Antes de que alguien hablara de ataques, el campamento aprendió a contar ausencias.
No había gritos, ni carreras, ni señales de lucha. Solo tiendas abiertas al amanecer y hombres que ya no estaban.
Algo cruzaba las hogueras, ignoraba las vallas y se movía con una paciencia que no parecía animal.
Durante meses, en Tsavo, África, la noche dejó de ser un lugar para dormir y se convirtió en una sentencia.
Esta es la historia de cómo el ferrocarril más ambicioso del Imperio británico se detuvo… porque nadie quería cerrar los ojos.
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