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Juan 2018 (11)
Palabra/ Juan 7:1-52
V.C./ Juan 7:37,38

Ríos de agua viva

“En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva.”

En esta palabra salen tres tipos de gentes que no conocen la doctrina de Dios, y no creen en Jesús. A ellos les dice Jesús que no podrán entrar en el reino de Dios. Esto quiere decir que serán condenados y castigados en el infierno. Entonces, ¿por qué no conocían ellos la doctrina de Dios? Y ¿quién puede conocer la doctrina de Dios, creer en Jesús y ser salvo?
Pero, a pesar de los pecados de los hombres, los invita Jesús a beber el agua viva que él les da. En esta palabra podemos aprender cómo podemos beber del agua que Jesús nos él, que es el Espíritu Santo. Y vamos a reflexionar en qué sentido es el Espíritu Santo ríos de agua viva que corren en nuestro interior. Oro que tengamos el corazón que pueda conocer la doctrina de Dios y creer en Jesús, para que corran ríos de agua viva del Espíritu Santo en nuestro interior. Amén.

I. El que quiera hacer la voluntad de Dios (1-31)

Vamos a ver el versículo 1. Andaba Jesús en Galilea, y no quería andar en Judea, porque los judíos procuraban matarle. ¿Por qué querían matarle a Jesús ellos? Si vemos los versículos 19-24, podemos entender la razón. En el versículo 21 dijo Jesús que por una obra que había hecho él, le querían matar los líderes religiosos. Esa obra se refiere a que Jesús había sanado al paralítico del estanque de Betesda. La cuestión es que Jesús lo había sanado en el día de reposo. Y por quebrantar el día de reposo le querían matar (Juan 5:16). Entonces en los versículos 22-24 Jesús les reprende a los judíos. Ellos aun en el día de reposo recibía circuncisión para que la ley de Moisés no fuera quebrantada. Pero, sanar completamente a un hombre era mucho más valioso e importante que recibir circuncisión. Entonces, era irrazonable enojarse con Jesús y procurar matarle por hacer esa obra valiosa e importante en el día de reposo. Y en el versículo 24 les dice Jesús: “No juzguéis según las apariencias, sino juzgad con justo juicio.” Esta palabra nos hace recordar lo que dijo Jesús a los fariseos, cuando sanó a un hombre que tenía seca una mano. En Marcos 3:4 les dijo Jesús: “¿Es lícito en los días de reposo hacer bien, o hacer mal; salvar la vida, o quitarla?” En aquel momento también Jesús les estaba diciendo: “Juzgad con justo juicio.”
Pero, los líderes religiosos estaban aferrados a su idea legalista, y juzgaban según las apariencias. Por no hacer nada en el día de reposo ellos se creían justos, y condenaba a Jesús por sanar en el día de reposo, aunque él salvó la vida de un hombre. Ellos no podían entender la voluntad de Dios, y lejos de creer en Jesucristo, le querían matar.
Es increíble, pero verdad que aun hoy en día hay muchos que están aferrados a su idea legalista. Ellos creen que por hacer algunas buenas obras pueden ser justos delante de Dios. Por eso se hacen orgullosos y soberbios, y juzgan y condenan a otros que no las hacen. Este tipo de gente no puede entender la doctrina de Dios, ni creer en el evangelio de Jesucristo. Y serán condenados.

