Una mañana el Valle sintió que la tierra se rasgaba brotando de su interior un frágil tallo. El tallo se fue haciendo grande y hoy es grueso cuerpo de madera con raíces bien sujetas en lo más profundo de esa su tierra. Cuajado de hojas, una savia de palabras le alimenta y unas flores sonoras eternamente abiertas, lo envuelven en un delicado perfume de color. A este árbol no ha mucho tiempo llegó de lejos una semilla a través de las ondas. El árbol le hizo hueco y las hojas ayudaron a construir su nido. De ese nido pronto comenzaron a brotar nuevas flores sonoras.
Desde entonces son dos las flores que cada cierto tiempo brotan. Dos flores que crecen juntas y que juntas se han ido acomodando suavemente entre sus ramas.
Gracias, gracias al Árbol Sonoro del Valle por dejarnos estar en él.