Para empezar el movimiento del agua era ‘de tiempo en tiempo’. El agua del estanque no se movía diariamente, ni cada semana, ni cada mes. La gente no se acordaba de cuándo se había movido el agua, ni sabía cuándo volvería a agitarse. La oportunidad era incierta. Además, después del movimiento del agua una sola persona, el que primero descendía al estanque quedaba sano. Aunque otro se metiera en el agua un paso después del primero, ya no podía ser sano. La oportunidad era muy limitada.
Entonces, esperando esa oportunidad tan incierta y limitada, ¿cómo sería el ambiente de ese lugar? En pocas palabras, era ‘de competencia’. En esa sociedad de los enfermos también se haría una organización, hablando de paz, orden, justicia y compañerismo entre los integrantes de Betesda. Pero en discreción lucharían por ocupar el mejor lugar para echarse un clavado en el agua antes que nadie, cuando se agitara. Y, esperando el movimiento del agua sin saber cuándo, no podían descansar relajados. Tenían que estar a las vivas, y todo el tiempo se encontrarían tensos y nerviosos. Hasta aguantarían las ganas de ir al baño por si las dudas. Tampoco tendrían sueño reparador, sino pesadillas. Y se despertarían por cualquier ruido. Sobre todo, cuando se movía el agua no por un ángel, sino por una piedrita u otra cosa, todos los valores que hablaban con la boca eran echados en el bote de basura. Los paralíticos empezarían a gritar: “¡Ayuda, échenme en el agua!”. Los cojos que no podían correr harían rodar su cuerpo para llegar al agua. Y los ciegos correrían sin saber a dónde. Y tratando de llegar al agua primero, se empujarían unos a otros, y se jalarían unos a otros. Cada quien buscaba lo suyo. El egoísmo era lo que había en el corazón de la gente en realidad.
Y este mundo donde vivimos es como el estanque Betesda. Las oportunidades de este mundo son inciertas y limitadas. Dicen que en este año serán aceptados como veintinueve mil alumnos en la BUAP. Pero mucho más aspirantes quedan fuera. Además, para las cinco carreras preferidas el cupo es más limitado. Y después de terminar el estudio para conseguir trabajo las oportunidades son aún más inciertas y limitadas. Por eso los gobiernos luchan por generar empleos, pero sin alcanzar la demanda. La lotería es la figura representativa de este mundo. Entre millones el primero se lleva el premio gordo, y la mayoría queda sin nada.
Y ¿cómo vive la gente en este mundo con esas oportunidades inciertas y limitadas? La gente vive compitiendo. En algunos países incluso para entrar en kínder los pequeñitos tienen que hacer el examen de admisión. Hasta en Wal-Mart la gente compite para ganar mejores productos. La venta de Black Friday de E.U. es famosa. Luchando por tomar mercancías a buen precio incluso matan a otros. Por eso la gente vive tensa y nerviosa, sin encontrar descanso. Y, buscando su propia conveniencia, el ser humano se vuelve egoísta. Los padres enseñan a sus hijos, diciendo: “Pisotea a cualquiera que se ponga en tu camino.” Los países poderosos hablan de la paz mundial con su boca. Pero ganan dinero, vendiendo armas. Rusia se presume de haber probado más de 200 nuevas armas en Siria, donde se ha hecho masacre de los civiles. Y el slogan del presidente norteamericano es ‘America first’. Es la cara verdadera de la gente que vive en este mundo donde hay oportunidades inciertas y limitadas.
Y vamos a ver los versículos 5 y 6. Había entre los enfermos del estanque Betesda un hombre que hacía treinta y ocho años que estaba enfermo. Cuando Jesús lo vio acostado, y supo que llevaba ya mucho tiempo así, le dijo: “¿Quieres ser sano?” Esta palabra significaba que, si él quería ser sano, Jesús lo sanaría. Jesús esperaba que él tuviera el deseo de ser sano y la fe en Jesús.
Pero, miren el versículo 7. “Señor, le respondió el enfermo, no tengo quien me meta en el estanque cuando se agita el agua; y entre tanto que yo voy, otro desciende antes que yo.” ¿Qué había en el interior del hombre? Dice él: “no tengo quien me meta en el estanque cuando se agita el agua.” Él dependía de los hombres. Pero no tenía nadie que le ayudara. Por eso pensaba que él no podría ser sano. En su corazón había ‘dependencia humana’ y ‘fatalismo’. También dice: “entre tanto que yo voy, otro desciende antes que yo.” A pesar de su discapacidad él competía con otros. Pero siempre le ganaban. Así había pasado treinta y ocho años junto al estanque Betesda. Su corazón estaba hundido en el sentimiento de perdedor y el sentimiento de fracaso.
