Tal como se pronosticaba, 2008 ha sido un año repleto de discos que se han robado mi corazón. Nada sorpresivo si se considera que todas mis bandas favoritas en actividad, tanto nacionales como internacionales, lanzan discos este año y que hasta el momento esos materiales no me han defraudado en lo absoluto. Pero si hay algo que destaca a este 2008, algo que comparten varios de los discos citados, y que sin dudas se ha transformado en el sonido más característico y caracterizador de estos meses: los instrumentos de bronce.
Como nunca me han emocionado la fuerza de una trompeta, la majestuosidad de un trombón, la elegancia del fliscorno, la delicadeza de un oboe, la familiaridad de un saxofón: ahora los siento casi necesarios de escuchar. Mis canciones favoritas de estos últimos meses tienen de factor común que en alguno de sus pasajes suena uno de estos instrumentos y lo que era lindo pasa a ser sencillamente excepcional. Y creo que es ahí la gracia de estos sonidos: si siempre he sentido que el pop ha hecho de mis momentos algo especial, cuando suena un instrumento de bronce en él ya no es simplemente especial, sino derechamente monumental. Grandioso, colosal.
Como si la vida se engrandeciese sola a su sonar.
Éste es un gran ejemplo
► Jirafa Ardiendo - Imbateriable