Como de costumbre, encendió su ordenador y fue a servirse un café. Detestaba esa tiránica decisión de su PC, o los ingenieros en sistemas o de la realidad, de hacerle esperar sin derecho al pataleo.
Cuando escuchó el arpegio de apertura del programa se acercó, movió el cursor sobre el icono que mostraba pequeño teléfono amarillo y apretó dos veces el botón izquierdo del mouse. Luego volvió a la cocina, esta vez con excusa de espiar en la heladera para confirmar que allí no había nada tentador, aunque en realidad para evitar que su máquina lo viera ansioso e impotente esperando la apertura de conexión con Internet.