CAMINANTE.-
Las luces le ciegan y no ve bien el camino,
mira a lo lejos y encuentra a alguien que espera.
Pasa a su lado y saluda, pero no le escucha,
cree que no ha hablado lo suficientemente alto
y eleva el tono de voz, más aún él sigue callado.
Continúa su largo camino,
y observa que ya las luces no le ciegan,
por lo que aminora el paso.
Pasa por senderos pedregosos,
por vías de tren abandonadas,
y bosques habitados por hadas.
En aquel bosque de hadas
hace una larga parada,
desayuna con ellas
y escucha sus historias
que no le gustan nada.
Le cuentan que en su bosque
antes florido y lleno de vida,
ahora se están muriendo
las flores, los robles y los almendros.
No entienden la razón,
ya que el sol sale todos los días
e inunda con su luz todo su bosque,
y de vez en cuando llueve un poco
calmando la sed de todos.
El caminante tras observar a todas las hadas
le pregunta al hada más pequeña:
¿qué crees tú que puede ocurrir en el bosque?
y la pequeña le contesta que mire hacia el norte.
Así lo hace y contempla en esa dirección,
un pueblecito pequeño,
donde las personas habitan
y no parecen que al bosque hagan daño.
Se acerca sigilosamente, y ve a personas
que no parecen personas,
y a flores que no parecen flores,
a almendros que no parecen almendros,
y a robles que no parecen robles.
Las observa como caminan con un lastre todas ellas,
y se acerca hacia un niño de poco más de seis años,
para advertir que los lastres que llevan son pesadas monedas,
tan pesadas que no pueden erguirse derechos y van encorvados.
El niño lo observa con la misma extrañeza,
pues ve a un hombre casi anciano
que no lleva lastre ni va encorvado.
El niño le cuenta que el lastre aunque sea pesado
es algo que han de llevar todos,
ya que desde tiempos inmemorables ha sido así
y no debe ser jamás cambiado.
También le cuenta que no disponen de oxígeno
y que por ello han de traer las flores, almendros y robles
hacia su pequeño pueblo,
y que estos le disponen del oxígeno necesario.
El caminante le pregunta al niño
que por qué las flores, almendros y robles,
han de llevar el mismo lastre
cargado con multitud de monedas.
El niño solo contesta: no sé, siempre ha sido así,
no me lo había preguntado antes
ni creo que deba ser distinto a como es.
El caminante le propuso que hicieran una prueba,
que dejasen a las flores, almendros y robles sin lastre alguno,
ya que las hadas del bosque le habían dicho
que su bosque se estaba quedando sin vida.
El niño se lo propuso al consejo de su pueblo ,
y este aceptó no de muy buen agrado,
ya que las tradiciones no debían cambiar,
así había sido por siempre jamás.
Al día siguiente el caminante volvió al bosque,
y pudo comprobar con asombro,
como las flores, almendros y robles,
volvían a vivir y a florecer.
Aunque no llegó a convencer
a los habitantes del pueblecito,
que sin el lastre que portaban
podrían caminar como él,
y no irían jamás encorvados
si se desprendían del peso
que tenían que padecer.
Ellos no se dejaron embaucar
por aquel hombre anciano,
caminante de caminos,
que andaba siempre erguido
y no respetaba las tradiciones
de sus respetables ancestrales.
Las hadas siguieron en su bosque,
cuidando de las flores, robles y almendros
y el caminante anciano a pesar de sus ruegos,
volvió de nuevo a su camino.
Camino , unas veces más llano,
y otras en cambio más pedregoso,
pero al fin y al cabo , camino,
que habría que continuar
hasta el final de sus días.
La Rambla, a 5 de noviembre de 2013