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"Cuando quise darme cuenta, el helenista dormitaba en el segundo sillón, con la cabeza apoyada en la de Manolo, y Erik había desaparecido, seguramente en pos de aventuras a lo largo y ancho del colegio mayor, en busca de la cerveza perdida como un rubicundo Indiana Jones. El comedor, improvisada sala de estudio y debate, estaba alfombrado de cascos vacíos de color verde brillante, bolsas de papas, papeles arrugados que habían contenido bocadillos del bar de la esquina y desperdicios de la más diversa procedencia.

Después de aquella sarta de tonterías acerca de cómo bautizar una catástrofe mundial sin temor a equivocarnos, yo era el único que permanecía consciente y presente, y lo poco que pude sacar en claro es que iba a ser yo quien tuviera que arreglar todo aquel estropicio.

—Solo espero que al último capullo que quede en pie cuando todo esto se vaya al garete —recuerdo que pensé—, no le toque recogerlo todo y tirar la basura.

Alcancé la circunvalación de la capital, siempre infestada con un interminable enjambre de coches que lanzaban humo por el trasero y gritaban la extraña sinfonía de sus cláxones, y la hallé prácticamente vacía, extrañamente desierta, con los hierros retorcidos de una berlina estampada con el quitamiedos de una curva, y algún utilitario con el portón abierto, abandonado en plena vía, como único rastro de la ruidosa civilización que había conquistado el asfalto hasta apenas unos días antes, y me di cuenta de que en ningún maldito diccionario de idioma conocido o por inventar existía una palabra que encajara en la definición el mundo entero se va al carajo y solo quedas tú, amiguete, para dar fe del acontecimiento, fregar lo mejor que puedas y echar el cierre a la persiana.

"Estoy jodido" era lo que más se acercaba, y ni siquiera era una palabra, sino dos. Y ambas se encontraban mucho mejor acompañadas de lo que yo conseguiría estar el resto de mis días.