Hemos emprendido el camino de la cuaresma. Se nos ha hablado incesantemente de la necesidad de convertirnos. Hemos oído hablar de cruces, de mortificación, de renuncias. Para un mundo como el nuestro ese lenguaje nos puede parecer extraño. No se compadece con el deseo que tiene el hombre de hoy de comodidades y diversión. El dolor y las privaciones no pertenecen a su vocabulario. Sin embargo la cruz y los sufrimientos hacen parte necesaria de la condición humana.