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EL HALLAZGO.
Después de la comida, y tras sestear como de costumbre, tumbados al sol sobre la tablazón de la cubierta del castillo, aguardábamos el momento oportuno para pedir al suboficial contramaestre de la guardia la autorización para poder visitar la sala de máquinas. Otros compañeros tenían la intención de solicitar el préstamo de uno de los botes amarrados al tangón del costado de babor del buque. Dichos botes se dotaban con dos mástiles y su correspondiente aparejo, para la práctica de la navegación a vela.
Pensábamos que era más fácil que nos concedieran a nosotros el permiso, pues los botes tenían el inconveniente de ser manejados por los aprendices, que no dominaban aún la navegación a vela, y en muchas ocasiones bote y tripulación tenían que ser rescatados de la Ría ferrolana, remolcados por una embarcación a motor, al no conseguir volver por sus propios medios al punto de partida, quedando a merced del viento debido a su inexperiencia.....