Ahora, vamos a ver los versículos 2-4. Estaba cerca la fiesta de los tabernáculos. Y le dijeron sus hermanos a Jesús: “Sal de aquí, y vete a Judea, para que también tus discípulos vean las obras que haces. Porque ninguno que procura darse a conocer hace algo en secreto. Si estas cosas haces, manifiéstate al mundo.” Si vemos hasta aquí, parece ser que ellos le decían esto por él. Pero en el versículo 5 dice que ni aun sus hermanos creían en él. Ellos habían visto las señales de Jesús y su gran poder. Pero, no creían que Jesús era el Hijo de Dios y el Cristo. Quizá porque desde pequeño lo habían visto crecer junto a ellos. Entonces, si no creían que Jesús era el Hijo de Dios, ¿por qué le dirían que se manifestara al mundo? Muy probablemente ellos también tenían la misma ambición mundanal que tenían los discípulos. Si Jesús se manifestara con su gran poder y gloria, y se hiciera el rey, ellos que eran sus hermanos obtendrían grandes privilegios en su reino.
Entonces en los versículos 6-9 les dice Jesús dos cosas. Primero, él trabajaba no conforme a la petición de los hombres, sino conforme a la voluntad de Dios y a su tiempo. Segundo, Jesús les dijo que su obra no era exhibir su poder al mundo para ganar gloria terrenal, sino ayudarles a los hombres a ver sus pecados y a arrepentirse para que fueran salvos. Pero, sus hermanos tenían ambición mundanal, y no podían conocer la voluntad de Dios, ni creer en Jesús.
En el mundo tener ambición es muy natural. Más bien, si los jóvenes no tienen la ambición de ser millonarios, o de conquistar a una chica o a un hombre, o de ganar poder o fama, los miran como bicho raro. Pero en esta palabra podemos ver que tener ambición mundanal y amar las cosas del mundo nos estorba para conocer la palabra de Dios y creer en Jesús. Un joven parecía amar la palabra de Dios. Pero cuando empezó a ganar dinero, unos miles de pesos, se volvió altanero, y dejó la palabra de Dios. Y las muchachas que andan enamoradas de su novio no pueden conocer la palabra de Dios, ni creer en Jesús. Tener ambición y amar las cosas del mundo es pecado del cual debemos arrepentirnos.

Y en los versículos 25-30 sale otro tipo de gente. Si vemos los versículos 25 y 26, cuando Jesús reprendió a los líderes religiosos, decían unos de Jerusalén: “¿No es éste a quien buscan para matarle? Pues mirad, habla públicamente, y no le dicen nada. ¿Habrá reconocido en verdad los gobernantes que éste es el Cristo?” Y ¿creyeron ellos en Jesús? No. ¿Por qué no creyeron en Jesús? Miren el versículo 27. “Pero éste, sabemos de dónde es; mas cuando venga el Cristo, nadie sabrá de dónde sea.” Lo que dijeron acerca del Cristo no era verdad. Porque en 2 Samuel 7:12 y 13 dijo Dios que del linaje de David levantaría al Cristo. Y en Isaías 7:14 dijo el profeta que de una virgen nacería el Cristo. También en Miqueas 5:2 dice que el Señor saldría de Belén. Y precisamente Jesús nació en la familia de José, quien era descendiente del rey David, y fue concebido por el Espíritu Santo en una virgen, y por la soberanía de Dios nació en Belén. Y, si vemos los versículos 28 y 29, Jesús les declaró, diciendo que él no había venido de sí mismo, sino el único Dios verdadero le había enviado, y de él había procedido. Pero ellos tenían su idea humanista acerca de Jesús. Por eso no conocieron la doctrina de Dios, ni creyeron en Jesús.
Hoy en día también muchos tienen sus ideas humanistas acerca de Jesús. Y dan más crédito a sus ideas que a la palabra de Dios, y no creen en Jesús. Algunos dicen que Jesús nació de un padre judío, y fundó el cristianismo. También dicen que Jesús se casó con María magdalena, y sus descendientes viven en Francia. Otros dicen que la vida de Jesús se acabó con la muerte en la cruz. Por esas ideas ellos están cegados, y no conocen la palabra de Dios, y no pueden creer que Jesús es el Hijo de Dios y Salvador.

