¿Qué esperas de mí si nos quedamos?, preguntó a quemarropa.
¿Esperar? Cómo si no hubiera esperado ya dos lustros y varias vidas por ella, pensé, y a quemarropa respondí: Nada.
Le gustaba amarme de manera vaga, cómoda y sin esperanzas. Como aquella moneda que pagan los odiadores y todavía presumen que es de amor.