Paraba en el bar que había al lado de la tienda de ultramarinos. Sentado en un minúsculo taburete de madera comenzaba una y otra vez su particular serenata. Desenroscaba tapones dorados de frascos de cristal colmados de líquidos de colores humedeciendo ligeramente un paño con el que frotaba por arriba, por un lado, por el otro, por detrás… una y otra vez. Después le tocaba el turno a un cepillo. Y de nuevo a frotar por arriba, por un lado, por el otro, por detrás… Primero un zapato, luego el otro. Siempre en movimiento. Preciso. Precioso. Al acabar, sin levantar la vista del suelo, guardaba las monedas que le daban y al quedarse solo colocaba con mimo todos sus instrumentos en el interior de su asombrosa caja dorada. Casi nadie hablaba con él y en el barrio decían que antes había sido maestro.
Se llamaba Juan. Nunca olvidaré el brillo de su caja y siempre recordaré que llevaba unos zapatos muy viejos y muy sucios.