Entonces, ¿quién puede conocer la doctrina de Dios y creer en Jesús para ser salvo? Vamos a ver los versículos 10-18. Después que sus hermanos habían subido a la fiesta, Jesús también subió en secreto. Pero a la mitad de la fiesta fue Jesús al templo, y enseñaba. Y se maravillaban los judíos, diciendo: “¿Cómo sabe éste letras, sin haber estudiado?” Ellos pensaban que Jesús era un simple carpintero (Mateo 13:55,56). Pero al ver que él tenía tantos conocimientos y tanta sabiduría, se asombraron.
Entonces, en el versículo 16 les dijo Jesús: “Mi doctrina no es mía, sino de aquel que me envió.” Y miren los versículos 17 y 18. Jesús dice ‘quién puede conocer la doctrina de Dios, y creer en él’. “El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios, o si yo hablo por mi propia cuenta. El que habla por su propia cuenta, su propia gloria busca; pero el que busca la gloria del que le envió, éste es verdadero, y no hay en él injusticia.” ‘El que quiera hacer la voluntad de Dios’, esa persona puede conocer que la doctrina de Jesús es de Dios, y creer que Jesús es el Hijo de Dios, el Cristo, y ser salvo. Y el que quiera hacer la voluntad de Dios es aquel que ama a Dios más que cualquier otra cosa del mundo, busca la gloria de Dios y es humilde y está dispuesto para obedecerle a Dios. El que tiene este corazón puede conocer que la doctrina de Jesús viene de Dios, porque Jesús vino a dar a conocer a Dios, y a manifestar la gloria de Dios (Juan 1:18). Y puede creer en Jesús, que él es el Hijo de Dios, el Cristo enviado de Dios. Y por su fe es salvo. Pero, los que no aman a Dios, ni buscan la voluntad de Dios, ni son humildes y sinceros ante Dios no pueden entender que la doctrina de Jesús es de Dios. Ellos están ciegos espiritualmente por su idea legalista, por su ambición mundanal y amor de las cosas del mundo y por su propia idea humanista. Por eso no pueden conocer la palabra de Dios, ni creer en Jesús. Y no pueden ser salvos. Ciertamente conocer la palabra de Dios y creer en Jesús depende de la actitud de corazón de cada uno. Por eso los que no creen en Jesús no podrán justificarse, cuando venga Jesús a juzgar a todos los hombres.

Le agradezco a Dios y le alabo, porque en la conferencia de semana santa varios de nosotros conocieron la palabra de Jesús, y creyeron en él. Es porque ellos aman a Dios, son humildes y sinceros ante Dios y quieren hacer la voluntad de Dios. Oro que todos ellos conserven ese corazón, y sigan creciendo en los conocimientos de la palabra de Dios y en la fe en Jesucristo. Oro que en este año nos envíe Dios a muchas ovejas que tengan este corazón para conocer la palabra de Dios, creer en Jesús y ser salvas. Oro que también vamos a ayudar a nuestras ovejas hasta que se arrepientan y tengan este corazón que ame a Dios y busque la voluntad de Dios. Amén.

II. Ríos de agua viva (32-52)

Si vemos el versículo 31, al oír las palabras de Jesús, muchos de la multitud creyeron en él, y decían: “El Cristo, cuando venga, ¿hará más señales que las que éste hace?” Y miren el versículo 32. Los fariseos oyeron a la gente que hablaba de Jesús estas cosas. Y alarmados enviaron alguaciles para que le prendieran.
Entonces, vamos a ver el versículo 33. Jesús les dijo: “Todavía un poco de tiempo estaré con vosotros, e iré al que me envió.” Esta palabra significa que dentro de un poco de tiempo Jesús moriría en la cruz por los pecados de los hombres. Pero resucitaría al tercer día, y ascendería al cielo para sentarse a la diestra del trono de Dios. Y miren el versículo 34. Jesús dijo algo terrible para los judíos. “Me buscaréis, y no me hallaréis; y a donde yo estaré, vosotros no podréis venir.” En el día postrero ellos van a buscar a Jesús para recibir la salvación. Pero ellos no lo van a hallar. Será ya tarde, y no tendrán más oportunidad para ser salvos para siempre. Y a donde estará Jesús, el reino de Dios, ellos no podrán entrar, sino serán condenados y echados en el infierno para sufrir eternamente.
Pero, si vemos los versículos 35 y 36, los judíos no entendieron su palabra. Jesús estaba rodeado por los hombres que no entendían la palabra de Dios, ni creían en él. Por eso en Hebreos 12:3 dice que Jesús sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo.

