Al escuchar con atención las palabras del Evangelio, no podemos evadir la existencia del mal, es claro que somos testigos de su influencia en lo que vivimos cotidianamente, tan es así que hacemos juicios sobre lo que es bueno o malo, y de inmediato rechazamos todo lo que suene a maldad, cierto es que lo experimentamos, que sabemos que es real, pero no podemos acostumbrarnos a él. No podemos dejarnos esclavizar por él o que se impregne en nuestras acciones. De algún modo estamos implicados en la lucha entre el bien y el mal. Al escuchar cómo Jesús libera a los posesos y cura a los enfermos, estamos convencidos de que "el Reino de Dios ya ha llegado a nosotros", que su fuerza salvadora ya está actuando. ¿Cuál es hoy el poder del mal que nos puede adormece nuestra conciencia y nos hace caer con facilidad? Ante este pregunta podríamos hacer una lista de todo lo que consideramos negativo, sin embargo cabe señalar que la raíz de todos los males está en no aceptar al Dios que nos libera, en pensar que por nosotros mismos podemos conquistar nuestros anhelos más profundos, rechazar la obra de Dios y su amor por nosotros, con esa actitud si podemos decir que el hombre está en tragedia. No aceptar como referencia plena al Dios del amor, que nos libera y sana, es dejar que triunfe el mal.