Ella tiene una mano atornillada
al final del brazo derecho
como la tuvieron su madre y su abuela
diríase la misma envergadura
casi ocho centímetros
al recorrer los cielos espumosos del placer
sobre un campo de perlas y matorrales negros
Ella alza la mano
y saluda al infinito con cinco alas de cobre
tan espléndida va
que no la alcanzan al vuelo las miradas
del exhausto pescador
echado junto al muelle