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Cuando reconocemos que la gloria de todas las cosas le pertenece al Señor, un poco de nosotros va muriendo, sobre todo en nuestro egocentrismo. Eso tiene que ver con una afirmación de aquél extraordinario misionero de los primeros tiempos del cristianismo, el apóstol Pablo, quien dijo: «He sido crucificado con Cristo, y ya no vivo yo sino que Cristo vive en mí…» (Gálatas 2.20).

Es decir, egocentrismo es una inmoderada estima por uno mismo, de la que no se habla, simplemente se demuestra en la conducta diaria de cómo actuamos ante los demás. El amor a sí mismo no es algo malo; si se requiere es necesario. Pero lo inmoderado es lo que lo hace nocivo.