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Honestamente, no lo pasé muy bien como adolescente. Tengo la impresión que la mayor parte del tiempo que viví teniendo dieciséis años lo pasé llorando, planeando venganzas y sintiéndome incomprendida por la gente y el mundo. Me vestía sin muchos colores, solía vivir con los brazos cruzados y caminaba por las calles con la cabeza gacha, mientras un entrañable amigo virtual me llamaba con cariño “la adolescente prozac”. Me sentía sola, fea y triste, y la imagen que más se repetía en mi vida era la del asiento de al lado vacío, como la metáfora más dolorosa sobre mi inmensa soledad.

Pero a pesar de toda esta melancolía, reconozco que si hay una edad que fue determinante en mi vida, fueron los dieciséis. La edad donde por primera vez salí del continente a conocer el mundo, donde conocí música determinante en mi vida, donde comencé a establecer mis gustos no como anécdotas sino como verdaderos paradigmas, donde sané mi alma y donde por primera vez enamoré. Nada volvió a ser igual después de los 16, y a pesar de los recuerdos un poco grises que puedo tener mi día a día, siempre que recuerdo esa edad trato de recordar su importancia y no su cotidianidad.

Sin embargo, en estos últimos días lo que ha vuelto lo más lindo de los recuerdos de esos años adolescentes. Gracias a estas plataformas sociales de Internet (llámese Fotolog, y especialmente Facebook), he podido reencontrarme con los personajes de esos días, saber qué ha sido de ellos, y darme cuenta de cómo nos ha cambiado la vida y las vueltas caprichosas del destino que cada día me sorprenden más. Más encima, estoy en plena fiebre por la película Juno, que refleja perfectamente como era yo a los dieciséis, solo que de una forma mucho más pop y cool (ah, y eso si, nunca he estado embarazada. xD). Pero a pesar de este detalle, me gusta pensar que yo fui así de cool, enamorada de mi amigo nerd, con ese hombre casado que me coqueteaba y me hacía sentir que era la chica más culta e interesante del mundo, y recordar cuando llegaba a mi casa desde el colegio (que me cargaba) a tocar mi guitarra o a escribir mis pensamientos. Y que escuchaba ese punk raro que nadie escuchaba y decía mil tonteras pop por minuto, pareciendo mucho más madura de lo que realmente era. Porque yo era una niña, agrandada y algo intelectual, pero era una niña al fin, con toda su inocencia y su inexperiencia.

Esos encuentros y esas canciones me han removido desde los cajones de la memoria esos recuerdos, sentimientos, esas cosas tan importantes que me parecían en ese entonces, y que ahora me recuerdan lo sincero e inocente que eran mis suspiros, lo intenso que parecía el amor y el enorme poder evocador de un perfume, una risa y una canción. Y todo esto, con la tranquilidad de haber pasado esa etapa, haber cerrado el ciclo y ahora, desde la relativa madurez, recordar todo es como un hermoso episodio que te hace volver a sentir radiante y especial.

Y claro, mi nuevo mantra dice que "No hay nada mejor que sentirse de 16 teniendo 24"
porque siento un resplandor en mi cara que la hace brillar de alegría
como el que siento cuando escucho esta canción reveladora del soundtrack de Juno

► Kimya Dawson - So Nice So Smart