3.2. Dos reveladores relatos donde plasmamos nuestra teoría del deseo
En este punto, con el antepuesto boceto introductorio, que vincula la visión del deseo
sartreana-girardiana y la producción poeiana, pasemos a revisar la primera de las
narraciones acá contempladas, para ver cómo la podemos dilucidar desde nuestra
averiguación: El Corazón delator. En esta urdimbre, tenemos un personaje39 que describe
cómo intenta finiquitar su dependencia con un ser horripilante con el que convive. Se trata
de un intento fallido -así termine asesinándolo-, lo cual vemos con el culmen de la historia,
pues recordemos cómo nuestros franceses nos enunciaban que el odio -forma extrema del
deseo cercana a la indiferencia y el sadismo- siempre fracasa en su acometida de eliminar
39 Sova (2001) pone en duda si se trata de una mujer, pero dadas las tendencias poeianas, el carácter
autobiográfico de su obra y la época, me inclino a pensar que no se trata de una fémina, como tampoco será
el caso es nuestros dos otros episodios observados -El Gato negro y Ligeia-.
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al otro, y que ni con la expiración de ese individuo logramos deshacernos de su influencia,
pues habiendo estado en nuestra cotidianidad de forma significativa, su presencia
permanecerá fija en nuestra existencia. Así mismo, rememoremos cómo detrás de esa
animadversión se esconde un amor o una admiración secreta.
De tal manera le ocurre a este narrador que -pese a sus esfuerzos- termina siendo
derrotado por la representación inmaterial del anciano al que tanto -físicamente- quería
eliminar (interesante contrasentido del deseo en la existencialidad). Como nos plantea
Halliburton, en este escenario el supuesto victimario termina revelándose como víctima
(Halliburton, 1973, p.334), fenómeno propio del deseo humano en que las teorías sartreana
y girardiana confluyen en su estudio del sadomasoquismo en las relaciones interpersonales.
Esto se puede desglosar en dos sentidos: 1) volviendo a Sartre y a su estudio del fenómeno
de la angustia, podemos divisar cómo este personaje de mente hiperactiva, es mártir de su
propia percepción, la cual raya en bordes patológicos como los del comportamiento
obsesivo-compulsivo, la neurastenia o psicosis. 2) Tal vez este sujeto fue un damnificado
de un maltrato externo previo; puede que el interlocutor fuese un sirviente del señor de la
alcoba y el crimen en sí mismo o la policía actúan como mediadores para poder obtener el
deseo de liberarse de esa situación engorrosa que ya no tolera. También, desde el
sartrismo-girardismo que hemos configurado, es claramente demostrado en este complot,
un irremediable centro de la condición humana: el carácter conflictivo de la alteridad y la
ambición del individuo de hacerse dueño de su sino a pesar de todo y sin importar lo que
sea; en esta lucha se dan cita la voluntad y las estructuras sociales y el deseo las cruza justo
por la mitad. Desde la óptica de la mímesis triangular, y dentro del contubernio de este
cuento, también podríamos tomar al longevo como modelo del joven, siendo el objeto del
deseo la casa o simplemente la libertad; otro ejemplo de tránsito de la dinámica girardiana
entre el deseo primario y el deseo metafísico. Análogamente, Sartre nos hablaba -
comparativamente- de un deseo primitivo como el hambre y de un deseo psíquico, como lo
es la posesión de la consciencia del otro en las relaciones de pareja, dos elementos que el
primero poseía y el segundo no: el relator podría estar buscando obtener el mando que el
abuelo ha detentado sobre el aposento y su vida misma, algo que el sujeto deseante por
80
imitación también ha llegado a codiciar ( recordemos como esto sucedía entre Alonso
Quijano y Amadís de Gaula, o entre los personajes d(el) Eterno marido de Dostoievski.).
