Cuando toca hablar de una figura como Víctor Jara, se hace difícil comenzar porque no se sabe exactamente por dónde y cómo comenzar. Su legado va más allá al de las canciones preciosas que hizo; se extiende a un aporte invaluable al desarrollo del folclor chileno, de las artes nacionales del siglo XX en su faceta como actor o como artista visionario, y ni hablar de su impacto como figura política, ideológica y símbolo internacional de la lucha revolucionaria y de las violaciones a los Derechos Humanos.
Pero la vida es una suma de situaciones complejas matizadas por detalles simples que le dan sentido. En este caso, esos detalles simples son sus canciones y la belleza que estas contienen, una belleza profunda, emotiva, sensible y conciente.
Una belleza que basa su riqueza en tocar temas que no suelen ser considerados como bellos habitualmente, como son la pobreza y la lucha por la justicia social, la tristeza de una mujer obrera, la dulzura de un niño pobre en la miseria... Todas estas imágenes cobran una fascinación casi mágica cuando Víctor Jara las retrata, las humanizaba y las llena de amor y ternura con sus notas dulces y sus letras certeras pero no por eso menos delicadas. Y todo, sin dejar de ser real, vívido ni caer en la caricaturización que usualmente domina las canciones sobre estos temas.
Lo triste de su muerte y de lo truncado de su legado no va solamente por el hecho de las circunstancias horribles de su muerte. Va también ligado a las circunstancias horribles de nuestra muerte como sociedad, como lugar donde fluyen ideales, concepciones de mundo compartidas que incluyan la solidaridad, las ganas de generar un mundo mejor no sólo para “los nuestros”, sino para todos, los que son diferentes a nosotros.
Víctor Jara para mí fue un grande por el contexto histórico en que se desarrolló, un hombre ligado fuertemente con su historia pasada presente y su construcción futura, que le significó el odio que finalmente le cobró la vida.
No obstante esto, para mi Víctor Jara fue principalmente un visionario, de sus días, del país, una sensibilidad social en forma de canciones, cumpliendo aquella premisa tan certera de Atahualpa Yupanqui que dice que un artista debe “alumbrar, no deslumbrar”. Víctor Jara deslumbrada por la sabiduría que él no necesariamente poseía, pero sí la traducía desde las entrañas populares de la clase oprimida hasta un lenguaje musical que es indiscutiblemente hermoso.
Víctor Jara no fue solamente un compositor, no fue solamente un cantante, un músico, no sólo fue un artista completo. Fue, por sobre todo, un recolector de historias despreciadas, discriminadas por no calzar con los estándares clásicos de belleza, un defensor de la diferencia que lo demostró en vida, en su amor a su mujer madre separada, en su cariño a los pobres desde donde él pertenecía, en su comprensión y apoyo a los artistas vanguardistas que sufrían de la incomprensión de una sociedad cerrada en moldes antiguos y en su fe.
Quizás de no ocurrir de lo que finalmente sucedió con él, qué habría explorado, que nuevos discursos nos habría mostrado, que nuevos lenguajes habría desarrollado…
Para mí, esta canción muestra sólo la punta de un iceberg de la infinita posibilidad de desarrollo que hubiese tenido Víctor Jara si su voz y sus manos no hubiesen sido calladas para siempre con esos 30 balazos.
► Víctor Jara – “Abre La Ventana”