Pero, a pesar de los pecados de los hombres y dureza de su corazón, Jesús los invita a beber el agua que él les da. Vamos a ver el versículo 37. “En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba.” La fiesta era de los tabernáculos. Dicen que en esa fiesta durante los siete días cada día unos sacerdotes iban al estanque de Siloé, y traían agua al altar del templo. Y teniendo una piedra quitada del suelo, echaban el agua en la tierra seca, y oraban a Dios, pidiéndole la lluvia. Y en el octavo último y gran día de la fiesta el sumo sacerdote mismo realizaba esa ceremonia junto con todos los sacerdotes. Ese día Jesús alzó la voz, diciendo: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba.”
Por supuesto aquí Jesús no se refiere a la sed física, sino a la espiritual de nuestro interior. Todos los hombres nacen sin conocer a Dios, con esa sed interior. Y ¿cómo nos sentimos, cuando tenemos sed? Nos sentimos con angustia, necesidad y urgencia de beber, sea lo que sea. Así se siente el ser humano que tiene esa sed interior. Por eso trata de saciar la sed, bebiendo el agua del mundo: de dinero, de amor de novio o novia, de conocimientos, de fama, de poder, etc. Y, cuando consiguen estas cosas, ¿ya quedan tranquilos, libres de esa sed y angustia? No. Siguen con la sed interior, sufriendo angustia, necesidad y urgencia de beber. Porque el agua de estas cosas no puede apagar la sed interior. Las cosas carnales no pueden saciar la sed espiritual. Por eso los que tienen dinero quieren ganar más dinero, los que beben el agua del amor humano siguen buscando esa agua, cambiándose de pareja, y los que tienen poder político desean gobernar de por vida. Y de esta manera, tratando de saciar la sed interior con el agua del mundo, la gente comete pecados y tonterías, y va cayendo más y más en el hoyo de sufrimiento.
También, ¿cómo es la tierra seca? En el desierto donde no hay agua no se produce ningún fruto. En la tierra seca no hay cosecha, ni alegría. Así es el hombre que tiene la sed interior. En el mundo la gente hace diversas actividades: estudia, trabaja, levanta empresas, se divierte, se casa, etc. Pero con el interior sediento como la tierra seca no pueden producir los frutos que le agradan a Dios, ni a otros, ni a sí mismos. Realmente es miserable el hombre que tiene sed interior. Y Jesús lo invita, diciendo: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba.”