Al parecer, el doncel quería emanciparse de la subordinación o reprensión que le proveía
dicho acontecer; invoquemos acá la relevancia de la dinámica entre libertad y condena en
la fenomenología sartreana del deseo. Tal vez el veterano estaba enfermo y el efebo decide
cuidarlo o algo similar a cambio de alguna componenda, pero al sujetarse así perdía lo más
preciado: su ser. Se muestra en esta anómala situación, el carácter ambiguo de las
relaciones interpersonales cuando no son espontáneas o mutuas, pues vemos que el
cronista mantiene un artificial afecto por su lacerado, mientras que en el fondo quiere
deshacerse de él a como dé lugar o que muera: aquella es una característica medular de
muchas conexiones en la sociedad burguesa, que describen críticamente tanto Sartre como
Girard, donde la hipocresía, la farsa, la humillación, el protocolo, el sadomasoquismo y la
violencia son tendencias claras. Sobre esto nos enuncia el afectado una perturbadora pero
certera anotación que describe tanto su estado, como el de muchos en los patéticos ciclos
de la relación-con-el-otro sartreana y los cuadros miméticos girardianos: “era consciente de
lo que el abuelo sentía y tal situación me producía lástima, aunque, al mismo tiempo -en el
fondo- lo que me daba era risa40” (Poe, 1843, p.30). Esto demuestra la revelación novelesca
de la doble moral, mala fe, ambigüedad e hipocresía de la relación de la gran mayoría de
los individuos con los demás en la cotidianidad social, donde los otros son el infierno,
como diría Sartre e insistiría a su modo Girard.
Recordemos que Poe escribe cuando aún está en vigor una muy fuerte estructura
histórica de la mentalidad estadounidense, el esclavismo, de modo que puede tratarse de un
hacendado y su servidor: rememoremos también que esta dinámica es básica en el análisis
de las relaciones entre sujetos, como lo ven Sartre y Girard desde la dialéctica amo-esclavo
hegeliana. Desde el punto de vista sartreano, es muy vigente en esta intriga, la turbación
que el deseo produce en el hombre que termina auto-delatándose, y así mismo, la presencia
de la inspección del prójimo, que le fastidia al punto de querer eliminarlo. Busca
40 Traducción mía: “I knew what the old man felt, and pitied him, although I chuckled at heart”.
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deshacerse de ese ente que lo reprime y objetiviza, perdiendo así su autonomía, y esa
consternación lo envuelve en una bruma, que se materializa en el decrépito que quiere
destruir. Es igualmente apreciable la ansiedad que siente este sujeto ante la contingencia de
sus decisiones, busca mantener la cordura que ya ha perdido y racionalizar su hado de la
mejor forma posible, pero naufraga (característica clave de la lógica del deseo como
exponía Sartre): todo esto se denota en las consecuencias de su “hiper-consciencia”
(Halliburton, 1973, p.339). Así nos exponen Poe -con su relato- y Halliburton -con su
apostilla- esta ejemplar coyuntura que converge la subjetividad, el deseo y la alteridad en
una sola composición:
Quería mucho al viejo. Jamás me había hecho nada malo. Jamás me insultó. Su dinero no me
interesaba. Me parece que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre... Un ojo
celeste, y velado por una tela. Cada vez que lo clavaba en mí se me helaba la sangre. Y así, poco a
poco, muy gradualmente, me fui decidiendo a matar al viejo y librarme de aquel ojo para siempre.
Presten atención ahora. Ustedes me toman por loco. Pero los locos no saben nada. En cambio... ¡si
hubieran podido verme! ¡Si hubieran podido ver con qué habilidad procedí!¡Con qué cuidado... con
qué previsión... con qué disimulo me puse a la obra! Jamás fui más amable con el viejo que la
semana antes de matarlo. (Poe, 1956, p.69).
El sonido aflige al victimario tanto interior como exteriormente, en el ámbito privado de su propia
consciencia y en el ámbito público de la realidad social-objetiva. Lo que le lleva finalmente a
confesar su crimen y a ofrecerse a sí-mismo como víctima, es la ilusión de que el primero se ha
cruzado con el segundo. A medida que avanza la narración, el sonido del ritmo cardiaco que escucha
en su mente avanza (tal como él lo percibe) progresivamente desde el espacio interior al exterior.
(...) A medida que el victimario contempla a su víctima, dicho ritmo reafirma su autonomía(...) En
este proceso (...) el victimario se nutre del terror que le despierta el anciano, transformándose así el
objeto de su tortura en el objeto con que este se tortura a si-mismo41(...) este circuito de terror
termina donde empieza, en el victimario. El terror experimentado por la víctima, que también
merece ser reconocido, es una respuesta natural a un peligro exterior, pero el victimario está
reaccionando a un peligro auto-infligido, en el cual la víctima actúa como un mediador cuya misión
es aumentar la consciencia del asesino de sus propias sensaciones. El victimario actúa sobre la
víctima, con el fin último de convertirse/revelarse él mismo en-como una víctima42
. (Halliburton,
41 Son visibles acá los elementos sadomasoquistas y de la dialéctica amo-esclavo que Sartre y Girard nos
reseñan como vitales en las relaciones interpersonales vinculadas a la dinámica del deseo.
