Los balineses reciben su año nuevo con un día de silencio. Durante veinticuatro horas no pueden trabajar, irse de fiesta, divertirse o viajar. Ni siquiera encienden la luz. Sólo meditan. Se callan y se escuchan. Limpian y ponen en orden las cosas del alma para el año que empieza, me cuentan mis amigos Nuria y Óscar, que son como balineses para mí, porque sus conversaciones consiguen sacarme del ruido y la furia y dejarme meditabundo. Necesito un día de silencio porque hace demasiado tiempo que sólo oigo Cataluña. Necesito un día de silencio para ver realmente qué está pasando, qué es importante, dónde estoy, dónde estamos, hacia dónde nos dirigimos.