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Los narcotraficantes las despreciaron. Pensaron que no eran peligrosas porque eran amas de casa, madres de familia, gente sin estudios... Las desacreditaron diciendo que habían fracasado como madres, que estaban locas. Y es que muchas familias se veían al borde de la locura por culpa de la droga. Una droga introducida como elemento de control social y desmovilización política. “No somos locas ni terroristas” cantaban.
Y compatibilizaron la presión social, la movilización, la realización de propuestas políticas para abordar el problema, con la puesta en marcha de recursos que ayudaran a paliar las consecuencias. “Los momentos más duros tienen que ver con la decisión de que aquello no debía servir para ayudar a nuestros hijos, sino que tenía que servir a aquellos que más lo necesitaban” Y esto provocó conflictos y distancias entre compañeras de la lucha.

“Cuando tus hijos están muy mal, no quieren tu amor, te lo rechazan y tú, trabajando colectivamente, institucionalmente tienes la oportunidad de volcar ese amor que desearías volcar en tu hijo y que no lo recibe, que no lo quiere recibir, en otros hijos. Y eso es precioso”