42Traducción mía: “Sound afflicts the victimizer both inwardly and outwardly, in the realm of his
consciousness and in the public realm of everyday reality. What causes him to speak out at last, declaring his
crime and offering himself as a victim, is the illusion that the one has crossed over into the other. As the
narrative progresses, the sound of the rhythm that the speaker hears inwardly advances (so he feels) from
inner space to outer. This rhythm is introduced analogically: (…) As the victimizer contemplates his victim
the rhythm begins to assert its autonomy(…) The process is a kind of one-sided reciprocity in which the
victimizer feeds upon the terror he arouses, turning the object of his torture into the object with which he
tortures himself (…) The circuit of terror thus ends where it begins, in the victimizer. The victim's terror,
which also deserves to be recognized, is a natural response to a danger from the outside. But the victimizer is
reacting to a danger in himself, the victim serving as a mediator whose duty it is to heighten the murderer's
82
1973, p.336) (Muy insinuante paradoja del comportamiento humano, de carácter ambiguocontradictorio, sobre lo cual también hacían referencia Sartre y Girard, al develar los profundos y
escondidos motivos de nuestra condición).
En cuanto al análisis que podemos obtener de esta historia, desde la perspectiva
preliminar, reiteramos que ni siquiera el aislamiento o la muerte de un sujeto puede
librarnos de la condena sartreana a la relación-con-el-otro como orco, o del destino
mimético que en la visión girardiana se asienta en lo más profundo de la condición
humana: el protagonista no puede librarse del señor y finalmente debe fundirse con él para
revelar su victimización por parte de éste en el pasado. Esta historia nos señala los
espectros del deseo que surgen de una correspondencia absurda entre un individuo y su
entorno, tal como lo describe Halliburton al identificar en las mentes poeianas -en
conexión con los demás- situaciones vivenciales propias de sociópatas, psicópatas y
“asesinos en serie”. En ellos el deseo se hace una turbación nefasta y malsana que lleva al
desdén y consecuentemente -en su radicalización- a la avidez de prescindir del prójimo,
elemento que puede proceder de una imitación o vicio. Poe mantiene en sus relatos un
movimiento inherente a la evolución de sus narradores, quienes luego de experimentar una
fase de soliloquio con sus traumas, fantasmas y cotidianidad fenomenológica, pasan a una
etapa socializante donde confrontan el mundo externo y se evalúa el nivel de su psiquis,
cotejándose sus introspecciones con los parámetros colectivos. Allí la percepción personal
se da cita con los condicionamientos grupales, factores determinantes del deseo. De esta
dinámica entre sujeto y medio, surge una forma de dominación y concepción de verdad,
donde es vigente la perversidad del poder de la que Poe fue -de modo pionero- conocedor.
Tal como ocurría con la dialéctica hegeliana, en este escenario los elementos sartreanos y
girardianos se complementan para entender la realidad del deseo, donde observamos las
transformaciones de identidad del individuo en un contexto gregario y como éste afecta su
comportamiento, viendo su evolución desde el solipsismo hasta el mimetismo.
Otro aspecto muy importante que nos deja ver este cuento, es la tendencia humana a
denotar -consciente o inconscientemente- lo contrario de lo que se desea, cual es una idea
consciousness of his own sensations. The victimizer acts upon the victim, finally, so as to become himself a
victim”.
83
presente en los aportes psicoanalíticos que tanto Sartre como Girard contemplan en sus
teorías sobre el deseo43: en este caso, el protagonista quiere sublimar su horror en el que
supone se da en el octogenario en la colisión entre ambos, lo cual es solo un ejemplo de
cómo quiere ver externamente lo que él tanto ambiciona o teme internamente. Así le ocurre
cuando confronta a los policías y al testigo de su relato -sea éste el lector, un detective, un
médico- o a él-mismo (a múltiples opciones interpretativas nos incita Poe en esta trama).
Se presenta así una circunstancia en que lo “latente” se expresa como lo reverso de lo
“manifiesto”: el hombre quiere mostrar como suyo lo que más adolece, lo cual finalmente
termina descifrándose, como cuando acaba confesando que en realidad se refería
categóricamente a su propio terror y no tanto al del otro:
Sostenía la linterna de modo que no se moviera, tratando de mantener con toda la firmeza posible el
haz de luz sobre el ojo. Entretanto, el infernal latir del corazón iba en aumento. Se hacía cada vez
más rápido, cada vez más fuerte, momento a momento. El espanto del viejo tenía que ser terrible.