Y en este mundo muchos son como este enfermo. Los hombres que viven sin Dios llegan a depender de otros o de sí mismos, y por fin caen en fatalismo. Ellos piensan: “Si tuviera padres respetuosos y amorosos… Si mis padres fueran millonarios… Si tuviera parientes o amigos influyentes… Si yo fuera más inteligente como aquellos que leen una vez y aprenden todo… Si yo tuviera más capacidad y talento como otros… Pero no los tengo, y no puedo hacer nada.” Cuando empecé a estudiar la Biblia, el pastor Daniel Rhee me dijo que aprendiera flauta transversal. Averigüé el costo, y pedí dinero a mi madre y a mi tía. Pero ellas no me lo dieron. Y no pude aprenderla. Así era yo dependiente de la gente y fatalista. También dice la gente: “He intentado. Pero otros me ganan.” Y en su interior viven acostados en el lecho de dependencia humana, fatalismo, sentimiento de perdedor y sentimiento de fracaso. También se llenan de resentimiento, coraje y odio de la gente que no les ayudó. Y envidian a aquellos que tienen las cosas que ellos desean tener y no pueden. Realmente es miserable la vida del hombre en este mundo donde hay oportunidades inciertas y limitadas.
Pero, en el principio, cuando creó Dios los cielos y la tierra, el mundo no era así. En Génesis 2:9 dice: “Y Jehová Dios hizo nacer de la tierra todo árbol delicioso a la vista, y bueno para comer; también el árbol de vida en medio del huerto, y el árbol de la ciencia del bien y del mal.” Y dice en los versículos 16 y 17 del mismo capítulo: “Y mandó Jehová Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás.” Dios le dio al hombre libertad sin límite, diciéndole: “De todo árbol del huerto podrás comer.” Y Dios quería solamente que el hombre respetara a Dios y le obedeciera. En el principio en el mundo había tal abundancia y libertad. Y el hombre no tenía necesidad de competir. El ser humano no conocía conflictos, riñas, tensión y nerviosismo. Tampoco tenía que ser egoísta, convenenciero e hipócrita.
Pero, el hombre desobedeció la palabra de Dios. Y por su pecado del hombre la tierra fue maldita, y el hombre cayó bajo la maldición. En Génesis 3:17 dice: “Y al hombre dijo: Por cuanto obedeciste a la voz de tu mujer, y comiste del árbol de que te mandé diciendo: No comerás de él; maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida.” Esta tierra en que vivimos fue maldita por el pecado del hombre. Por eso la tierra no produce las cosas buenas y abundantes como en el principio. Así desaparecieron abundancia y libertad de este mundo. Y el hombre tiene que vivir, compitiendo por las oportunidades inciertas y limitadas. Por eso se vuelve competitivo, egoísta, hipócrita y despiadado. Y sufre, viviendo en dependencia humana, fatalismo, sentimiento de perdedor y sentimiento de fracaso.
Pero, Dios por su misericordia envió a su Hijo Jesucristo a este mundo para salvarnos a nosotros de esta maldición, de esta manera de vivir miserable. ¿Cómo salvó Jesús al hombre enfermo?
II. Levántate, y anda (8-18)
Miren los versículos 8 y 9. Jesús le dijo al enfermo: “Levántate, toma tu lecho, y anda.” Y ¿qué aconteció? Al instante aquel hombre fue sanado, y tomó su lecho, y anduvo.
¿Qué le diría la gente al enfermo? Le diría: “Pobrecito. ¿Quieres que te traiga una torta y una cobija?” Pero, ¿quién se atrevería a decirle al hombre que había estado enfermo durante treinta y ocho años: “Levántate, y anda”? Sólo Dios todopoderoso lo haría. Y ¿quién podría sanarlo y levantarlo? Sólo nuestro Dios Creador todopoderoso lo puede hacer. Entonces, ¿quién es Jesús? Jesús es Dios Creador todopoderoso. Si vemos Juan 11:39-44, Lázaro había muerto, y llevaba ya cuatro días en el sepulcro, hediendo, porque su cuerpo se encontraba en descomposición. Pero Jesús clamó a gran voz: “¡Lázaro, ven fuera!” Y salió el que había muerto. ¿Quién puede decir esta palabra a un cadáver en putrefacción, y resucitarlo? Sólo Dios todopoderoso lo puede hacer. Y en Marcos 4:37-39 podemos ver que mientras Jesús y sus discípulos navegaban en el Mar de Galilea, se levantó una gran tempestad de viento, y echaba las olas en la barca, de tal manera que ya se anegaba. Pero Jesús reprendió al viento, y dijo al mar: “Calla, enmudece.” Y cesó el viento, y se hizo grande bonanza. ¿Quién podría reprender al viento y al mar de esta manera, y a quién le obedecerían ellos? Sólo Dios Creador todopoderoso lo puede hacer. También, si vemos Marcos 5:8-13, Jesús mandó a los espíritus inmundos que tenían poseído al hombre gadareno, y ellos salieron del hombre. ¿Quién puede ordenarles a los demonios, y le obedecen estos? Sólo Dios todopoderoso lo puede hacer. Nuestro Señor Jesucristo vino al mundo en forma de hombre para ser sacrificado por nuestros pecados. Pero, él es Dios Creador todopoderoso. Por eso Jesús le pudo ordenar al enfermo de Betesda, diciendo: “Levántate, toma tu lecho, y anda”, y sanarlo.
