Quisiera tirarme a escribir sobre un cerezo, un guayacán, un framboyán o de aquellos árboles floreados que de tan hermosos puras poesías inspiran. Pero en mi tierra no hay de esos, entonces me siento en un huizache de cuyas sombras sólo salen verdades. Verdades tan ciertas, unas inverosímiles y otras duras como los pedruscos donde crece el árbol y entierran al hombre. Cada quien, cuando nace, tiene ya metido en el alma el espíritu de una bestia que lo protegerá y será su guía para toda la vida. Algunos, incluso, pueden tomar la forma de su animal tutelar.