No son aún las 6 de la mañana. Me levanto con dificultad, que los años parecen cada vez más oxidar las articulaciones. Apenas clarea un borde de luz, una línea blanca en el horizonte pintado por la ventana de la cocina mientras pongo el café. Borbotea la cafetera y como un arroyo de patria surge el vapor de cereza, leña y dulce. Es como combustible para la memoria, que me hace despegar y me devuelve por un túnel aceitado a la casa en que crecí. Escucho el ruido del trapeador que golpea la madera del zócalo mientra Malvina lo desliza sobre el piso de cemento pulido.
Y hasta allí, porque mientras escribo esto no hago el café ni hay ventana en mi cocina y no es hora de amanecer.