Cecil Deathlone, encerrado en su camarote, repasa en su imaginación los últimos días de calma a bordo del Destino, y, de paso, rememora aspectos de su propia historia. Tanto es así que se diría que el pasado mismo cobra de pronto presencia y adquiere voz en medio de sus pensamientos; obligándole a admitir unos hechos que se ha empeñado en negar.