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Es increíble cómo llegas a querer a una banda, especialmente si es una tan querible, que inspira los mejores sentimientos e intenciones y que se ha hecho tan parte de tu vida como un amigo. No sólo sus canciones, sino también sus presentaciones en vivo, momentos de vida social donde no sólo ibas a disfrutar de esa música que amabas sino además era la posibilidad de saludar a personas que no sueles ver muy seguido pero que siempre era un gusto verlas y saludarlas.

Cuando uno comulga con la música no sólo como pensamiento sino como una filosofía de vida que se sigue a diario, las separaciones de las bandas también se transforman en un hito personal que te marca un antes y un después dentro de este camino llamado vida.

Jirafa Ardiendo para muchos será una banda más que se separa. Para mí, es una etapa de la vida ligada a sus canciones que se termina con su disolución.

Por eso lloré tanto cuando supe la noticia del final. Quizás la intuía, quizás la aumentó el dolor de haberme alejado por motivos de trabajo y perderme sus últimas tocatas. Y quizás fue precisamente darme cuenta de eso, de que las cosas no estaban cambiando sino que derechamente habían cambiado y que no había vuelta atrás posible fue lo que me dolió.

Era necesario un rito de despedida; si yo, desde mi morada de fanática lo sentía así, no puedo ni imaginar lo que deben estar sintiendo ellos. Pero no puedo hablar por otros, sólo conozco con certeza lo que se mueve en mí y puedo dar sólo un testimonio cierto de ello, de nada más. Y mi relación con Jirafa y sus canciones fue tan personal e intensa, que cabe el espacio de hacerlo. Sentir con intensidad ciertas canciones te da esa posibilidad.

Siempre he pensado que los finales no son más que nuevos comienzos. Que todo en la vida es circular, que los cambios y remezones, tal como los terremotos, son la prueba violenta pero necesaria de que estamos vivos y moviéndonos, y que lo peor no es cambiar, sino quedarse quieto.

Al final de este viaje de Jirafa Ardiendo, sólo puedo agradecerle a ellos por estos años de tocatas y canciones, y confesarles que me siento profundamente orgullosa de haber sido una “jirafans”, haberme alucinado con su música alucinante y haberme esforzado, dentro de mis humildes posibilidades, por promoverlos, difundirlos y valorizarlos. Aunque eso ahora me duela un poco y haya provocado el mar de lágrimas que derramé en la despedida, quizás inentendible para mucha gente pero sí comprensible para quienes generamos un lazo más que intenso con la música.

Al final casi sin darme cuenta, al correr el concierto final las lágrimas habían cedido el espacio a ese entusiasmo medio histérico que siempre tuve en las tocatas. Una alegría melancólica pero honesta igual de observar que no se separan por rencillas, que no hay sino cariño entre sus integrantes y que se despidieron con un concierto memorable, donde alcanzaron su peak como músicos y compositores. Una tristeza no verlos más, pero esa pena tiene el sabor dulce de que la banda se acabó sólo porque era el fin de un ciclo, y era necesario decir “adiós” para decir “hola” otra vez. Había sólo que darse cuenta, tomar conciencia, y siento que ellos me hicieron, de una forma que quizás no esperaba, darme cuenta que pasaba lo mismo en mi vida personal.

Porque cuando uno siente con tanta pasión las canciones, el recorrido de la trayectoria de una banda se entremezcla con el recorrido de tus propios pasos como persona. Y decirle adiós a una de tus bandas favoritas de la década también es cerrar ese lapso de tiempo en tu vida, es darte cuenta que las cosas cambiaron, y a otra cosa mariposa, tendremos que aprender en serio cómo volar...

Como dice esa canción que fue símbolo de años de maduración que compartí junto a sus canciones: el viento vuelve y suele cambiar mi árbol... que la mañana estalle secando el campo. Renacer.

► Jirafa Ardiendo – “Oruga”