¡Cada vez más fuerte, más fuerte! ¿Me siguen ustedes con atención? Les he dicho que soy nervioso.
Sí, lo soy. Y ahora, a medianoche, en el terrible silencio de aquella antigua casa, un resonar tan
extraño como aquél me llenó de un horror incontrolable. Sin embargo, me contuve todavía algunos
minutos y permanecí inmóvil. ¡Pero el latido crecía cada vez más fuerte, más fuerte! Me pareció que
aquel corazón iba a estallar. Y una nueva ansiedad se apoderó de mí... ¡Algún vecino podía escuchar
aquel sonido! ¡La hora del viejo había sonado! (Poe, 1956, p. 71).
Al respecto del deseo poeiano -recordándonos el concepto sartreano del
enviscamiento, y la dialéctica en alteridad que señala Girard- plantea Halliburton:
Después de haber forzado un distanciamiento del abuelo, el narrador debe ahora, con el fin de
convertirse en una víctima, retractarse. Esta es la función de la arremetida final del corazón delator.
Poco a poco el victimario percibe que el sonido que le aflige emana de fuera de sí-mismo, sin ser
consciente que éste exterioriza su verdadero deseo(...) El mundo mostrado aparentemente por el
victimario, por la fuerza de las circunstancias, es revelado como inverso a lo que se pretendía
señalar. En el silencio de un espacio acústico -acusado de retener sonidos-, el joven había sido amo
temporal, la prueba de su dominio siendo su capacidad de extender el tiempo a su antojo. A medida
que pierde el control de la situación, las emisiones sonoras retenidas explotan y se aceleran
progresivamente (...) Al hablar, el asesino confiesa y en la confesión se percata de su objetivo
secreto: revelar que el-mismo ha sido en realidad la víctima de toda esta situación, lo cual por alguna
razón se había mantenido en secreto. 44 (Halliburton, 1973, p.337).
43 Como cuando el primero nos decía que detrás de toda animadversión hay un amor, o el segundo nos
manifestaba que los más mórbidos eran los obsesionados por la enfermedad de los demás.
44 Traducción mía: “Having willed a separation between himself and his victim, the narrator must now, in
order to become himself a victim, dissolve it. This is the function of the final emission of sound. Little by
little the victimizer perceives that the sound which distresses him emanates from outside himself, unaware
that it merely externalizes a desire in himself (…) The world of the victimizer-speaker has turned itself inside
out. In the phase of temporary silence—of an acoustic space charged with withheld sound—he had been
master, the proof of his mastery being his ability to extend time through his own slowness. As he loses
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Desde la perspectiva sartreana y girardiana, vemos como este personaje no quiere en
realidad tanto asesinar al anciano como liberarse de su opresión, o que en el fondo no
aspiraba mostrarse como una sádico violento, sino como un ser que ha sido víctima él
mismo y que solo tenía esa forma de demostrarlo. En un caso como este, se revela la
verdad novelesca de la que nos hablaba Girard. Una evidente repuntada de lo fidedigno
sobre lo ficticio. Para finiquitar este cuento y seguir con el segundo, vislumbramos cómo
en Poe, la verdad novelesca del deseo fulgura paradójicamente como antípoda de lo que se
muestra en el plot: del modo que ocurre en los lapsus del psicoanálisis, se muestra una
cosa para manifestar su inverso o simplemente algo oculto. En El Corazón delator, el
protagonista se refiere al supuesto tremendo pánico que asume estaría sintiendo el viejo al
descubrir la presencia amenazante de la muerte, pero finalmente lo que irradia con esa
actitud, es su propio pavor -como señala Halliburton (1973, p.335)-. Un fenómeno similar
ocurre en El Gato negro, una narración sobre un degradado hombre en torno a su relación
con un animal45
. Hacia el final, al despedirse de los investigadores, el informador hace
alusión a “lo perfectamente edificada que está su residencia”: “estaban (…) satisfechos
(…) Ardía en deseos de decirles, por lo menos, una palabra (…) dije, por fin: (…) me
alegro (…) de haber disipado sus sospechas.(…) esta casa está muy bien construida (…)
Estas paredes…-¿ya se marchan ustedes?- (…) tienen una gran solidez“
(Poe,1956,p.61).En última instancia, ésta ambigua metáfora, lo que quiere verdaderamente
revelar es el caos psíquico del lugar, dado el fraccionamiento de su energía como hogar, a
causa de los apuros entre el hombre, la mujer y los animales, que -en conjunto- son un
efecto de su conflicto interno y con su entorno. Otra hipótesis explicativa, es aquella que
muestra cómo el autor de este texto inquiere auto-destruirse sin suicidarse, buscando una
sanción social. Por ello no permite que los policías partan sin delatarse o sin ser
descubierto, lo cual coincide con la visión que nos muestra Halliburton de los estudios de
control, the withheld sound releases itself and quickens (…) In speaking, the murderer confesses and in
confessing realizes his secret aim: to reveal himself as the victim he has always secretly been”.
