Como brisa suave pasó por Gran Canaria el sacerdote y escritor Pablo D’ors. Él mismo no se explica el éxito de sus libros. Se siente y quiere ser pequeño pero lleva entre manos proyectos hercúleos. Quiere que ocupe más lugar el silencio, la escucha, la contemplación. Quiere una vigorosa literatura de matriz cristiana que sabe escasea, o hay que irse muy atrás, a la Francia de Claudel y Bernamos. Su silencio es un Grito que se escucha. No exige nada y agradece el vaso de agua fresca. Se alegra con la sencilla fraternidad.
Los organizadores de su charla sobre la Meditación la habían anunciado en el Aula de Piedra de la Universidad. No llegó a abrirse. Los asistentes triplicaron la capacidad de dicha Aula y unas cuatrocientas personas compartieron inquietudes, palabras y silencios en el Paraninfo. Sacerdotes y laicos, creyentes y no creyentes, personas de diferentes religiones pudieron escuchar las experiencias de un “cura de Francisco” más que de un orador al uso.
Trasluce eclesialidad por todos los poros. Nada del rictus amargo de quien agiganta episodios de Leyenda Negra. Ama a la Iglesia y se goza con su caminar a veces pausado pero las más de las veces servicial. Si le preguntan por los que le atacan dentro de la comunidad cristiana, responde alegre que eso es signo de pluralismo, señal de que en la Iglesia no tenemos “disciplina de partido“.
Aboga por el diálogo como elemento central de la vida. El diálogo hace crecer a la persona, a los grupos humanos, a las comunidades cristianas. Diálogo con Dios, diálogo interior, diálogo político, diálogo eclesial… Diálogo de la vida, diálogo de las manos con el pensamiento, diálogo de la adoración con el compromiso, diálogo entre hombre y mujer, diálogo entre generaciones, entre pueblos y culturas. Diálogo entre el espíritu y el cuerpo. Diálogo-diálogo.
Aunque, en sus diálogos, fácilmente se remonta hasta los padres y madres del desierto de la antigüedad, el autor de “El olvido de sí” es un enamorado del Hermano Carlos de Foucauld. En él -entre otros- ha aprendido desierto, diálogo interreligioso, adoración eucaristica, meditación, sentido misionero, valoración de lo asociativo, centralidad de la humildad y tantas otras cosas.
Pablo D’ors mira al futuro y lo hace con esperanza porque la esperanza no la pone en sí mismo sino en los demás. Cree como Chesterton que el pesimista sólo cree en sí mismo y el optimista cree en los demás. Cree como los viejos griegos y los auténticos revolucionarios que entrar dentro de uno mismo y conocerse a fondo es una aventura tan apasionante como necesaria. Aventura tan capaz de dar sentido a la vida que ha de hacerse con otros. Por eso, con otros, ha fundado los “Amigos del desierto“. No les deseamos suerte porque cuentan con mejores mimbres; no necesitan suerte: están en manos de la Providencia.