Cuando Alicia asistió a mi consulta por primera vez, llegó con nueve kilos menos, una expresión de fatiga crónica, ojeras, depresión y la reaparición de un viejo acné que la mortificaba intensamente. Ten’a treinta y seis años, dos hijos pequeños, un marido que la amaba sinceramente y un amante desde hacía un año y medio. Trabajaba como instructora de un reconocido grupo religioso que ayudaba a personas con dificultades de pareja. De hecho, los demás veían su matrimonio como un modelo a seguir, y a ella como una abanderada de la moral y las buenas costumbres.