45 Comenta Cortázar: “Colling ve en el trío central (el narrador, su esposa, el gato) un reverso infernal de Poe,
Virginia y la gata Caterina (...) Baudelaire conoció a Poe a través de una traducción francesa de El Gato
negro (...) Bonaparte ha demostrado psicoanalíticamente los elementos constitutivos de este cuento, uno de
los más intensos de Poe” (1956, p.560).
85
casos psicopatológicos, donde los sujetos requieren ser exhibidos o reconocidos por un
público para finiquitar su inicua hazaña (1973, p.346). Al respecto una fuente primaria que
demuestra tal situación y un comentario del especialista que indica los paralelos entre las
mentes de los protagonistas de nuestros dos primeros relatos:
Una mañana, obrando a sangre fría, le pasé un lazo por el pescuezo y lo ahorqué en la rama de un
árbol; lo ahorqué mientras las lágrimas manaban de mis ojos y el más amargo remordimiento me
apretaba el corazón; lo ahorqué porque recordaba que me había querido y porque estaba seguro de
que no me había dado motivo para matarlo; lo ahorqué porque sabía que, al hacerlo, cometía un
pecado, un pecado mortal que comprometería mi alma hasta llevarla -si ello fuera posible- más allá
del alcance de la infinita misericordia del Dios (…) más terrible. (Poe, 1956, p. 57).
Donde otros asesinos almacenan sentimientos de culpa, el asesino del gato se siente orgulloso.
Como nos recuerdan los psicólogos, el individuo que toma la vida de otro es a veces un
exhibicionista cuyo acto no se completa hasta que es testigo del reconocimiento de los demás; lo
cual explica su urgido deseo de confesar. Pero no hay nada exclusivamente suplementario -al menos
para los victimizadores poeianos- en esa fase final. Estos van mucho más allá. Llenos de sí-mismos,
liquidan todas las amenazas al aislamiento sagrado de su ser, y a continuación, requieren de un
reconocimiento externo. Pero este (...) no es solamente confirmatorio; se trata de una mediación que
conduce al asesino fuera de su rol de victimario y hacia el papel de víctima. 46 (Halliburton, 1973,
p.346).
En este caso tenemos la historia de un sociópata que, al parecer, según nos cuenta, ha
tenido durante su vida una mayor empatía con los animales que con los humanos, de
quienes se ha desilusionado y por lo cual tiende a aislarse de la vida común. Esto se
transmite en la trama que acá nos incumbe; sobre ello dice: “Hay algo en el generoso y
abnegado amor de un animal que llega directamente al corazón de aquel que con
frecuencia ha probado la falsa amistad y la frágil fidelidad del hombre” (Poe, 1956, p.56).
Aquí tenemos una mayor información que en el relato anterior sobre la biografía del
individuo, aunque no la suficiente para descifrar completamente sus antecedentes: un
elemento característico de Poe de dejar al lector la peripecia de escrudiñar la posibilidad de
los orígenes y desenvolvimiento de sus cuentos. En este, el hombre supuestamente sufre
una transformación, donde sus deseos malignos se van incrementando a medida que se
46Traducción mía: “Where other murderers have secret stores of guilt, the murderer of the cat has stores of
pride. As psychologists remind us, the man who takes another's life is sometimes an exhibitionist whose act
is not completed until he witnesses its acknowledgment by others; thus his urge to confess. But there is
nothing merely supplementary—at least for Poe's victimizers— in this final phase. Poe's victimizers go
further. Full of themselves, they liquidate every threat to the sacred isolation of their being, then ask for
recognition. But this recognition is not merely confirmatory; it is a mediation that ushers the murderer out of
his role of victimizer and into the role of victim”.
