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No dejo de mirar esta fotografía con absoluta fascinación. No me interesan los cuatro políticos que, desde su púlpito, explican la sempiterna propaganda y que rejitan los consabidos mensajes vanidosos sobre lo bien que trabajan mientras sus glándulas sudoríparas expulsan ambición y ansias de poder; más bien me atraen e inquietan sobremanera las gentes que les escuchan:

Rafael RoblesObservo sus camisas pulcramente planchadas de las que deduzco vidas ordenadas, contemplo la rigidez de sus posturas de las que infiero espíritus disciplinados que finalizaron los estudios de bachillerato (sin haber sido los primeros de la clase), y miro sus cabellos tintados que me dicen que les obsesiona el qué dirán y que asisten puntualmente a la misa dominical a la hora en que toda la iglesia huele a eau de parfum; es obvio que no son perroflautas desaliñados, ni pijiprogres con complejo de culpa —y con camisetas del Che—, ni ecologistas fumadores de opio, ni desempleados que han perdido la esperanza, ni jubilados que mantengan a sus hijos en paro, ni hipotecados, re-hipotecados o desahuciados; ni jóvenes del 15-M. Pero lo que me cautiva es escudriñar lo que sucede en sus mentes: