¿Cuándo fue la última vez que salimos a caminar por la ciudad? ¿Nos vienen a la mente imágenes de parques, alamedas o calles sobre las que nos gustaría dirigir nuestros pasos? ¿Qué nos inspira nuestra ciudad: deseo, luz, alegría? ¿O será acaso miedo, asco, tedio?
Si estas preguntas nos parecen extrañas, puede que se deba a nuestra manera de mirar la ciudad en que vivimos. La ciudad puede ser vista como un gigantesco mercado, como un centro de encuentro o como el lugar del que es preciso escapar siempre que podamos. Definitivamente, esta última posibilidad no es en la que piensan muchos arquitectos, como Fernando González Gortázar, para quien “la ciudad es la creación más grande de la cultura, la propuesta de crear otro planeta”. Seguramente, quien así habla debe poseer una forma de mirar la ciudad que explica por qué se haya lejos del carácter tránsfuga, es decir, de la actitud de huída que a muchos nos parece tan natural.
La arquitectura es un arte, pero es sobre todo una forma de mirar. Vale recordar acá lo que apunta Héctor Piñón: “mientras la visión es una cualidad natural, la mirada es una categoría histórica”. El que no es capaz de mirar históricamente tampoco podrá crear nada, sólo reproducir. Y es probable que ni siquiera esto lo haga bien. Los urbanistas saben lo que significa el desprecio por la creación, ya que son vistos muchas veces como simples soñadores o asumiendo roles mesiánicos, casi nunca involucrados con la comunidad en la labor de poner cabeza y corazón en la planificación urbana y la visualización de los espacios.
Por supuesto, nada ha sido tan vilipendiado como el espacio público. Jordi Borja habla incluso de agorafobia, es decir, del horror a lo espacios abiertos, a lo público, a la plaza, al mercado, a la calle. Dicha “enfermedad” resulta “de la imposición de un modelo económico y social que se traduce en una forma esterilizada de hacer visible la ciudad allí donde sea rentable e ignorando u olvidando al resto”. Que mejor ejemplo de esto que los mismos “centros comerciales”, expresión de que el derecho a un espacio de calidad se limita únicamente a quien tiene poder de compra. Claro que para los pobres no hay opción. “La agorafobia es una enfermedad de clase, ya que sólo las clases altas se pueden refugiar en el espacio privado”.
No obstante, la realidad de la exclusión no quiere decir que se renuncie a estrategias “amplias” de seducción. Para esto es crucial vaciar el espacio público, llevando el mercado a la intimidad de nuestros hogares. Incluso los que no pueden entrar al mall son invitados a la sagrada ceremonia del consumo diario, mediante los aparatos de televisión la radio, los periódicos, las vallas publicitarias... Para algunos urbanistas contemporáneos, la televisión jugó un importante papel en el desmantelamiento de la polis, “al sustituir los flujos de información de la ciudad real por contenidos sintéticos producidos a distancia”. ¿Para qué ir a la plaza si ya nos la traen a casa?
Ante este “espacio desolado”, urge acompañar proyectos que reúnan a especialistas diversos, unidos por un humanismo renovado. Paul Virilio, urbanista y filósofo, piensa que la recuperación de las medidas humanas sólo tendrá lugar si nos comprometemos con la urbe: “Trabajemos en la ciudad y trabajaremos en la política. En cierto modo, es una regresión, ya que el término político proviene de polis, ‘ciudad’. Hemos chocado contra la barrera y volveremos a la ciudad”.
Puedes encontrar más información en:
* Borja, Jordi; La ciudad conquistada, Madrid, Alianza Editorial, 2003
* Kwinter, Sanford y Fabricius, Daniela; “Televisión: La revolución infraestructural”, en Koolhaas, Rem et al; Mutaciones, Barcelona, ACTAR, 2001
* Virilio, Paul; El cibermundo. La política de lo peor, Madrid, Ediciones Cátedra, 1999
http://www.aia.org/walkthewalk/
http://www.citiesalliance.org/index.html
http://www.etsav.upc.es/urbpersp/
http://www.worldcitiesalliance.com/