Pero hay aún dos aspectos del misterio de María que se vinculan directamente con la Eucaristía, y los podemos relacionar ahora ya con el momento de la despedida-misión.
Luego de la Encarnación, la Virgen sale, presurosa, hacia la montaña de Judá, a la casa de Isabel. Llevaba en sus entrañas el Tesoro más grandioso de la Historia, la Salvación esperada desde el inicio del mundo, la Respuesta a todas las preguntas que los hombres se han hecho por siglos.
Pero nadie lo sabía.
Ella caminaba rápido, dispuesta a cumplir una misión, que había intuido en las palabras del Ángel: “también tu pariente Isabel concibió un hijo...”