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Cuando estalló la II Guerra Mundial, el colegio alemán de Santa Cruz de Tenerife cerró sus puertas y cinco niños de apenas tres años, compañeros de juegos y de aventuras, tuvieron que despedirse para seguir caminos diferentes. Así es como Antonio Bello dejó de ver a Carlos Shoenfel, Eduardo Olmos, Antonio Carballo y Emilio Machado. Todavía recuerda sus nombres y apellidos.

Continuó sus estudios en el colegio católico de San Ildefonso, donde hizo otros amigos y donde corrió otras aventuras. En una de éstas, él y un amigo se toparon con un profesor. Por aquel entonces ya les estaba permitido salir por ahí y fumar. "El hermano vio que mi compañero tenía en el bolsillo lo que parecía un paquete de cigarros y le pidió uno", explica Antonio. Pero el caso es que ese paquete no era lo creía el profesor, sino que era una baraja ilustrada con mujeres desnudas. Así es como Antonio y su colega acabaron de monaguillos.