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Violeta salió a media tarde, instalándose con la vista fija mirando los bolones de piedra que habían colocado en la carpa en el invierno recién pasado, cuando el agua se colaba por todos lados y el viento levantaba los paños de lona. Luego volvió a encerrarse en su pieza.
“Uno tiene que decidir su muerte, ¡mandarla! No que la muerte venga a uno”, había dicho en muchas ocasiones cuando el tema aparecía en las conversaciones.
¿Será necesario intentas desentrañar la desventura de esta determinación final? ¿Cómo hacer para recorrer el camino incierto de alguien que ha perdido el sentido objetivo de las cosas y su sensibilidad extrema le juega una mala pasada? ¿Cómo penetrar ese ensimismamiento que la dejó atrapada en el tormento del fracaso y la incomprensión? ¿Cómo darle sentido a esa sensación aplastante donde sólo emerge poderosa la soledad y la obsesión frente a una respuesta que no aparece?
El revolver brasileño marca Tigre lo había comprado en Bolivia, como una necesidad para defenderse de los posibles asaltantes de su carpa. Faltando quince minutos para la seis de la tarde se escuchó la detonación. El mismo disparo que terminó con su vida, esparció su obra hacia todos nosotros.
(Fernando Sáez, extracto de “Violeta Parra: La Vida Intranquila”)
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Hoy se cumplen 40 años desde que Violeta finalmente logró su cometido
y concretó su anhelado suicidio
pero su legado sigue tan vivo,
quizás más vivo incluso que en sus mismos años
es que en sus letras
y en sus sencillos acordes
plasmó una época, un sueño y un país
sólo que tristemente ella nunca lo supo
y por eso le costó tanto ser feliz
pero lo de ella era el amor más intenso
el de humana, el de chilena, el de mujer
muestra de su condición suprema de cantante universal
y sus letras maravillosas
es esta tonada hermosa
Amigos Tengo Por Cientos
disfrute este aperitivo
porque Violeta esta semana habrá mucho más