CCLXXIV
(La Sublime Princesa China)
Era tan divinamente bella y grácil;
tanta bondad y encanto ofrendaba;
tal simpatía y dulzor puro vertía,
que el ánimo y las fuerzas flaqueaban
de, incluso, los “donjuanes” y “casanovas”,
que, al verla, en el suelo hincaban sus rodillas,
mientras los ojos presa eran de la congoja
y del remordimiento por sus pasadas vidas.
Ser celestial que las almas estremecía.
Así era la princesa Luohan de Shunzou.
¡El Tao inmortal, por siempre, la bendiga!
Víctor de Castellar