Emitido en RNE Extremadura el 28/12/2019.
Hace algunos años colaboré en un proyecto tecnológico de cooperación entre el Parlamento extremeño y una Organización centroamericana. Por ello fui a El Salvador. Aproveché mi estancia allí para visitar junto a cooperantes internacionales algunos lugares muy pobres del país.
Lo que van a escuchar no es un cuento de Navidad . Selva adentro con camionetas por caminos imposibles incluso para Santa Claus o Reyes Magos, alcanzamos a varios chavales impecablemente limpios, carteras colgadas al hombro , zapatos en las manos para no mancharlos de barro, y sonreían . Íbamos al mismo lugar, subieron a los vehículos. A mi lado una joven mayor en edad al resto, contaba que la escuela acogía a chicas y chicos de otras aldeas . Nuestros pasajeros andaban todos los días nueve kilómetros de ida y nueve de vuelta para estudiar . Han oído bien, 18 km . Eso sí es pasión por aprender. Quise saber qué estudiaba ella, era la maestra, me dijo. Llegamos al pequeño pueblo y visitamos el centro escolar, nada parecido a los de aquí. Un par de aulas con mobiliario deteriorado. Se lo enviaban desde la capital cuando lo desechaban por viejo. Pero las instalaciones estaban decoradas de forma muy digna y acogedora. Esta experiencia hirió mi alma, y dejó una cicatriz imborrable.
El pequeño municipio solo tenía un punto de agua corriente donde acudían todos los habitantes. Renos y camellos lo tendrían difícil para beber ¡pero como por aquellas tierras no aparecían....!
Como ocurre en otras partes del mundo, la mujer apenas es valorada, al enviudar menos y si además queda ciega se hace casi invisible socialmente. María llamó especialmente mi atención. Recuerdo todavía cuando tomé su mano, con la otra tenía agarrado al único hijo y sustento, un chaval de 6 años, el marido había muerto. Me enteré de que María perdió la visión por no poder pagar una operación cuyo coste no superaba los ochenta euros, sí, he dicho ochenta. Nunca jamás en mi vida he vuelto a sentir tanta angustia sabiendo que solo unos días antes podía haberla ayudado. Esa cicatriz a veces me supura, en estas fechas más.
No fueron heridas lo que más traje, al contrario, volví cargado de amabilidad, agradecimiento, ganas por hacer cosas con pocos medios, capacidad para superar dificultades y la sonrisa, siempre sonreían. Valores que han hecho crecer alas en mis cicatrices.
Después de tanto tiempo quizás Santa, Melchor y colegas, aunque para mí no son muy de fiar, ya vayan por allí. Cuando pequeño, era un niño bueno, buen estudiante, respetuoso , apenas me traían regalos, sin embargo a un amigo, muy maleducado y gamberro, le dejaban un montón de cosas.
En fin, si ustedes creen en ellos, espero que se cumplan sus deseos, por si acaso pidamos también a las instituciones democráticas, éstas sí pueden llegar a todas partes.
Música: “Cicatrices”. Mikel Erentxun.