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-¿Por qué se cansan los genios?- solía preguntarme, muchos años atrás, estremecida por las decisiones drásticas de Alfonsina Storni, Leopoldo Lugones, Horacio Quiroga, Ernest Hemingway, Silvia Plath y tantos otros escritores y poetas que decidieron terminar bruscamente con sus vidas, mientras comenzaba a percibir que mi personalidad introspectiva y mis espontáneos hábitos de escritura tomaban calibres de destacada particularidad entre el grupo de compañeras escolares.
-¿Será el cansancio la respuesta para quienes tienen una captación tan sensible ante la vida?- pensaba, intrigada en la perspectiva de que todo aquel mundo podría pertenecerme y de que esa profesión, basada en la captación tan especial de lo cotidiano, podría arrastrarme al desasosiego y a la soledad, sin imaginarme que pasaría años escribiendo sólo en el silencio de mis cuadernos y para mis horas pardas.
Hoy no creo que los devenires de mis elocuencias puedan llegar a trascender en la vida de las personas, sin embargo debo empezar a hacerlo, como reconocimiento a tantas horas invertidas en desnudar recuerdos involucrando existencias comunes.
En el momento de abrir mi memoria he arrastrado años de relaciones, situaciones vividas y sensaciones que a veces se convierten en ideas que me cuesta llevar a las letras.
Cuanto más quiero traerlas más se cruzan unas con otras como las olas sobre la arena de la playa de La Malagueta, con la diferencia de que muchas veces mis ideas no llegan a ningún sitio.
De pronto aparecen mis musas, introvertidas e indecisas, elaborando algo que termina siendo más o menos una historia a la que luego hay que peinarla y acicalarla para presentarla en mi pequeña sociedad de lectores, una sociedad que se ha convertido en los cimientos emocionales más importantes de mi vida literaria, promoviendo mis escritos, respetando los contrastes de esta personalidad ambigua y estimulando mis letras, considerándome un poco “genio” pero, sobre todo, alguien que hace cosas diferentes y lleva adelante una serie de percepciones diferentes que la hacen destacarse de alguna manera, aunque sólo sea para ellos, en el cariño oculto y considerado de sus corazones y de sus propias percepciones.
Hoy necesito hablar de todos ellos porque me han sabido leer, me han comprendido y me han llevado a una realidad que deseaba y me demoraba en responder.
Me han visto llorar atenta a sus consejos y han acompañado fraternalmente los renglones de mis sentidos discursos a solas.
Hoy necesito hablar de ellos porque la realidad es que no soy uno de esos genios que me gustaría ser pero sé que me hacen sentir como tal y se los agradezco y lo necesito, por eso los escucho y por eso los escribo, como devolviéndoles un favor, por el aliento y la seguridad que me han transmitido y porque me llena la vida saber que están conmigo en esta carrera en favor de la revelación de una vocación perdida en los intentos, entre cientos de folios escondidos en los cajones de toda una vida.
Gracias a todos los que nombro en estas páginas, como un abrazo enorme extendiéndose a lo largo del tiempo y para siempre.

-¡Felipe pide lo mismo!- alegó sonriendo Jacob Varela después de escucharme ordenar mi café, evocando a su hermano, el extraordinario diseñador de la mejor línea de chaquetas que he visto y lucido en mi vida-, los “genios” toman café americano- dijo sonriendo…