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profundiza su relación con una mascota: sin embargo, interpreto que esto es solo un
pretexto -una falsa excusa- para encubrir su efectiva intención. En realidad, este sujeto está
tratando de justificar ante sí-mismo y terceros sus bizarros actos, dejando de reconocer sin
mala fe -como instaría Sartre- que su enfermedad es de vieja data y que no ha sido causada
por sucesos furtivos recientes como la presencia del animal, el alcohol u otros
acontecimientos domésticos menores. La anterior propensión es privativa de los psicópatas
-ocultar las genuinas circunstancias de su ser-, pero la verdad novelesca se revela -como
exhorta Girard- a como dé lugar en todo caso al final. Esta tendencia también es clave en
nuestro autor bostoniano y está presente en la consumación de sus narraciones. Este
personaje quiere tapar, expiar y argumentar los líos que tiene frente a su conciencia y sus
cercanos, a través de una entidad externa, un scapegoat, que en este caso es un animal.
Sobre ello ilustra Halliburton: “No queriendo atacarla directamente, asalta a un mediador,
el gato, que su esposa consiguió y supone él ama47
” (1973, p.344). A pesar de esto, dicha
pretensión será solo una solución temporal. En última instancia, así sea a través del felino,
este hombre termina arremetiendo directamente contra la mujer y la asesina brutalmente.
Este tipo de tétricas historias poeianas, nos dan acceso a lo más subrepticio de nuestra
condición, y desde allí -sus extremos- podemos entenderla a cabalidad, observando sus
más urgentes reacciones, las cuales son reflejo del deseo en su fidedigna manifestación.
Como veíamos en los capítulos iniciales, éste se decanta -si no es consumado- a través del
odio y el sadismo-masoquismo, y se configura como elemento mórbido de nuestra
humanidad, del cual nuestro escritor fue un virtuoso registrador.
Aquí tenemos una narración, que nos señala cómo el deseo tiene un carácter
enviscado, cíclico y vicioso del modo que formulaba Sartre, donde el protagonista se deja
envolver por sus pasiones al punto de perder toda racionalidad: sea con sus asedio de los
animales, la violencia generalizada, su uso del alcohol, o cualquier otro subterfugio que
demuestre su descompuesta personalidad, como cuando recae en sus instintos y le vacía un
ojo al mamífero o mata a sangre fría a su camarada de la forma más perversa imaginable,
47 Traducción mía: “Unwilling to attack her directly, he assaults a mediator, the cat, which his wife has
procured and which she thinks he loves”.
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con un hacha. Todas estas son aristas de la característica conducta de un lunático, que se
constituye como un resultado radical de un cuadro malogrado del deseo, como lo
describían los franceses al referenciar sus consecuencias negativas, algo habitual en la
dinámica humana. Por otro lado, esta intriga demuestra cómo el fenómeno de la mímesis es
central en nuestro comportamiento, y la manera en que constantemente buscamos modelos
y mediadores para accionar los dispositivos de nuestra posición gregaria: en este caso, el
protagonista no solo repite patrones de diligencia durante la historia, como cuando busca
remplazar algo perdido con una muestra similar (ocurre con la mascota o la casa), sino que
además requiere de los siguientes elementos:1) de la mujer como prototipo de sanidad,
quien le señala formas de actuar que no irrumpen, trastornan o trasgreden la convivencia
grupal, de las cuales el narrador ya se siente alienado dada su creciente apatía frente a la
otredad; 2) del gato como medio, no solo en el sentido de ser un paradigma a seguir que le
designa un objeto de deseo particular -como mantendría Girard-, sino en el sentido de
convertirse en un instrumento para llevar a cabo su deseo, que tal como lo descifra
Halliburton, es el de la victimización; se trata de una forma de liberación de una condena.
Así, el felino podría devenir un modelo que le indica dos objetos de deseo que este posee:
la tranquilidad de una vida sosegada sin mucho esfuerzo en un aposento donde no le falta
nada y la conexión con la mujer; elementos que están ausentes en el protagonista y que
seguramente quisiera adquirir, aunque dada su condición es muy difícil y termina siendo
imposible, por lo cual finaliza violentándolo como forma de venganza o manumisión de
una frustración.
