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Obor era un solitario.
Le encantaba entrar y salir sin control.
Ir y venir a voluntad, sin horarios.
Vivir sin ataduras.

Es muy normal que le gustase aquello.
No le traía ningún quebradero de cabeza.
Hacía y deshacía a su antojo.

Claro que también la gustaban las mujeres.

Pero hasta el momento había sido fácil prescindir de ellas o del compromiso.

Ocurrió que una noche de luna en cuarto menguante, después de haberla aliado mucho, se preguntó cómo sería volver a intentar tener a alguien al lado.

Y el azar hizo que conociera a Orev.

Una afamada ladrona que a menudo bailaba medio desnuda en un pub.

Y funcionó la química.
Empezaron a conocerse.

Pero no sabían dónde se iban a meter.

Orev no apostaba mucho por aquel juego.
Pero le encantaba sentir y dar amor.
Así que aceptó jugar.

Obor vio cómo aquella persona ponía patas arriba su sencilla vida.
Ahora había alguien a quien dar los buenos días un día tras otro.
Alguien que reclamaba su presencia y sufría en su ausencia.
Alguien de quien preocuparse y por el que interesarse.
Alguien a quien dar cariño y procurar el bienestar.

Y empezó a tener serias dudas sobre si Orev merecía o no, tales sacrificios.

Así que pasado un tiempo, Obor reclamó su espacio.

Orev lo comprendió y lo respetó.
Pero robar estaba en su naturaleza.

Y cuando fue a despedirse, robó lo más preciado para Obor...su corazón.

Obor no daba crédito.
Lo había guardado en el lugar más recóndito que pudo imaginar. Y lo protegió con improperios, con subidas de tono, con ataques verbales y con incoherencias.
Pero ni con esas pudo evitar que Orev lo encontrara y lo tuviera ahora en su poder.

Por eso no tuvo más remedio que seguir en contacto. para que Orev fuera devolviéndoselo, aunque fuese a plazos.

Y así es como va recuperando poco a poco sus risas, sus caricias, sus cuidados, sus palabras, sus lágrimas, que es al fin y al cabo de lo que están hechos todos los corazones.