Y en esta misma palabra que estudiamos ahora Jesús testifica que él es igual a Dios. Si vemos los versículos 17 y 18, cuando los judíos perseguían a Jesús por quebrantar el día de reposo, dijo Jesús: “Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo.” Jesús dijo que Dios era su propio Padre, haciéndose ‘igual a Dios’.
Si un loco dijera que él es Dios, merece la condenación. Pero Jesús había hecho señales que mostraban que él era Dios Creador todopoderoso. Jesús acababa de sanar al hombre enfermo durante treinta y ocho años, y lo hizo levantarse y andar. Jesús es el Hijo de Dios, Dios todopoderoso mismo. Dios tuvo misericordia de nosotros que vivíamos en este mundo, compitiendo por las oportunidades inciertas y limitadas, y enfermos espiritualmente de dependencia humana, fatalismo, sentimiento de perdedor y sentimiento de fracaso. Y envió a su Hijo Jesucristo para salvarnos a nosotros.
Y ¿qué es la salvación que nos da Jesucristo? La salvación de Jesús no es que él nos saque de este mundo, sino que ya no vivamos compitiendo como otros, sino ‘de una nueva manera de vivir, que es por la fe’. Si vivimos por la fe en Jesús el Hijo de Dios, podemos ser libres de competencia, estrés, tensión y nerviosismo. Si vivimos por la fe en Jesús, no necesitamos ser egoístas, hipócritas e inhumanos. Si tenemos fe en Jesús, estamos salvos de toda enfermedad espiritual.
Antes de conocer a Jesús, yo era dependiente de mis padres. Si ellos no me daban dinero, ni siquiera se me ocurría la idea de trabajar. Pero, viviendo como misionero, a través de la cuestión material Jesús me enseñó la fe en él. Y Jesús me sanó de dependencia humana y fatalismo, e hizo que me levantara y anduviera, glorificando a Dios. El año 2008, cuando fuimos a predicar la palabra en la Universidad Autónoma de Nayarit, conforme a la dirección de mi pastor, quería entrar en la medicina. Y en Tepic yo tenía varios alumnos médicos del diplomado de acupuntura, que había dado en el año 2006. Ellos me dijeron: “Maestro. Usted haga el examen, y nosotros lo colocamos por dentro.” Pero la pastora Ester y yo no dependíamos de ellos, sino sólo de Dios. Y, aunque el puntaje aprobatorio era como 650, oramos que el Señor me diera más de 700 puntos, para que nadie pudiera decir que me ayudó, y sólo Dios fuera glorificado. Y mi puntaje final fueron 702. También durante la carrera yo no competía contra otros estudiantes. Ellos sólo estudiaban. Y en la tarde de viernes iban a la playa para relajarse, y seguían estudiando durante fines de semana. Pero yo tenía que estudiar, trabajar, servir la obra de Dios y cuidar mi familia. Por eso no tenía tiempo para descansar, y no podía estudiar en fines de semana. Pero desde el principio de la carrera Jesús me ayudó a tener la fe de los cinco panes y los dos peces. Por eso no miraba lo que hacían otros compañeros, sino por fe en Jesús hacía lo que podía hacer con toda mi fuerza. Y terminé la carrera en el octavo lugar de toda mi generación, y me titulé por aprobación del examen CENEVAL, y pude conseguir la plaza de servicio social que estaba a diez minutos a pie de donde vivíamos. Le agradezco y alabo a Jesús quien me sanó, e hizo que me levantara y anduviera por fe para la gloria de Dios. Amén.
Conclusión: En el principio Dios le había dado al hombre abundancia y libertad sin límite. Cuando regrese nuestro Señor Jesucristo, él nos llevará al reino de Dios donde tendremos esa abundancia y libertad. Pero, mientras tenemos que vivir en este mundo donde hay oportunidades inciertas y limitadas, y la gente es competitiva, y vive estresada, y se vuelve egoísta, hipócrita e inhumana. Y muchos se enferman de dependencia humana, fatalismo, sentimiento de perdedor y sentimiento de fracaso.
Pero nuestro Señor Jesús Dios todopoderoso vino al mundo a salvarnos a nosotros. En Jesús nosotros tenemos ‘diferente manera de vivir en este mundo, que es por la fe’. Si vivimos por la fe en Jesús, no necesitamos sufrir, compitiendo con otros y viviendo estresados. Tampoco vamos a ser inhumanos como la gente del mundo. Tampoco vamos a enfermarnos espiritualmente. Por la fe en Jesús podemos vivir una vida libre, ligera, santa, sana y victoriosa. Oro que mientras vivamos en este mundo cada momento Jesús nos ayude a vivir por fe en él. Oro que a través de nuestra conferencia de semana santa aprendamos fe en Jesús, y tengamos la esperanza, visión y dirección de vida nueva en Jesús. Amén.