En este relato, el interlocutor debe hallar un mecanismo para escapar de la vida que
ya no soporta y con la cual está teniendo creciente galimatías. Como le falta carácter para
solucionarla, aislarse del todo, deponer su contexto o inmolarse, inquiere que la norma
grupal decida por él, exponiéndonos la debilidad de su carácter y mala fe -como sostendría
Sartre-. Este sujeto se vale de los cuadrúpedos o del licor para justificar su desidia por la
relación con la mujer -a quien ya no anhela o aguanta más y que no es capaz de dejar-: en
esos agentes externos y no en sí-mismo culpabiliza el origen de la locura de llegar a
liquidarla, y nos describe -desde la prisión aguardando su ejecución-, mostrando su
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raquitismo, cómo no es capaz de enfrentar su propia realidad, ni de explicar lógicamente
sus actos: “aún en esta celda de criminales me siento casi avergonzado de reconocer que el
terror, el espanto que aquel animal me inspiraba, era intensificado por una de las más
insensatas quimeras que sería dado concebir” (Poe,1956, p.59). Así como en el cuento
anterior había un simbolismo del ojo con la mirada del otro -desde la postura sartreana-, en
éste el gato representa -como indica Halliburton (1973, p.344)- el mundo de lo oscuro, lo
depravado, lo macabro y del sentido siniestro de la existencia48
. Además, se trata de un
módulo que funciona como recordatorio de su malevolencia, es decir, un espíritu justiciero
que inclusive se materializa en su piel con la imagen de los gallows (Poe, 1843, p.1-2), no
solo resonando al protagonista alegórica y paranormalmente el crimen que ha cometido,
sino haciendo una predicción de su hado por haber actuado corrompidamente sin razón -
cómo él mismo lo confiesa-: “Este espíritu de perversidad se presentó (…) en mi caída
final.(…) el (…) anhelo que tenía mi alma de vejarse a sí misma,(…) de hacer mal por el
mal mismo, me incitó a (…) consumar el suplicio que había infligido a la (…)bestia”
(Poe,1956, p.57). Al respecto de esta lógica, donde vemos resaltados tanto los efectos
nocivos-viciosos como los aspectos miméticos-mediadores del deseo, presento un diciente
fragmento del epicentro de esta narración y el respectivo comentario de nuestro
contribuyente:
Recordé que había ahorcado al gato en un jardín contiguo a la casa. Al producirse la alarma del
incendio, la multitud había invadido (...) el jardín: alguien debió de cortar la soga y tirar al gato en
mi habitación por la ventana abierta. Sin duda, habían tratado de despertarme en esa forma. (...) la
caída de las paredes comprimió a la víctima de mi crueldad contra el enlucido recién aplicado, cuya
cal, junto con (...) las llamas y el amoniaco del cadáver, produjo la imagen que acababa de ver. Si
bien en esta forma quedó satisfecha mi razón, ya que no mi conciencia sobre el extraño episodio, lo
ocurrido impresionó profundamente mi imaginación. Durante (...) meses no pude librarme del
fantasma del gato, y (...) dominó mi espíritu un sentimiento (...) que se parecía (...) al
remordimiento. Llegué al punto de lamentar la pérdida del animal y buscar, en los viles antros que
(...) frecuentaba, (...) otro de la misma (...) apariencia que pudiera ocupar su lugar (Poe, 1956, p. 58).
la aparición de la horca en el pecho del segundo gato es igualmente fantasmal. El narrador ve, en
este caso, de la misma manera auto-inducida y alucinatoria que oye el protagonista de The Tell-tale
heart. Lo interesante es que reconoce al fantasma por lo que es (...) dicha quimérica aparición tiene
tal impacto en él, tal como se lo explica a si-mismo, debido al estado de "terror y horror" que la
48 A propósito de nuestra disciplin, Poe hace un aporte crítico durante el relato, al describir la mutación que el
protagonista sufre -aparentemente por efecto del gato- (1956, p. 57).
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criatura le produce (...) el maullido del gato desde la tumba se explica circunstancialmente: mientras
el narrador estaba ocupado en la construcción del muro, el animal se deslizó por encima del cadáver
para permanecer allí en silencio hasta que lo llevó a manifestarse cuando golpea fuertemente la
pared con su bastón (Halliburton, 1973, p.341)49
.
