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DINERO PELIGROSO
Por José Mallorquí
CAPITULO PRIMERO
MELISA STRONG

Don César de Echagüe sentíase feliz. Estaba cómodamente arrellanado en un sillón de madera, ante la mesa que solía ocupar en sus visitas a la Posada del Rey Don Carlos. Frente a él había una botella de viejísimo jerez seco y una copa de cristal bohemio medio llena del vino de la botella. Entre los dedos índice y pulgar de la mano izquierda tenía un largo, grueso y aromático cigarro y de sus labios brotaba una larga columna de azulado humo.
Ricardo Yesares le observaba por encima de un puro, hermano del otro, al cual estaba extrayendo una justa cantidad de humo, aroma y nicotina. También él parecía dichoso.
A su izquierda, y por tanto a la derecha de don César, sentábase Manuel del Socorro, vestido menos llamativamente que en su última aparición. Igual que los otros, tenía entre los dedos un cigarro y ante él una copa de jerez; pero la copa estaba casi vacía y el cigarro se había apagado. Su expresión no estaba de acuerdo con la de sus compañeros.
Frente a Manuel, y a la izquierda de don César, se hallaba don Goyo. Sin parecer desgraciado, no podía decirse que estuviera alegre. En su copa brillaba una prudente ración de vino, que su salud le obligaba a beber muy despacio. Quizá por esto, y como compensación, fumaba más de prisa que los otros y andaba ya por la mitad de su puro.
—¡Qué triste es tenerse que morir! —exclamó don César al terminar el lanzamiento de su bocanada de humo. Y agregó lo que a primera vista podía tomarse por una perogrullada—: ¡Al fin y al cabo, se está tan bien en esta vida!