Entonces, ¿cómo podemos beber el agua que nos da Jesús? Miren el versículo 38. “El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva.” Para beber el agua viva de Jesús no tenemos que pagarle, ni hacer nada, sino sólo creer en él. Pero ‘creer en Jesús’ implica reconocer nuestros pecados delante de Dios con un corazón sincero y humilde, y arrepentirnos de ellos, y creer que Jesús murió en la cruz por esos pecados. Entonces de nuestro interior corren ríos de agua viva.
Y ¿qué son esos ríos de agua viva? Vamos a ver el versículo 39. “Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él.” Cuando creemos en Jesús, Dios nos da su Espíritu Santo, el cual es ríos de agua viva que corren en nuestro interior. Acerca de esto en Hechos 2:38 dijo el apóstol Pedro: “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo.”
Entonces, ¿qué obra hace el Espíritu Santo en nuestro interior? El Espíritu Santo puede saciar la sed interior, y darnos verdadera satisfacción y felicidad. Si vemos Juan 4:13 y 14, dijo Jesús a la mujer samaritana: “Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna.” El agua de las cosas del mundo, al beberla, parece calmar la sed. Pero el hombre vuelve a sentir esa angustia y necesidad de beber. Pero el Espíritu Santo nos alivia de la sed interior para siempre, y nos libra de esa angustia y necesidad. Por eso el que tiene el Espíritu Santo, ríos de agua viva en su interior, tiene paz y tranquilidad en su corazón. Ya no más anda vagando en el mundo en busca de algo de beber, cometiendo pecados y tonterías.
También el Espíritu Santo convierte nuestro interior de la tierra seca a la tierra fértil, y nos hace llevar frutos que le agradan a Dios. ¿Qué son esos frutos? En Gálatas 5:22 y 23 dice Pablo: “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley.” El que tiene al Espíritu Santo en su interior ama a Dios y a otros, tiene gozo verdadero y profundo y tiene paz para con Dios y con otros. También es paciente para seguir a Jesús y servirle, es benigno en el designio de su corazón y bueno en su comportamiento con la gente, lucha por tener fe en Dios y depender de él ante cualquier situación. Y es manso y humilde, y lleva una vida modesta, sin presumirse de lo que tiene. Y por estos frutos de su interior puede ser utilizado en la obra de salvación, y llevar frutos de las almas salvas. El que no recibe al Espíritu Santo tendrá el mismo interior desagradable para Dios y para otros, aunque viviera cien años en este mundo. Pero el Espíritu Santo quien mora en nuestro interior, va transformándonos, y llenándonos de sus frutos.

Le alabamos a Jesús y le damos gracias, porque él nos dio perdón de pecados y el don del Espíritu Santo. Y el Espíritu Santo nos salvó de esa angustia y necesidad de beber algo en el mundo por la sed interior, y nos ha dado frutos agradables a Dios. Oro que seamos firmes en nuestra fe en Jesús, para que corran con fuerza ríos de agua viva del Espíritu Santo en nuestro interior, y estemos llenos de verdadera satisfacción y felicidad, y de los frutos del Espíritu Santo. Amén.

Jesús tuvo misericordia de los hombres que vivían angustiados por la sed interior, y los invitó a beber el agua viva. Pero en los versículos 40-52 podemos ver que los hombres seguían con sus propias ideas, y no entendían la palabra de Jesús, ni creían en él. En los versículos 41 y 42 algunos decían: “¿De Galilea ha de venir el Cristo? ¿No dice la Escritura que del linaje de David, y de la aldea de Belén, de donde era David, ha de venir el Cristo?” Ellos sabían la Escritura. Pero no preguntaron de qué linaje era la familia de José, ni en dónde había nacido Jesús. Simplemente quedaron con su propia idea, y no creyeron en Jesús. Y si vemos los versículos 45-52, los alguaciles que tenían corazón sencillo, testificaron ante los fariseos, diciendo: “¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre!” Pero los líderes religiosos eran soberbios por sus conocimientos de la ley, y no creyeron en Jesús.

Conclusión: En esta palabra vimos tres tipos de gentes que por su idea legalista, por su amor de las cosas del mundo y por su propia idea humanista acerca del Cristo no entendían la doctrina de Jesús, ni creían en él. Y ellos seguían con la sed interior, tratando de saciarla con el agua del mundo, y fingiéndose contentos y felices.
Pero el que ama a Dios, busca su gloria y quiere hacer su voluntad con un corazón sincero y humilde puede conocer la doctrina de Dios y creer en Jesús. Y sólo por creer en Jesús recibe el don del Espíritu Santo, quien es ríos de agua viva que corren en su interior. Oro que Dios nos ayude a conservar este corazón y la fe en Jesús en medio de este mundo. Oro que por el Espíritu Santo siempre tengamos verdadera satisfacción y felicidad, y muchos frutos que le agradan a Dios. Amén.