EL GALÁN DE PARÍS
Había mandado hacía cuatro días a freír espárragos al pesado de su novio. Era uno de esos tipos que te hacen sentir más inútil que un cenicero en una moto, de modo que decidió permitirse un arrebato de osadía, cogió las maletas y se largó a París.
Ella solita. Sin haber salido sola de casa en su puñetera vida y con un nivel de francés similar al de Tarzán.
Antes de salir copió en el móvil el teléfono de la embajada española en Francia, de la embajada francesa en España, de los servicios de emergencia parisinos, de los centros de salud más próximos a su alojamiento, de sus tíos de Bélgica para por si acaso, de la comisaría de la cuidad del Sena, de la agencia de viajes y de la compañía aseguradora. Se lo apuntó todo en una agenda por si le robaban en móvil o lo perdía. Y por si lo que extraviaba era el bolso, pasó todos los datos a otra libreta que metió entre el equipaje.