Con 24 años Sara tenía todo lo que siempre había deseado. Celebró una boda de ensueño en Hawai, tuvo una preciosa hija, una casa, tres coches e incluso participó en concursos de belleza. Sin embargo, todo terminó repentinamente con el divorcio y Sara no supo cómo afrontar lo ocurrido.
La única manera que encontró de hacerlo fue volviéndose adicta al "crystal meth" (anfetamina de cristal) y cada vez lo es más. Ahora, Sara, que se califica a sí misma de "yonqui", lo ha perdido todo incluso la custodia de su hija. Está viviendo con sus padres y está envuelta en una espiral de drogas, robos, mentiras, análisis para detectar drogas y comparecencias ante el tribunal. La familia de Sara cree que su única esperanza para curar su adicción es una mediación.