Locución: Manuel López Castilleja
Fondo musical: Beethoven_Für Elise
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Yo sé que Dios está más allá de Belén
y que no tiene otro reino que el de su nombre.
La mirra y el incienso y el oro no son más
que palabras que basta que pronuncie tan sólo
para que de inmediato se vuelvan consistencias.
Pero Él jamás se hizo pequeño en un pesebre.
Dios no cabe en el hombre. Si cupiera sería
limitado, la deuda de si mismo. Él no puede
ser fracción; Él es círculo, suma de cada una
de sus sílabas, hijas de su muda prosodia,
de la oscura sintaxis con que lo enhebra todo.
-Dime qué traes, Melchor, en tu copa esta noche.
-Traigo el oro, la veta mineral con que ovilla
Dios su numen inmenso, un oro impuro adrede
porque sin su impureza Él no sería más
que una parte del todo que lo hace absoluto.
-Yo, Gaspar, traigo incienso, la vana inconsistencia
con que supera Él su propia combustión.
El humo de los sueños que ampara la codicia
divina de los hombres y borra las aristas
con que el diamante bruto de la naturaleza
saca punta al paisaje terrible del dolor.
-Y yo, Baltasar, traigo la mirra del Oriente.
-Dime qué cosa es la mirra, Baltasar.
Yo nunca supe bien qué presente era el tuyo.
-La mirra es ese don que los hombres ignoran
de Dios. Ni a la materia ni tampoco a los sueños
podría compararse. La mirra es la palabra
detrás de cuyas sílabas está cuanto con sólo
nombrarlo toma cuerpo por más que no sepamos
siquiera su sustancia ni el color ni la forma.
Con ella Dios creó el mundo de la nada
y sólo en ella vive y se resume toda
la materia y el sueño que de siempre amalgaman
la nebulosa inmensa de su divinidad.
¡Oh Señor que te escondes tras de tus atributos
y das a la materia y al sueño y la palabra
la dimensión, el peso, la arista de tu nombre!
Quítame de la torpe tentación que te adora
pequeño entre las bestias y ciérrame los ojos
para sentirte oscuro, enorme en la ambición
con que te acecho en cada palabra que te arranco.
de ROSAS PROFANAS. Adonáis .2012