Todos los pueblos tienen su Llorona y es fácil imaginar el motivo. La miseria, escasez y desgracia de las mujeres jóvenes con chamacos de pecho abandonadas a su suerte. No tiene caso querer adueñarse de ese personaje como si fuera un caso aislado. En mi tierra, mi Llorona ronda los dieciséis años de edad.