Digamos que soy una mujer más bien espigada y con un largo cuello. Ya sabéis, uno de esos cuellos largos y delgados. Bonito, para que nos vamos a engañar. El caso es que últimamente, mi cuello se empieza a parecer más al de Fernando Alonso, que al de un cisne. Si corriera en fórmula 1 y mi cuello tuviera que soportar la inercia de los giros dados a velocidad vertiginosa, no me preocuparía, pero se da la circunstancia de que no es el caso. Mi cuello se está poniendo grueso y anda encogido, como si mis hombros quisieran tocar mis orejas, y la razón, lo dicho, no es la fórmula 1.