Cuando María llegó a la ciudad llevaba las esperanzas arrebujadas en un paliacate. Ese pedazo de trapo viejo que tantas veces limpió su sudor después de pizcar frijol varias horas bajo el sol. El mismo que enjugó sus lágrimas cuando le avisaron que Felipe había sido encontrado sin vida tirado allá, por la barranca chica. Y también el que limpió los mocos de Rufino, Celia y Ceferino; los hijos que Felipe le dejó como recuerdo de su amor.