El aborto, fundamentalmente, es un crimen inducido, por ese imperialismo trasnacional en su estrategia de dominación, a través de la aceptación personal y social de unas formas de vida insolidarias. El materialismo en especial, pero también el individualismo, el utilitarismo y el hedonismo burgués hacen que el niño por nacer se viva como una carga, un estorbo, un gasto, una incomodidad, incluso como una enfermedad que disminuye la libertad y autonomía. El progenitor, madre o padre, o el Estado-Mercado ejercen su poder sobre la vida del niño como si éste fuese un objeto, un instrumento o un animal que se puede sacrificar. Una sociedad que legitima, explícita o implícitamente, el aborto es una sociedad totalitaria, que afirma el poder absoluto de unos seres humanos sobre otros hasta el punto de llegar a autoproclamarse dueños de la vida. Es la confirmación de la imposición de los poderosos sobre los débiles en todos los planos: empobrecidos, no nacidos, parados, discapacitados, enfermos, viejos, etc. Sin embargo, la propia naturaleza humana, incluso en las peores circunstancias, se rebela contra esta dominación. El ser humano está hecho para dar vida, para hacer justicia y construir solidaridad. Por eso, la única actitud razonable es defender la dignidad de la vida humana contra toda injusticia sin excepción, de una manera integral y solidaria.