Continuando con nuestra trama, describamos ahora la ventura de su intérprete desde
la perspectiva de la dinámica del deseo que hemos configurado. Su relación estropeada con
todo su entorno -sus mascotas, su compañera, su vivienda, la bebida, los bares, los vecinos,
la policía-, perfila su desinterés por la vida social y al mismo tiempo una crisis subjetiva,
por lo cual lo he considerado un desadaptado, que no logra solucionar su maraña, igual que
pasa con el joven de nuestro primer relato: finalmente, éste busca clausurarse de manera
estólida de su existencia50. En su historia vemos reflejado el odio, el malestar y la
decadencia como secuelas funestas de las pasiones. El personaje experimenta cierta
impotencia y por ello actúa así, es claro que pudo haber sido más asertivo, pero tal vez no
tenía consciencia de ello; es un ejemplo claro de alguien que se deja invadir-enceguecer
por la avidez, cual es el patrón mayoritario del humano occidental moderno y postmoderno
que no asume su autenticidad y se subsume al régimen. De tal modo, en esta ficción
presenciamos un elemento básico de toda nuestra pesquisa: el deseo en su sentido
recalcitrante y contraproducente -como lo expreso Sartre con las “actitudes negativas” y
Girard con la enfermedad ontológica-, se hace palpable en el sentimiento de culpa -
consciente o inconsciente- que se refleja en la conducta del sujeto. Lo previo lo lleva a
unos patrones inconsistentes y enclenques que -como en El Corazón delator- se revelan
contundentemente en el fatídico desenlace de la historia. Esto lo conduce a un proceso de
victimización sobre el que Halliburton es enfático: allí esta persona se rinde ante sus
efusiones frustradas y termina autodestruyéndose o buscando la punición gregaria, aspecto
49 Traducción mía: “the emergence of the gallows on the breast of the second cat, is equally phantasmal. The
narrator sees, in this instance, in the same self-induced, hallucinatory way that the narrator of Tell-Tale Heart
hears. The interesting thing, again, is that he recognizes the phantasm for what it is: `one of the merest
chimaeras it would be possible to conceive`. The chimerical appearance of the gallows design has such
impact on him, he explains with detachment, because of the state of `terror and horror` with which the
creature habitually fills him. The last event in the series, the cry of the cat from the tomb, is also
circumstantially accounted for: while the narrator was busy constructing the wall, the animal slipped past him
into the presence of the corpse, there to remain until he caused it to vocalize by rapping loudly on the wall
with his cane”.
50 Tal como lo identificaría Sartre.
90
básico del apocalipsis dostoievskiano con el que Girard concluye su estudio del deseo
metafísico (1985, p.251). También, y en conexión con lo anterior, se observa cómo el
espectro de la demencia se encuentra estrechamente vinculado con la dinámica del deseo: a
través del brete existencial, la conflictividad social y, en últimas, su inminente fracaso,
lleva a los individuos a quebrantarse psicológicamente. Este es un punto conclusivo del
deseo en Sartre y Girard, algo en lo que están muy de acuerdo, si bien plantean soluciones
a ello, como se escrudiño en nuestros primeros dos capítulos. Este es un tema en que
nuestro escritor está muy interesado, y no es casualidad que sea la disquisición recurrente
de su obra, lo cual se plasma en la gran pasionalidad problemática con la que vivió, como
es visible en sus diversas producciones51. Finiquitemos nuestro acercamiento a este
segundo escrito, con el siguiente relevante aspecto del circulo poeiano -respecto a la
indagación que ha encaminado esta monografía-: en este confirmamos el muy sugestivo
carácter provocador de las composiciones de Poe, un efecto de los niveles sinuosos del
deseo humano, como cuando desafía -en el primer relato acá analizado- a los inspectores a
“buscar bien”, retándolos con perfidia a superar su maquinal viveza respecto a la
transgresión cometida (Poe, 1843, p.31). Lo mismo ocurre sobre el comienzo de El Gato
negro, donde quiere probarnos en nuestro discernimiento de su aptitud y conjuración: “Mi
propósito inmediato consiste en poner de manifiesto, simple, sucintamente y sin
comentarios, una serie de episodios domésticos” (Poe, 1956, p.56); finalmente esto es todo
lo contrario de lo que hace, pues ésta ficción es relativamente extensa, tiene muchas
elucidaciones y claramente los sucesos rebasan los asuntos caseros. Esto nos lleva a
concluir que Poe siempre va más allá de la letra y que hay que leerlo entre líneas, lo cual lo
hace un sugestivo fruto literario, donde se nos revelan las hondonadas del deseo, por lo
cual constituye un sobresaliente prototipo para nuestra disertación filosófica.
51 Como también ocurre en el relato con que concluiremos este capítulo de nuestro muestreo sobre el deseo.
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3.3. Aspectos conclusivos sobre la relación entre Poe y nuestra disquisición sobre el
deseo: Ligeia
En nuestro último escenario, tenemos