No existe ni un solo hogar en el que no hayan entrado
la enfermedad y la muerte, esos grandes destructores
que separan corazones y que despliegan la pálida mortaja
del dolor. Tarde o temprano, todos caemos en las poderosas
y, al parecer, indestructibles redes del mal, y así es
como el dolor, el desamparo y el infortunio acechan a la
humanidad.